Gemelo
Por suerte fue en la pierna, en la pantorrilla, le decía mamá como un consuelo, cuando la encontraba llorando. Vas a ver que con el tiempo va a ir desapareciendo, el tiempo cura todo.
Yo hace rato que no la veía. Los días de calor llegaron más tarde esta vez y la temporada de pileta se retrasó. Cuando nos metimos, ni me di cuenta. Fuimos corriendo, los dos, desde la galería y nos tiramos en lo más hondo, como hacíamos siempre. Sin siquiera meter un pie para probar del agua.
Que estaba helada. Tanto que me hizo acordar a los lagos del sur y a papá gritándonos que tuviésemos cuidado con la hipotermia o algo así. Habían limpiado la pileta un par de días antes y la volvieron a llenar la noche anterior. Con agua de pozo, con agua que viene de abajo de la tierra.
Hicimos un par de carreras para entrar en calor. Primero crol ida y vuelta, y después una medley. Obviamente, gané las dos. Aunque confieso que la medley fue por muy poco; pecho siempre me costó y ahí Emilia recuperó bastante.
Habremos estado cuarenta minutos o una hora. Salimos con los dedos arrugados. Emilia cruzó los brazos sobre el pecho y empezó a dar pequeños saltos. Soplaba una brisa que nos hacía temblar. Volvimos a la galería y nos echamos como lagartos sobre la baldosa caliente. Emilia se acostó primero, boca abajo y tratando de que la mayor cantidad del cuerpo tome contacto con el piso.
Fue en ese momento que la volví a ver. Roja, áspera, cubriendo prácticamente todo el gemelo. Desde el talón hasta la parte posterior de la rodilla. Daban ganas de tocarla, sentir con la yema de los dedos esa rugosidad. Pero a la vez daba muchísima impresión, Solo mirarla y un escalofrío te trepaba por la espalda. Parecía como si todavía tuviera los dientes afilados en el cuerpo, en la carne.
Me acosté a su lado, también boca abajo. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Dos años? Se me ocurrió preguntarle si se acordaba de algo.
─No.
Fue lo único que me dijo. Y yo no insistí. Tantas veces le había preguntado y siempre la misma respuesta. Me quedé en silencio. De fondo se escuchaban las chicharras.
─¿Sabés de lo único que me acuerdo? ─me dijo de repente, en un susurro.
Me senté de un salto, ella seguía acostada, sin moverse.
─De papá llorando, de eso me acuerdo.
No le contesté. Se me vinieron encima todas las imágenes de papá, como un baldazo de agua. No me lo esperaba. Pasaban frente a mis ojos como diapositivas. Lo había visto enojado, gritando, más de una vez. Pero nunca llorando. La que lloraba era mamá. O eso era lo que oíamos desde nuestro cuarto con Emilia cuando se peleaban.
─En la ambulancia recuperé el conocimiento─ siguió diciéndome─. Abrí los ojos y ahí lo vi. Sentado contra la pared de la camioneta, en cueros, al lado de un hombre vestido con ropa de médico. Papá se cubría la cara con las dos manos abiertas. En un momento, las corrió y pude verle los ojos. Hinchados, cargados de lágrimas.
Terminó de hablar y bajó los párpados. Las chicharras seguían ahí. Insoportables. Parecía dormida. Como aquella vez en el palier del edificio, a dos cuadras del colegio. A mí me vino el recuerdo de esa tarde. De esa tarde horrible.
Estábamos con Emilia en el patio, esperando que mamá nos pasara a buscar. Éramos de los últimos, ya se habían ido casi todos los chicos y también muchas maestras. La directora nos miraba con una mueca de fastidio, como si nosotros tuviéramos la culpa. En eso apareció papá. Nos miramos con Emilia y sonreímos. Con Emilia, muchas veces, no tenemos que ni hablar para saber lo que pensamos. Mamá dice que es por haber estado juntos en la panza. Yo no sé porqué es así, pero nos pasa bastante seguido. Ninguno de los dos recordaba cuando había sido la última vez que papá nos había buscado por el colegio. La directora cambió la mueca de enojo por una sonrisa falsa y nos saludó levantando la mano. Nosotros corrimos hasta la puerta y lo abrazamos. No lo habíamos visto a la mañana en casa. No era la primera vez que no desayunábamos juntos, pero en esos días se venía repitiendo bastante. Mamá nos decía que había salido a trabajar temprano.
Papá nos sacó las mochilas y las cargó en los hombros, una de cada lado. Lo que a nosotros nos doblaba la espalda, por la cantidad de libros, cuadernos, cartuchera y miles de estupideces más, papá lo cargaba como si nada. Extendió sus brazos y nos dio una mano a cada uno; estaban calientes y un poco transpiradas. O por lo menos la mano que me dio a mí, aunque imagino que la izquierda, la que le dio a Emilia, estaba igual.
Avanzamos caminando hacia el lado de las vías. Nos preguntó cómo nos había ido en el colegio. Papá acostumbraba a hacer esas preguntas formales cuando nos veía, pero después se desentendía de la respuesta. Por eso los dos le contestamos a dúo.
