Kumamoto y la reivindicación de la política

La promesa de Pedro Kumamoto es casi tan grande como su talento. Imposiblemente joven, de rasgos afilados, con una sonrisa que parece querer escaparle del rostro, Kumamoto irrumpió en la escena pública nacional como un bienvenido vendaval. El chico se convirtió en un fenómeno por derecho propio: sin ser postulado por partido político alguno, ganó una diputación local por el distrito de Zapopan (acaudalado y educado, nunca sobra resaltar) con apenas dos pesos para hacer campaña sin costo para el erario. Kumamoto ganó su curul como Bartola administraba su casa con esos dos pesos que ahí le dejaban para que alcanzara para todo. La victoria de Pedro fue una epopeya, una reivindicación de la política posible en unos tiempos en los que, quizá más que nunca, ser político es sinónimo de ser un indeseable.

Como cualquier otro político que conquista una posición por el voto popular, Kumamoto no es ninguna excepción: a cuestas lleva los compromisos que asumió frente a la gente que lo llevó al poder. Pero, a diferencia de cualquiera de sus compañeros en el Congreso del Estado de Jalisco, Kuma lleva como ninguno no tanto las filias de sus votantes sino, sobre todo, sus fobias: un electorado joven que, con razón, desconfía casi por instinto de los políticos y de la cosa pública. Pedro es el representante de un electorado sumamente polarizado y polarizante frente al status quo; representa a los que no quieren más de lo mismo, de los que en sus manos han puesto la responsabilidad de decir ya basta pero jugando dentro del sistema. Su responsabilidad es enorme.

En estos días, Kumamoto anunció que renunciaría al setenta por ciento de su sueldo como diputado, donando 46,000 pesos de los 66,000 que gana para un fondo semilla de desarrollo comunitario. El diputado explica que se queda con 19,800 pesos y que con los tres mil que le paga un diario en línea por sus columnas, completa 22,800 pesos para sus chicles. Hasta ahí bien, todo muy loable; quizá el diputado aun vive con sus padres, no tiene una familia que mantener y con eso alcanza de sobra para todo y más. Pero eso no le basta a Kumamoto quien, necesitado de aplausos, siente la necesidad de ir más allá y hablarle a su sedienta audiencia, explicando que “un gran elemento para donarlo es precisamente para iniciar una discusión, impostergable y de relevancia mayúscula, alrededor de la desigualdad en nuestro país. El Reporte Mundial de Riqueza indica que el 10% más rico de México concentra el 64.4% de la riqueza en el país. Vivir con pobreza no es normal, ni es deseable, ni es humano. Necesitamos estudios, activismo, medidas políticas y jurídicas y determinación como sociedad para acabar con ella. Por eso, sostengo que esta acción radical está enfocada a poner sobre la mesa un asunto que se ha atrasado por muchos años: acabar con la pobreza y la desigualdad”. Ah, cabrón, ¿para tanto alcanzan esos 46,000 al mes, diputado?

Con el talento de Kumamoto para hacer rendir 46,000 pesos, yo estaría temblando de ser Luis Videgaray. Sobre todo en estos días que, digamos, el Secretario de Hacienda no está de lo más sonriente y que el país entero anda viendo cómo fregados va a hacer para completar el gasto. Es claro que con su anuncio Kuma se ha ido por el camino más corto para quedar bien en una sociedad premoderna: la demagogia, el gesto barato (aunque cueste 46,000 al mes), el aplauso incauto.

México está verdaderamente necesitado de jóvenes impolutos, llenos de esperanza y buenas intenciones. Jóvenes como Kumamoto encarnan lo mejor que esta sociedad tiene y con cuidado y sin prisa, sus manos pueden ayudarnos a todos a construir un mejor país. Creo que Kumamoto es un lujo en el Congreso de Jalisco y en la política mexicana y que sus 66,000 al mes (una cifra por lo demás nada escandalosa y justo ahí en lo que algunos llaman la justa medianía) están muy bien ganados y sobradamente justificados. No es una vergüenza ganar un salario por el trabajo. Con su gesto, Kumamoto da a entender que ese dinero que recibe por su trabajo de algún modo está sucio, que no lo merece, que no es digno. Al renunciar a buena parte de su salario, Kumamoto se pone al nivel del político de la peor calaña que no va a devengar un sueldo al Congreso sino a que se lo regalen y a verle la cara a nosotros que se lo pagamos; políticos que deberían pagar por mancillar las instituciones de la República y la fe de los ciudadanos en ellas.

Kumamoto es un ejemplo de la dignificación de la política y en sus manos tiene la nada ligera responsabilidad de ayudarnos a entrar a una etapa moderna de concebir a la política, en la que los políticos como él no se sientan necesitados de hacer gestos grandilocuentes, como si fueran portadores de alguna trascendente misión más allá de ellos mismos que les encargó el misterio, sino de hacer su trabajo y hacerlo bien; y en la que los ciudadanos entiendan que la politica es un patrimonio de todos, que no tiene por qué ser algo grotesco, que el servicio público no debe avergonzar sino enaltecer a quien lo presta y que todo trabajo bien hecho merece una remuneración digna. Incluso el de un diputado.