Vení pibe

El alcanzapelotas -ballboy- agazapado, con los ojos en la jugada, atento para disparar rápido como un flash ni bien el línea levante la mano. Con una pelota en la mano izquierda y muchas gotas de lluvia en la otra, agarrándose del cartel publicitario porque el barro podría hacerlo resbalar y no, no señor, eso sería imperdonable. Fallar en la encomiable tarea a la que fue asignado, una acción de 3 segundos repetida sistemáticamente a lo largo de 90 minutos (Dios quiera que no sean más), no señor, no podía pasar. Entonces con una mano tensa — tensa como esos pases de Kranevitter en transición ofensiva- en el cartel, la otra abrazando la pelota como Gallardo abrazó a sus hijos al terminar el partido, y con los ojos concentrados en la galopada del carrilero que está próximo a ser interceptado. ‘’Llegó el momento, ésta es mía’’ piensa el juvenil de 9º división que hace unos días, así como al pasar, recibió la noticia de que sería el encargado de alcanzarle las pelotas a los jugadores el Miércoles. De esta forma se siente parte, por ínfima e intrascendente que pareciera, se siente parte de este proceso que alcanza su cumbre hoy, la noche en que él, aferrado a sus sueños en forma de valla publicitaria, afirma los pies, corre los 2 metros más rápidos que jamás pudo soñar, junta las manos en la pelota y se la pasa a Carlitos Sánchez al grito de ‘’Dale dale’’. Y así vuelve, de espaldas, mirando la jugada (como si supiera que un principiante entrenador de fútbol infantil lo mira complacido), con una única misión : ir a buscar rápidamente otra pelota porque el 4 puede venir a ayudar y la necesitan rápido.

El amor también es cada uno de los alcanzapelotas del Monumental.

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