Indignantes indignaciones.

Hoy, un día como cualquiera, mitad de semana y de fecha recordada por pocos, tenemos a la masa, esa tantas veces puesta a prueba y reprobada opinión pública indignada por un anuncio que nos recuerda la efeméride de hoy.

Podemos satanizar los esfuerzos de ciertos intereses emponderados por gobiernos claramente autoritarios y decir que su falta de respeto a uno de los símbolos patrios busca más una polémica que un levantamiento sentido en el tan desgastado o nulo nacionalismo característico de un apático y destruido tejido social.

Sin embargo, se está perdiendo de vista que quienes más indignación presentan al anuncio del día de la bandera son los mismos que no siente de ninguna manera el nacionalismo hasta que ven en la televisora que tanto repudian una versión guapachosa de toque de bandera; mismo sector de la sociedad que, no en su mayoría, poco respeta límites de velocidad, dan mordidas, insultan autoridades y opinan que su país está al borde del colapso y aconsejan sin seguir sus palabras a «hacer el cambio desde uno» entonces ¿en dónde está el nacionalismo tan lastimado? Y aún así, eso no es importante.

Lo triste es la reacción oculta, la que se demuestra, de la que nadie habla, esa que transforma cualquier pretexto para hacer una fiesta, sin importar el respeto, la solemnidad o los artículos constitucionales que de hecho no se rompen, dejando en segundo plano el maltrato de gobernantes, desapariciones, periodistas caídos, devaluaciones y malas administraciones no son suficientes para encontrar inconformidad en esa devaluada opinión pública que aunque indignada por el cambio de ritmo en el toque de bandera, jamás despreciaría una pachanga.

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