Luz: “Todo lo malo que se le puede hacer a una persona, lo he vivido yo”

(Foto de: http://unamasdeentreunmillon.blogspot.com.es/)

Luz, es una mujer maltratada. Desde el primer día de relación supo que ese hombre no era para ella, pero el amor y la juventud la hicieron pensar que algún día cambiaría. Después de dieciséis años de matrimonio, y lo que es lo mismo, dieciséis años de dolor, sufrimiento, miedo, golpes, humillaciones, desprecios, decidió poner punto final a su situación por su bien y el de sus hijos. Luz, asegura ser ahora feliz aunque el miedo se ha interpuesto muchas veces en su camino. Ahora es cuando está viviendo su vida por ella misma. Vida que quiere compartir con todas aquellas mujeres que están en la misma situación que ella vivió, y a la que decidió poner fin.

Hemos pasado junto a ella dos largas horas, recordando toda su vida. Luz, se emocionaba recordando aquellos días y en algunos momentos su voz se quebraba.

Su testimonio era tan fuerte y desgarrador que hemos preferido quitar las preguntas y que sea su voz la que cuente todo lo sucedido. Por qué nadie podría contar su historia mejor que ella:

“Me sentí maltratada por él desde el primer día que comenzamos a salir. Él vivía en la misma calle que yo y éramos del mismo grupo de amigos, cuando comenzamos a salir. Siempre ha sido un hombre muy celoso y a mí no me gustaban sus maneras, ya que le gustaba mucho beber.

A los dos meses de relación, nos peleamos debido a sus celos y una serie de comportamientos que no me gustaban. Pero al terminar la “Mili” vino buscarme, por lo que decidimos volver a empezar nuestra relación. Habló con mi padre para formalizar el noviazgo, ya que en aquella época se necesitaba el consentimiento del padre para poder pasear juntos y ser novios. Después de esto yo ya era su novia formal. Tras esto, cometí el error de acostarme con él. En aquel entonces mantener relaciones sexuales fuera del matrimonio estaba muy mal visto y era algo muy grave para la familia.

Pero yo quería acabar con la relación, porque ya me pegaba, no podía hablar con nadie, tenía que agachar la cabeza cuando él hablaba y no podía hacer nada. Yo necesitaba terminar con él, pero me amenazó con contarles a mis padres que habíamos mantenido relaciones sexuales. Ellos eran muy severos y me daba mucho miedo lo que pudiera pasar si se enteraban de eso. Aquí, mi vida terminó.

Cuando me fui con él, todo eran peleas, golpes, palizas, humillaciones y faltas de respeto. Deje de llamarme Luz para llamarme “puta”, para él ese era mi nombre. Yo era una mujer que no valía para nada. Todo lo que yo hiciera o dijera estaba mal para él.

Nos fuimos a vivir a la casa de mis suegros y nació mi primera hija. Cuando había comidas familiares, mis cuñados, que son sus hermanos, no podían dirigirse a mí, porque si yo me reía de algún chiste o cualquier cosa que ellos dijeran, ya sabía yo que esa noche iba a recibir golpes. Tenía celos hasta del aire que yo respiraba.

Cuando mi hija tenía unos seis meses más o menos, mi suegra decidió llevarse a la niña a la playa para que le diera un poco el aire, ya que yo no salía para nada, porque él no me dejaba ni salir a la puerta de la calle. Ese día es uno de los muchos que no podré olvidar. Aprovechando que estábamos solos, me ató con unas cuerdas, cogió una caja de cerillas y comenzó a quemarme la boca. Todo ello solo porque le regale un monedero que yo no usaba a mi hermana en el que iba una foto de él y otra mía. Yo intentaba decirle que le iba a pedir la foto si él quería a mi hermana, suplique y rogué, pero él no se detenía. Lo único que me quedaba por hacer era asentir y agachar la cabeza. Porque si yo lo miraba él decía que lo estaba provocando y se enfadaba mucho más. Cuando vino mi suegra me preguntó si me sucedía algo porque tenía mala cara, pero yo ya me había acostumbrado a decir que lo único que tenía era fiebre o que me encontraba mal por algún resfriado. Pero en esa ocasión lo que me pasaba era que tenía toda la boca destrozada por las quemaduras que su hijo me había provocado.

