El tañido del alma
Tengo 15 años. Camino por el jardín. Está lleno de gatos y de pájaros. Nadie lo sabe — me incluyo — pero a esa edad debuto como ejecutante del tañido de mi propia alma. Silbo una Chacona muy famosa de Johann Sebastian Bach mientras recorro un pasillo de tierra con las manos cruzadas en la espalda, y sigo, camino: escucho mis propios silbidos que probablemente alguien cercano también los escucha. Transcurren 20 años e incesante y recurrente, entre fugas y contrapuntos, mantengo la pulsión de hacerlo. Porque para mi, el silbido representa el tañido del alma. Silbo en muchos lugares, pero también en el jardín lleno de gatos y ahora de aguacates y águilas. Aclaro: a veces soy introvertido. Entonces silbo de memoria. Y en silencio. O simplemente tarareo y mascullo (hum & mumble).
A veces tarareo como el pianista Glenn Gould. En otras ocasiones mi intención está centrada en un violoncello y pienso que mi garganta hace vibrar las cuerdas apretadas en la madera. Pero me acuerdo del alma rota, de la anatomía del cello, de la laudería y de la muerte. Entonces prefiero silbar, porque si silbo evoco el trino de los pájaros y la figura de una parvada que alguna vez me hizo pensar en lo insondable de la bóveda celeste.
Al silbar llamo a los gatos (a veces se percata la gente también). Y silbo “de todo”, pero mis intereses están en un repertorio de Música Clásica con acento en la de Cámara y puesto el Barroco bajo los lentes del microscopio. Bach, o sea Arroyo: así de fluido, y así como el compositor, es a él a quien debo la mayoría de los sonidos que me atrevo a externar. Es por la Chacona primero mencionada, pero destaco uno de sus Conciertos de Violín con en el que probablemente me haya ganado la reputación que tengo como un silbador que mortifica a sus círculos más cercanos. “Pareces albañil trabajando”, me dicen cuando se percatan de mi ejecución. O: “No puedo dormir, ya, ya”, imploran. Pero también consta que el tema de ese Concierto, inesperadamente lo silba con fruición uno de mis hermanos, personaje que pocas veces se da al goce de escuchar música “culta” por lo que sin intención, pero felizmente, el silbido que me escucha se torna pedagógico.
Silbo a Johann Sebastian Bach, a Domenico Scarlatti, a Domenico Gabrielli, a Antoine Forqueray, a Heinrich von Biber, etc., pero no hace mucho Ludwig van Beethoven representa mi predilección, una noche que salgo del cine, caminando entre árboles. Y medito: ¿Silba alguien más al mismo tiempo que yo ese Cuarteto de Cuerdas?
Cuando pienso en chiflar como albañil es inevitable recordar un texto de Gil Gamés, escritor inteligente y divertido quien habla de “más oficios ejemplares: albañil de los versos, electricista de la página en blanco, gasolinero de las letras, plomero de la inspiración”. Hay que destacar que lo que él escribe es entorno a Alí Chumacero y puede consultarse AQUÍ.
Coda: Silbar o no, pero si lo hago me lleva al recuerdo de The Great Animal Orchestra, un libro escrito por Bernie Krause. Cuando lo releo pienso en lo insondable de la bóveda celeste, las aves, su trino; también en mucho que hay que escuchar, más allá de la música formal. Por ejemplo, y para no ir tan lejos, escuchar una fiesta (eso me parece a mi) de los pájaros dentro de la copa de un árbol, a media tarde. Una Cantata de Bach evoca lo divino. Pero esa parvada y su jolgorio está más cerca de la divinidad.