Todo en orden

— ¿Todo en orden? — Me preguntas.

“Todo en orden”, fórmula ya escuchada, ya hecha, repetida. Esas frases que los extranjeros aprenden completas sin percatarse de que dice “todo”, “en” y “orden”, todoenorden.

Qué fea pregunta. Es de esas que te empujan a una respuesta afirmativa porque se quiere evitar a toda costa que le llamen a uno desordenado. Si te preguntan cómo estás, tú respondes: estoy bien o estoy de la chingada, pero el “¿Todo en orden?” ya es un clásico pútrido para obtener un Sí.

Todo en orden, claro.

Pero no. Nada en ese orden tan obligado aquí: El lugar donde hablábamos no lo hallo y no te da la gana buscar qué era lo que lo volvía tan peculiar, por mi parte, yo no anoté la dirección porque pensé que siempre la recordaría y mírame. Por cierto, tengo que decirte que alguien (tú, yo o simplemente alguien) vino a barrer sin permiso el diminuto cuarto de nosotros, llenándolo de polvo a través del cual no se ve nada, ¿dónde está nuestro bosque? ese donde te escondías detrás de la tosca madera, de los abrazos, ¿dónde?

¿Puedes ver algo entre el polvo, sientes algo? !¿No ves que todo está mal?¡

Oye, además, no encuentro las cartas.

(Perdón si lloro al decirte esto, no suelo llorar pero cuando escribo sí)

Ay, esas cartas me duele mucho no tenerlas. Las dejé ahí donde las recordaba con cariño para acariciarlas todos los miércoles y ahora parece que si toco la esquina de lo que aparenta una (un papel mal puesto, un sobre gastado), ésta sublima y me quedo con el humo en algún día que no se siente miércoles. ¿Dónde coño están los miércoles, por cierto? Ya busqué después de los Martes, te lo juro, te lo juro, ¡te lo juro! ¿y ahora qué vamos a hacer? si nos mandábamos cartas todos los miércoles porque son del dios Mercurio de la comunicación, porque es justo la mitad de la semana (en otoño) y las letras de amor apachurran/apachurraban las volátiles almitas, porque es/era divertido, porque nos da/daba la gana. Ay, los miércoles sí que será difícil hallarlos entre tantas cosas que no sé qué les pasó.

¿Dónde estoy? ¿Dónde estás? ¿Por qué parece que a ti no te falta el aire?

Si tienes que saberlo, y eso que tú preguntaste, es que no, que nada está en orden.

Nada.

Tú que estás viendo toda esta vorágine de cosas que ya no conocemos, ya que no nos conocen, que ya no entendemos; tú que estás viendo el desencanto; tú sabes que no, que nada está en orden y sin embargo me miras como miras, (a pesar de que ya no sé en qué cajón dejé tu mirada, de que modifico tu nombre de vez en vez) y, bueno…

— Sí, sí, todo bien.

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