Tras esto, yo le pedí las fotos a mi hermana y le conté lo que me pasaba, mi familia lo sabía. Aunque mi padre solo sospechaba, porque yo no quería hacerlo sufrir. El me preguntaba si mi marido me pegaba, pero yo siempre le decía que no. Por el contrario la familia de él era conocedora de todo lo que pasaba en mi casa, pero no podían decir nada. Mis cuñadas, en algunas ocasiones me hablaban con señas del miedo que le tenían a mi marido.

A parte de todo eso, el bebía, tenía un problema serio con el alcohol. Un día, estando yo embarazada de mi segunda hija, tuvimos una discusión porque él no encontraba una cosa. Él se estaba poniendo unas botas camperas y como yo le decía donde estaba aquello que estaba buscando pero él no lo veía y quería que yo se lo llevara, se enfado. Lanzó con todas sus fuerzas la bota que le faltaba por poner, y esta impacto fuertemente en mi vientre. Me hizo una herida muy grande y profunda. Pero esto es solo una de las muchas historias de golpes que viví en esos años que estuvimos juntos.

También controlaba mi forma de vestir, no podía llevar pantalón corto ni que nadie me viera así. Pero para él sí. Esta fue una de las razones por la que nos fuimos a vivir solos, para que nadie pudiera verme con otra ropa que él no aprobara. Ahora me pongo lo que quiero. La vida que llevo ahora es como un sueño, y el pasado, una pesadilla.

Cuando mi hija menor tenía dos años intente quitarme la vida con pastillas, porque yo no podía más con aquella situación.

Un día estaba limpiando una cosa y vino él junto con mi suegra, y delante de su propia madre me cogió del cuello y me levanto en peso pidiéndome explicaciones de donde había estado ese día, aunque yo prácticamente no salía nunca de casa. Como llevaba tacones, cuando me soltó me torcí el tobillo y me hice un esguince, me golpeo, me dio patadas y puñetazos, con la presencia de mi suegra en todo momento. Me ha pegado muchas veces delante de sus padres, y ellos no hacían nada, pero mis cuñados si me intentaban defender, pero había veces que no podían con él y se marchaban.

Debido al esguince tuve que ir al Hospital Virgen de la Arrixaca de Murcia. Cuando los médicos me vieron rápidamente le pidieron a mi marido que se marchara de la sala y me preguntaron si yo era una mujer maltratada. Aunque yo lo negué y repetía una y otra vez que me había caído de la escalera mientras limpiaba, habían marcas en mi cuerpo que no podían hacerse por una simple caída, y lógicamente no me creyeron. Me dijeron que tenían que poner un parte a la policía, pero en aquel entonces eso no valía para nada, hoy sí. Yo me separe en 1992 y en esa época los malos tratos no estaban tan penados como lo están ahora.

Cuando los médicos me dijeron eso, yo les suplique que no lo hicieran porque sino esa misma noche me mataba, y el parte no iba a acabar con esa situación que yo estaba viviendo.

Todo esto era mí día a día desde que comencé a salir con él. Yo he llegado a dormir debajo de un camión con mi hijo pequeño recién nacido, escondidos para que él no nos encontrara. Me puso un cuchillo en el cuello e intento asfixiarme y ahorcarme. Son tantas cosas malas las que he vivido que necesitaría muchas horas incluso días para contarlas todas. Todo lo malo que se le puede hacer a una persona, lo he vivido yo.

El día en el que decidí que todo esto tenía que acabar, es un poco chocante. Ya me había acostumbrado a que el me llamara “puta” durante esos años que llevábamos juntos, yo parecía una momia, no tenía fuerzas para nada. Ese día estábamos almorzando y yo llevaba puesto un jersey y un pantalón, pero como mi hijo me había manchado, me tuve que cambiar de ropa. Cuando mi marido vino y noto que yo traía una ropa diferente a la que me había visto por la mañana, me pidió explicaciones y me dijo con mucho desprecio: “Dios pareces una prostituta”. Parece una tontería porque él siempre me decía “puta”, pero aquello fue la gota que colmo el vaso y se me encendió como una luz en la cabeza y me dije que si era necesario me iba debajo de un puente con mis hijos, pero yo eso no lo aguantaba más, ni por mi ni por mis hijos.