─Bien, bien.
Emilia y yo sabíamos que algo había pasado. No podía ser casual que nos pasara a buscar él por el colegio. Y, además, sin avisarnos. Pero ninguno se animaba a preguntarle.
Doblamos en la esquina. A mitad de cuadra, la camioneta de papá estacionada. Todavía estábamos a unos metros cuando Emilia se detuvo en seco.
─¿Por qué está cargada? ─ le preguntó sin sacar los ojos de la caja de la camioneta.
La camioneta de papá casi siempre iba cargada. Como dirigía más de una obra a la vez, iba de acá para allá trasladando bolsas de cemento, arena, perfiles, herramientas. Pero esta vez era distinto. En la caja había dos valijas de cuero, el tablero a medio desarmar y varias cajas de cartón cerradas con cinta. Yo nunca hubiera notado algo raro. Pero, Emilia era distinta, no se le escapaba nada.
Papá no contestó y quiso seguir caminando. Emilia no se movió y se soltó la mano. Papá retrocedió y se paró frente a ella, se agachó un poco para quedar cara a cara. Emilia, con el mismo tono sereno, insistió:
─¿Por qué está cargada?
Papá me soltó la mano y con su brazo me llevó al lado de Emilia. Seguía en cuclillas. Nos miró un par de segundos y nos sonrió.
─Vamos a la camioneta, los quiero invitar a tomar el té. Acá a cinco cuadras hay un bar que prepara unos tostados riquísimos.
Avanzamos unos pasos hacia la camioneta. En silencio. Yo le volví a dar la mano. Emilia no, siguió caminando, separada a un metro de distancia. Cuando llegamos a la altura de la caja, papá, de un movimiento tiró las mochilas adentro. Cayeron al lado de su tablero de trabajo, el que estaba en el escritorio, al fondo.
─Suban─ nos dijo.
Desactivó los seguros y la alarma con el control y caminó hacia la calle para subir al lugar del conductor. Pasaban varios autos. Yo abrí la puerta y pegué un salto hasta el asiento. Emilia se quedó en la vereda. Inmóvil. Mirando las cosas que había en la caja de la camioneta.
Papá, sin darse de cuenta de que Emilia no había subido, prendió el motor. Cuando se dio cuenta le pegó un grito.
─Dale, Emi, subite.
Ella no contestó. Desde el palier de un edificio, a unos metros de donde estábamos nosotros, apareció una mujer con sus dos hijos. Los chicos tenían nuestra edad, quizás algún año menos. Tenían puesto el uniforme de un colegio que no supe reconocer. Los acompañaba un perro, no muy grande. Después, mis amigos me contaron que era un Pitbull, pero en ese momento yo no tenía ni idea. Nunca tuvimos perro, a papá no le gustaban porque rompían todo los canteros del jardín, decía. Tampoco teníamos canteros en el jardín, pero bueno, eso era lo que nos decía papá. Uno de los chicos, el más alto, tenía la correa en una mano. El perro daba vueltas entre ellos, olfateando todo a su alrededor. La cabeza era blanca y muy ancha. El lomo, de un gris oscuro, también era ancho, pero se iba haciendo más finito a medida que se alejaba de la cabeza. Las patas cortas y el pelaje bien al ras. En ese momento no le pude ver el hocico, ni los ojos, porque no levantaba la cabeza del piso.
─Emilia, subí─ le gritó otra vez papá, con un tono más firme.
Ni se inmutó. Sus ojos, clavados en la caja de la camioneta. Como si no hubiera escuchado el grito de papá, que ahora se repetía todavía más fuerte, todavía más nervioso, más enojado. Yo conocía esa mirada de Emilia. Podían gritarle toda la tarde, podía largarse a llover en ese instante, podía hacerse de noche. Pero ella no iba a mover un músculo de la cara, casi ni para pestañear.
Papá le dio un golpe al volante y se bajó apurado. Corrió al lado de Emilia y se paró en frente. Detrás, la mujer, los dos chicos y el perro discutían si era mejor caminar hacia el bajo o hacia Parque Aguirre.
─Subí a la camioneta ahora mismo, ¿entendiste?─. Papá hablaba con los dientes apretados.
La tomó del brazo y quiso hacerla subir por la fuerza. Recién ahí, Emilia reaccionó. Empezó a moverse como si estuviera poseída. Papá intentó sujetarla con los dos brazos.
─Calmate, Emilia, calmate, carajo.
La mujer, los dos chicos y el perro se quedaron inmóviles mirando la escena. Emilia se resistía, pero al ver que no podía ante la fuerza de papá, comenzó a gritar. Que la soltara, que no quería ir, que viniera mamá.
