La camisa de Matt Taylor es un símbolo

Cuando aterrizó Philae yo estaba en clase. Estaba en ascuas, sin atender nada, refrescando Twitter compulsivamente, durante la media hora que tardaría en llegar la señal de que había ido todo bien. Estaba nerviosa de verdad, y cuando empecé a ver las noticias de que Philae había aterrizado y las fotos de la gente de la sala de control abrazándose sonriente se me humedecieron un poquito los ojos, porque soy así de llorica.

La ciencia hace eso. Avanza y mejora la calidad de vida de las gente, pero también emociona y une a las personas, porque el conocimiento es guay, y los avances científicos molan aunque no tengan necesariamente un uso inmediato. Es tan genial que yo querría dedicarme a ello.

Por eso me duele la ausencia de mujeres en ciencia. No veo prácticamente a mujeres que pueda decir “vale, eso quiero ser yo. Hasta ahí quiero llegar.” No hay una Brian Cox, ni una Neil deGrasse Tyson.

También me duele que todavía haya dudas sobre si hay machismo en la ciencia. Porque yo voy a llegar ahí, en mi posible futuro laboral, y voy a llegar a un sitio hostil. Donde no solo mis méritos se considerarán menores solo por ser mujer (que, dentro de lo que cabe, es un sesgo cognitivo del que es difícil librarse); sino que no habrá una consciencia sobre que es un entorno hostil.

Si eres un hombre en la ciencia, quizás no seas consciente de que es un entorno hostil para las mujeres. Intentaría describírtelo con una metáfora o algo así, pero es imposible. Tiene que bastarte con mi testimonio y el de otras tantas mujeres que perciben a la comunidad científica como hostil.

Y claro, así, normal que me haya jodido tanto lo de Matt Taylor. Antes de distinguir los dibujos pensé “qué tío tan guay, que ha podido llegar a donde está con camisas horteras y los brazos tatuados. Qué bien, desbancando estereotipos sobre que los científicos son señores canos con batas blancas”. Pero luego vi los dibujos. Dejadme que recapitule: un científico importante (que probablemente tenga jefes o gente que le podría haber dicho que eso no era buena idea) parte del equipo que ha puesto un satélite en un cometa salió en un live stream que estaba siendo visto por muchísima gente con una camisa cubierta de mujeres semidesnudas, y haciendo comentarios graciosillos.

Esto manda un mensaje muy sencillo a las mujeres: no somos bienvenidas. No somos consideradas como iguales. La camisa de manera aislada no significa nada. Pero, en contexto, es un símbolo de la hostilidad de la comunidad científica. La camisa, los comentarios, cuando entras en un despacho y hay un poster de una modelo pin-up, cuando un profesor o un cargo de la universidad te llama cariño; todo eso lleva a lo mismo. La comunidad científica es un club de chicos. Puede haber mujeres, pero pocas, y están en un espacio que es de los hombres. Pero, dicen algunos, si no hay más mujeres, es porque no quieren. Eligen otras cosas.

Claro que elegimos otras cosas. Porque no somos bienvenidas en la comunidad científica. Y se nos convence poquito a poquito, pero todos los días: desde el primer anuncio de juegos de experimentos donde solo salen niños hasta la camisa de Matt Taylor.