Él nunca ha tocado a mis hijos pero ellos han tenido que presenciar siempre como me pegaba. La única vez que lo hizo, fue a mi hija mayor y la cogió del cuello. Por mi podía hacer todo lo que quisiera conmigo, que me pegara o me insultara pero a mis hijos no. Y por ellos me divorcie.

Por otro lado, ningunas de la denuncias ni partes de agresiones que yo he interpuesto han salido a juicio, ni se han tomado medidas en su contra. En mi pueblo se llego a pedir firmas y incluso se hablo de desterrarlo de allí, pero nada cambio. También estamos hablando de una época en la que la gente no estaba muy concienciada del maltrato, ni había todos los adelantos y ayudas que hay ahora. Yo me fui con mis hijos y me tuve que buscar la vida. Nadie me ha regalado nunca nada. No me daban ayudas para mis hijos y tampoco recibía una pensión del padre. Si trabaja me decían que no podía ocuparme de mis hijos y que los asuntos sociales se lo llevarían. Si no trabajaba, no podía darles de comer. Estaba en una situación muy difícil. Pero poco a poco fue mejorando, yo conseguía trabajo en el comedor del colegio, o limpiando casas, cuando no podía dejar a mis hijos con alguna vecina me los llevaba a mi trabajo. Mis hijos siempre han sido unos niños muy buenos y allí donde yo iba, ellos siempre conmigo. Nunca han podido oír de mi boca una palabra mala hacía su padre, con todo lo que me ha hecho, yo siempre he querido que ellos lo vieran, sobre todo el pequeño, que tuvieran esa figura paterna. Pero llego un momento en el que mis hijos no quisieron irse más con él.

Aunque yo me divorciara hace más de veinte años, aún sigo recibiendo llamadas de teléfono de él. A veces al descolgar me colgaba o me decía que era solo para oír mi voz. Por lo que directamente he dejado de contestar a mi teléfono fijo, por miedo a que sea él de nuevo.

A día de hoy no he vuelto a rehacer mi vida, he tenido varias relaciones, pero debido a todo el sufrimiento que mi ex marido me causo no he podido abrirme completamente a otra persona. Estoy muy marcada. Cuando veo a otras parejas siento mucha envidia sana, pero es muy difícil para mí volver a confiar en un hombre. Sé que está mal, y me gustaría cambiar eso. De hecho nunca he cerrado las puertas al amor. Cuando he estado en pareja, el miedo no me ha dejado ser completamente feliz y por ello tampoco he hecho feliz a la otra persona.

El día de mañana, me gustaría encontrar una pareja y alguien en quien confiar. Mis hijos ya son mayores y tienen sus propios hijos. La soledad es muy mala y sé que debería rehacer mi vida y superar ese miedo o marca que tengo en mi interior.

A todas aquellas mujeres que están viviendo esta misma situación que yo viví y que de algún modo sigue afectándome, les diría que no aguante ni una. Todo empieza por una falta de respeto y progresivamente va aumentando en humillaciones e insultos, maltrato psicológico, después llegan los empujones, y así va creciendo todo poco a poco. No hay que aguantar nada de eso, ni la más mínima falta de respeto. Cuando el respeto se pierde, se pierde absolutamente todo.

Cuando recibes el primer golpe, quedas muy impactada. Después de eso empiezas a justificar su acción y a quitarle importancia, ellos te convencen de que tu eres la culpable y que lo estas provocando. Tratan de confundirnos y nos anulan como persona.

Todas las parejas discuten en algún momento, es algo normal, pero las faltas de respeto y los empujones no están justificados. Por lo que sin duda les diría a estas mujeres que no aguanten eso por parte de sus parejas. Nadie tiene derecho a hacerte sentir inferior. La vida es muy bonita para estar siempre llorando, pensando si él vendrá a casa bien o vendrá mal, teniendo miedo incluso de discutir por no saber cómo pueden acabar las cosas. La vida es muy bonita, da igual como la vivas, sola o acompañada.”

Muchas gracias Luz.

Por: Aurora Jara

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