“45 años”, cuando el pasado llega por correo

No, no podemos escapar a nuestro pasado. Perdura, como una mancha de tinta que, de tanto en tanto, se desborda y pringa nuestras mejores galas. Y pesa, siempre: ya tan liviano como la pluma de un ave o ya tan agobiante como el ancla de un crucero.

Nuestro pasado está; perdura y pesa. Pero permanece bogando en nuestro interior: molestando a veces, sonrojando otras. Pero siempre a salvo de los reflectores del mundo exterior. En lo personal, creo que no todo debe ser contado. Que es mejor que gran parte de nuestro pasado se mantenga bajo la superficie. Y aunque entiendo que nuestra educación ha exaltado el valor de una relación encerrada y sin secretos, estoy seguro que la transparencia total no existe. Y eso está bien. Porque, por ejemplo, ¿qué bien podría hacer a la construcción de tu relación amorosa el que le cuentes a tu pareja que la tipa que acabas de saludar en la calle alguna vez se metió bajo tus sábanas?

“La idea no es andar jugando a las escondidas y eliminar todo rastro de honradez, sino establecer los límites de la propia privacidad. Algo así como la reserva del sumario. A veces es mejor no preguntar y, otras, no contar. Y esto no es desamor, sino inteligencia afectiva”, describe con sagacidad Walter Riso.

Del pasado, su permanencia y su peso nos habla muy bien 45 años, sin duda una de las películas británicas mejores logradas de los últimos años. Con la magistral actuación de Charlotte Rampling (Kate) y Tom Courtenay (Geof), el filme se convierte en un molesto (pero necesario) recordatorio de la fragilidad de toda relación, por más sólida que creamos que ésta sea.

Seis días antes de la fiesta de celebración de los 45 años de matrimonio, Geoff recibe una carta desde Suiza en la que se le informa del hallazgo del cuerpo de Katya, una antigua novia que murió mientras estaban de vacaciones en Suiza y cuyo cadáver acaba de aparecer conservado dentro del glaciar en que cayó. Y lo que a simple vista no es más que una anécdota, poco a poco va minando la relación. Katya se transforma en un fantasma que lo trastoca todo. Pero es Kate la clave del hundimiento. Movida por su curiosidad sobre “la ex”, se enmarca un una vorágine de cuestionamientos que termina por poner en duda la fortaleza de su matrimonio.

Sí, nadie puede escapar a su pasado. Pero la cosa es que no hay ninguna necesidad de que su permanencia manche la vida de quienes nos rodean ni que su peso termine ahogando a todos sin remedio. El director Andrew Haigh nos regala en 45 años una desoladora muestra del pasado y su corolario.