El corazón de los árboles y de langostas

Esta mañana silbo música griega. Pienso primero que es una tragedia. Corrijo: se trata de una pasión. Escucho mientras observo unas argollas y me estiro los hombros y el pecho. Los aros ante mi se balancean desde la estructura donde cuelgan las cadenas. En el fondo del parque, distante, hay un puente y varios coches circulan. El cielo está limpio. Hay un árbol grande. Y las argollas, recuerdo a Góngora y Argote, “al sol bambolean”.

Lo que silbo es Muerto por dentro (Από μέσα πεθαμένος) de Kleon Triantafyllou. No dudo que se divulgue con la película The Lobster. (Lo que gratamente reconozco, dicho sea de paso, es la selección musical. Y en particular que Beethoven con un trozo de su Primer Cuarteto de Cuerdas se vuelva el coro a lo largo del filme).

Regreso con Triantafyllou. Su apasionada canción consiste en un (des)amor. La poesía de quien canta, la señora Dánae Stratigopoulous, suena y si de por sí crea una inmersión para reflexionar sobre las relaciones de amor y cierta filosofía erótica, en lo que quiero centrarme en este momento es en el piano.

Cierro los ojos.

El piano abre y es en su comienzo que percibo una cabriola muy colorida, pongamos que son unos peces, ¿o langostas, mejor? El cardumen emerge de la tempestad. Es un tormento cuyo arranque se hace desde la melancolía pero se enfila para suavizarse. Se vitaliza. Parece que desde la sofocación del cardumen hay un poderoso aliento, hay cierta luz de esperanza, pero lo que ocurre es una pugna con las tenazas en la mano izquierda y el pedal del pianista que van haciendo sombras con los sonidos. Es entonces que la señora Dánae canta. El piano alarga, encapsula. Martilla los colores y en las notas se despliega precisamente la necrobiosis de la obra: estar muerto por dentro, pero vivo por fuera, como canta la señora.

Aunque calculo que hay ciertos intertextos en Apó mésa pethaménos, o algunas cercanías diagonales de otros trabajos en el carácter de su estructura, sin elaborar mucho brotan en mi mente en primer lugar la Balada 1 de F. Chopin. Más distante, pero sin perderla de vista, también La Cumparsita de G. Matos.

En cuanto a:

1) La balada de Chopin.

El piano especula y medita en un inicio. Hay cabriolas, sí, pero en la reflexión cabe su esencia y expresión. Chopin no piensa para perseverar. Del trabajo de F. Chopin, A. Rubinstein comenta que la muestra de las emociones es tanta por lo que las fibras del corazón son alcanzadas, inevitablemente, y es porque la pureza del arte de Chopin, tan personal, así lo permite. Lo que dice Rubinstein lo articulo con la opinión de A. Brendel, a quien cito de memoria, ya que es él quien cuenta que en Chopin el pianista tiene que usar toda la capacidad de trabajo. Y ahí está el aspecto personal. Acaso mi desciframiento es, en torno a Chopin: saberse dar en la expresión fuera de las palabras, sólo con el piano. El tema griego que antes comento es cantado pero es desde el piano, que es el hilo conductor, donde suena el nudo que abarca al alma que se mueve y lo que late dentro del esternón. Muy personal.

Por otra parte, en Catarsis A. Szczeklik señala del corazón que “raras veces se para de improviso cuando sufre un transtorno, como si la falta de rigidez, cierta elasticidad, una propensión a la libertad rítmica lo hubiera preparado para soportar mejor los compases de la enfermedad”. Él mismo recoge las palabras de F. Liszt quien comparaba el rubato de Chopin con un árbol “cuya copa se inclina con el viento hacia todas direcciones, mientras que el tronco está bien enraizado en la tierra”. Me parece que eso mismo acontece en la canción griega. Pienso en que los árboles mueren de pie (A. Casona) y también medito que no resulta tan azaroso que la escena donde suena la canción sea en un bosque.

2) El tango de Matos.

Aunque me arriesgo un poco, mi primera evocación es la cardiorespiración del bandoneón que se mezcla con el piano, también en grados de colores. Su temática es una suerte de diseño de la jovialidad lúgubre. Si el corazón se desgarra de esa forma en tanto florece como rosa, agrego, porque “la inconsciencia es el fundamento de la vida. El corazón, si pudiese pensar, se pararía”, como cuenta Pessoa en Libro del desasosiego.

A continuación lo quirutranscribo:

Silbo la canción frente a las argollas. La silbo al salir del cine (he visto The Lobster varias veces). Hay árboles. Me fascina cerrar los ojos.

De la película como tal, luego hablamos.