Supergods: niños grandes y superhéroes

En su libro Supergods (2012), Grant Morrisson, guionista de varios cómics de Batman, analiza la evolución que tuvieron los héroes en la sociedad, cómo fueron adoptados y se transformaron de acuerdo a los cambios de la sociedad que los hizo populares.
Entre todos los datos que expone, me llamó la atención una reflexión que hace conforme los capítulos avanzan y aborda las distintas épocas de los creadores de cómics: los superhéroes nacieron para un público infantil, fueron ellos quienes los hicieron grandes y los dejaron en cuanto entraron a la madurez. Sin embargo, en algún momento de la historia todo este status quo cambió.
De repente, cuando descubrimos que no era obligatorio casarnos, tener hijos y convertirnos en personas serias y respetables a medida que crecíamos, a medida de que disfrutábamos más a nuestras anchas la libertad que nuestros padres y abuelos no tuvieron, el lidiar con menos presiones sociales, comenzamos a convertirnos en niños grandes.
¿Exagero? En absoluto: los hombres y mujeres de 15 años en adelante cambiamos nuestro comportamiento. Comenzamos a comprar videojuegos y jugarlos aunque no hubiesen niños en la casa, exigimos incluso que se pudiese jugar sin controles para poder incluir a nuestros padres y abuelos. Nuestros nuevos juguetes son el celular, el ipod, la laptop, el auto, la Tablet, similares y conexos.
Disfrutamos nuestro departamento de soltero, ya sea con o sin roomie, llenándolo de estos gadgets. Vamos al cine con mayor frecuencia y dependiendo de la situación: a ver películas románticas en una cita o a ver las de acción con nuestros amigos. Viajamos con el grupo de amigos a la playa el fin de semana, buscamos un buen empleo pero no para juntar un patrimonio, casarnos y comprar una casa o el auto familiar, sino para mantener ese estilo de vida de lujos por y para nosotros. El compromiso podría esperar. Es más, si nos casábamos, los hijos también podrían esperar.
Y claro, como parte de esa niñez extendida, quisimos incluir a aquellos que fueron nuestro primer y más grande ejemplo de valores y rectitud moral: nos quisimos llevar a nuestros superhéroes.
Pero no nos los quisimos llevar como los conocimos en nuestra tierna infancia. ¿Qué van a decir mis compañeros de la universidad si me ven leyendo cómics? Tienen que ser historias serias, sórdidas, trascendentales y de alto impacto, con personajes complejos y tramas enredadas que incluyeran a decenas de personajes y si eran los que amábamos desde que éramos niños, mejor.
Fue esta generación la que acuñó el término Novela gráfica para nombrar a estos cómics más serios y oscuros, quienes propiciaron que Batman volviera a ser un héroe oscuro y atormentado, que se identificaron con esos inadaptados llamados X-men. Ellos le dieron de comer y catapultaron las carreras de guionistas emblemáticos de la generación X, como Alan Moore y Frank Miller.
Por increíble que parezca, ahora exigen algo de coherencia y realismo en ese mundo fantástico que nunca cuestionaron en su infancia: quieren saber a qué se deben los poderes de Superman, de qué opera la empresa de Bruce Wayne para poder costearle todos sus bati juguetes, a que hayan explicaciones científicas a los poderes mutantes y a que los Avengers tengan una historia coherente y unificada.
Cuando eran niños, eso no se cuestionaba: Superman volaba y era fantástico por eso, punto. Era genial que Batman tuviera su auto, su bote, su jet y un cinturón lleno de armas. Nuestra mayor emoción era ver cómo esos personajes usaban sus poderes semana a semana o diario en la televisión, venciendo a malos que eran igualmente llamativos.
Son aquellos que coleccionan figuritas de colección que nunca abrirán, que han hecho de los sets de superhéroes de Lego un negociazo, que son la razón de ser de marcas como Hot Toys y Bandai, quienes atiborran los cines en los estrenos de medianoche del nuevo cómic llevado al cine y quienes han propiciado con su preferencia eventos mediáticos que antes eran vistos como exclusivos para nerds, como la Comic Con y el E3.
Esta generación importó sus gustos infantiles y los mezcla con sus sueños y anhelos de adulto. Son las chicas quienes admiran el cuerpo de los actores que interpretan a Thor o al capitán américa, quienes quieren un esposo con el carisma de Tony Stark y van a ver Wolverine por Hugh Jackman.
Este público también determina qué cambios va a tener el mercado del entretenimiento: son los que han dado su preferencia a franquicias de juegos que hace un par de décadas eran inconcebibles por su nivel de violencia, como Gears of War o Halo. Son quienes esperan con ansias una película sobre personajes que nadie conoce como Guardians of the Galaxy, quienes llevan a la novia a ver Star Trek y que a su vez exigen que Superman no sea tan perfecto cada vez que es llevado al cine.
Esto lo escribo mientras en todo el mundo se estrena Man of Steel, la nueva película de Superman. En España, donde estaré un rato más, el cine no es tanta prioridad, por lo que se estrenará una semana después. Aprovecho este impass donde todos los que conozco del otro lado del océano ya la habrán visto y comentado, aprovecho para hacer esta reflexión a la luz de que han salido las primeras críticas de la cinta y no todas son favorables. Muchas la hacen pedazos, pero inexplicablemente mantiene un promedio más bajo en Rotten Tomatoes que la infame Superman Regresa, de 2006 (hasta donde vi, 59% vs 72%), cuando se ve de lejos que esta nueva versión está infinitamente mejor hecha.
Es por ello que, preguntándome a qué se deberá tal infamia, y sobre todo después de que esos mismos críticos le dieron un 80% de reseñas positivas a ese horror de película llamada Iron Man 3, me dio por hacer esta reflexión y retomar uno de los libros que pude adquirir este año.
Quizá quienes vayan a ver Man of Steel no solamente sean los niños que han crecido con el personaje en las series animadas de Cartoon Network, sino a los adultos que se han echado todas las películas, que saben quién es Christopher Reeve, que se chutaron 10 temporadas de Smallville y llegan con expectativas muy altas: exigieron que el héroe positivo y luminoso por excelencia recibiera un toque oscuro y realista como se hizo con Batman, pero ahora se quejan… de que es demasiado oscuro y realista.
Es que esa generación, aquella que ahora exige reglas adultas en el mundo de niños, la que ha olvidado cómo divertirse entrando al cine, es quizá la que acabe depredando el mundo que tanto ame y, paradójicamente, no deje nada de ello en pie para los niños en un futuro. ¿Cómics? ¡Presta pa’ acá, escuincle! ¿Tú qué vas a entender de Linterna Verde, si Blackest Night es una saga compleja y violenta? Mejor vete a ver Bob Esponja o algo así.
Originally published at armandoruizr.com on February 5, 2016.