Si amas a alguien, solo quieres verle feliz

Lo nuestro era una relación extraña, algunos la catalogarían como tóxica, una relación de idas y venidas, en la que podíamos estar un año sin hablarnos y después encontrarnos y actuar como si ese año que habíamos pasado el uno sin el otro, no hubiera existido.

Llevábamos más de 10 años así. Era nuestra locura, era nuestro caos… Pero queríamos quedarnos en el.

No éramos nada, pero a la vez lo éramos todo. Un día nos encontrábamos tomando un café y hablando de nuestros problemas en el trabajo, y al día siguiente, nos encontrábamos en su cama.

Nunca concretamos que era exactamente nuestra relación, tampoco me preocupaba. Pasábamos los límites de la amistad, pero también los de una pareja.

Llegó un 20 de enero, raro, en el que empecé a ver todo diferente. Hablamos como cada día, pero ese día me dijo algo distinto, me dijo que se estaba empezando a enamorar de una chica.

Muchas veces, yo sola, había pensado en que era lo que me unía a él, no tenía ni idea, pero no quería darle muchas vueltas, al fin y al cabo, los dos estábamos bien así, sin nada que no atase, siendo libres el uno con el otro o el uno sin el otro, pero siempre libres.

Le animé. Le dije que si le gustaba que fuera a por ella. Era la primera vez que él me decía algo así, nunca habíamos estado en esa situación, fue extraño.

Él me contaba cosas de las que hablaba con ella, un día, después de que me contase algo en concreto le escribí “le importas, ella te quiere y tú la quieres, deberíais intentarlo” y me descubrí con lágrimas en los ojos después de decirle eso.

Y ahí estaba yo, apunto de hacer lo más valiente y cobarde de mi vida: dejarle ir.

Yo, que siempre me había reído de aquella frase “Si amas a alguien, solo quieres verle feliz”.

Y así me encontraba ahora, deseando que él fuera feliz, conmigo o sin mí.

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