No sé bien si me distraje, si no quise ver más o si el tiempo se salteó una escena, pero, de golpe, el perro, estaba amarrado en la pantorrilla de Emilia. Papá la había levantado del piso y el maldito perro colgaba como si fuera un pez y la pierna de Emilia el anzuelo. Me bajé de la camioneta. Todos gritaban menos Emilia. Ella lo miraba a papá con los ojos rojos. La señora y los dos chicos le gritaban al perro. Ahí me enteré que se llama Willbur. A quién se le ocurre llamar a un perro así. A pesar de los alaridos, Willbur no soltaba la pierna de Emilia. Mantenía la quijada cerrada, con los dientes incrustados en la carne. La sangre empezó a teñir las baldosas de la vereda. El portero del edificio, que seguramente veía la escena desde algún lugar, salió con un balde lleno de agua. Se lo arrojó al perro, pero empapó también a Papá y a la mujer que estaba detrás. Willbur meneó apenas la cola, pero no movió un diente de lugar. Un par de autos que pasaban empezaron a tocar bocina. Dos hombres se bajaron y se sumaron a los gritos. Emilia seguía en los brazos de papá. Ahora los ojos se le habían llenado de lágrimas, pero hacía lo imposible para no llorar. Ella también mantenía la mandíbula cerrada, firme; de bronca, no de dolor, yo la conozco. Uno de los tipos le dio una patada al perro en el medio del lomo. Nada. Willbur parecía embalsamado en esa posición.
Me puse a llorar. Me senté en el último escalón del palier y me tapé la cara con las manos. La mujer y los dos chicos también lloraban. A la mujer le había agarrado un ataque de nervios y papá le gritaba para que se calle. Los únicos dos que parecían tranquilos eran Emilia y el perro, Willbur. Como si el pacto de sangre que habían hecho los mantuviera al margen de la realidad.
Pasaron un par de minutos, y nadie sabía qué hacer. Se hizo un breve silencio y Emilia empezó a cabecear. Ya había perdido mucha sangre. Entre el tumulto de gente apareció un policía. Sacó su arma y apuntó al perro. Los dos chicos largaron un alarido a dúo.
─Matalo a este hijo de puta ─gritó papá descontrolado.
La mujer, en su ataque de nervios, abrazó al policía para que no disparase. Otra vez los gritos. Papa descontrolado le pedía al policía que mate al maldito perro, a este perro de mierda, dijo exactamente. Ya eran varias las personas que estaban alrededor de papá, de Emilia, del perro y de la mancha de sangre que ahora era casi un charco; formaban una ronda. El policía, con la mujer encima, guardó el arma para evitar una tragedia y lo miró a papá con un gesto de impotencia. Desde el otro lado de la calle vi a un tipo con guardapolvo blanco que corría en nuestra dirección.
─Permiso, permiso─gritaba mientras se hacía lugar entre la gente.
Se acercó a Emilia y le acarició la cabeza con la mano. Fue un gesto dulce, amable. Le pidió a papá que la bajara, y que la sostuviera de pie. Él se arrodilló detrás del perro. La sangre del charco salpicó para los costados. Sacó de su bolsillo un guante de látex y se lo puso en un segundo.
La verdad es que no pude ver bien como hizo, me tapaba la gente que tenía adelante, pero el perro, inmediatamente, abrió la boca y soltó la pierna de Emilia. Como por arte de magia. Ahí sí pude verle el hocico y los dientes. Le chorreaba sangre y saliva. Unos días después, mamá me contó, con un poco de pudor, que el tipo le había metido un dedo en el culo al perro. Que ese había sido el truco. Haberlo sabido antes.
El policía agarró la correa del perro y lo separó de la gente. Papá levantó de nuevo a Emilia y la acostó en el primer escalón del palier, al lado de donde estaba yo. Papá le había echado su camisa sobre la herida. La vi cerrar los ojos y quedarse dormida, como está ahora, a mi lado.
A los dos minutos llegó la ambulancia, cargaron a Emilia en una camilla y se fueron con papá. Yo me volví con una madre de un compañero del colegio, que se acercó para ver qué había pasado. Desde su auto vi la camioneta de papá. También vi nuestras mochilas, las valijas de cuero y el tablero desarmado.
***
Las chicharras siguen con su canto insufrible. Ya no tengo frío. Emilia se quedó así, como dormida, tres o cuatro minutos. No le pude sacar la vista a la cicatriz. Ya pasaron dos años, pero más que desaparecer, parece como si hubiera aumentado de tamaño.
Al poco tiempo de lo del accidente, Mamá nos compró un perro. Un labrador dorado. La psicóloga de Emilia le dijo que la iba a ayudar con su trauma. No sé si ayuda en algo, pero nos divertimos bastante. Le pusimos Lucas. Emilia dijo que le gustaban los nombres de personas para los animales. Papá no dijo nada. Ya no estaba en casa.
Al final, no sé fue ese mismo día. Tampoco fuimos a comer tostados. Seguramente, el accidente retrasó sus planes. Esperó a que Emilia volviera del sanatorio, y a los dos días se mudó a un departamento en el centro.
Alguien abrió la puerta de la cocina y Lucas avanzó atolondrado hacia donde estábamos. Se puso a saltar. Emilia extendió el brazo para acariciarlo. Lucas le chupó toda la mano. Después quiso hacer lo mismo conmigo, pero yo me quedé quieto. Se echó en el medio de nosotros, en la misma posición, boca abajo. Cerramos los ojos y escuchamos su respiración agitada, mezclada con el canto de las chicharras.