¿Por qué Platón amaría los Iphones?

10 am Is When You Come To Me, Louise Bourgeois (2006)

Tengo problemas para conciliar el sueño. A la hora más temprana que he dormido en el último año ha sido las 12:30 am y, sorpresa, estaba ebrio. Según mi psicóloga es una resistencia a llevar una rutina normal. Según mi mamá siempre he sido “como búho”, es decir, que nunca he dormido temprano. Según mis amigos probablemente esté deprimido. Honestamente no tengo idea de por qué odio dormir temprano, sin embargo, he descubierto varias cosas que pasan en las madrugadas.

La primera cosa que descubrí es que puedo pensar. Mientras la gente duerme para despertarse temprano a su trabajo de 8 a 5 yo me rebano la cabeza. Últimamente, entre las 12:00 am y 1:15 am, escucho Sea Legs de Addie Brownlee con Martha Wainwright. La letra de esa canción es demasiado poderosa para poder escucharla durante el día:

“So much destruction in your wake / I woke and watched you dreaming / So there are no mistakes and only variations on a theme.”

Mi psicóloga, que es un amor, también me dijo que las personas que no duermen tienden a pensar en el pasado. Esto puede ser verdad a medias, yo pienso en mi presente. Como Addie describe, tener Sea Legs significa haber aprendido a mantener el balance en un barco en movimiento y no perder el equilibrio; poder moverse, sin dificultad, en medio de la inmensidad.

Poder pensar en el presente sin titubear es bastante complejo. Por ejemplo: tomé yoga en la Universidad. Me dormí el sesenta por ciento de las sesiones de meditación, pasé con B y el profesor me odió todo el semestre. Me parecía extremadamente aburrido reflexionar en un cuarto lleno de gente que no conocía, forzando mi respiración (que no sirve). Ahora, durante las madrugadas, lo único que puedo escuchar son las sirenas de ambulancias, algún ebrio cantando en la calle y, lo más importante, a mi mismo dándome un monólogo interno que bordea la puteada autocomplaciente.

A veces, entre la 1:30 am y las 2:15 am, todo se parece a After Dark de Haruki Murakami; las luces de la ciudad devoran la conciencia, los músculos se paralizan sin sentido alguno. Aquí es como el pasado viene en olas, no como las de V. Woolf, sino como las de Joan Didion: que revuelcan y calman al mismo tiempo. Los maremotos se alzan cuando enciendo el celular para abrir la sección de videos. (Beware, me voy a poner lírico y semiótico)

Cuando un video se captura en movimiento, como uno dentro de un auto, los sujetos suelen desenfocarse y deformarse. Exactamente era como me sentía cuando grabé esos videos: en una realidad paralela o en una cápsula del tiempo que tocaba Corazón de los Auténticos Decadentes en loop infinito. Ayer abrí un video que caería en la categoría de metaficción casera. Estamos en una carretera, a toda velocidad, el cielo está rosado y sin sol. Te grabo a ti mientras sonríes, manejas, al mismo tiempo, como diría mi abuelita “me haces ojitos”. Al fondo suena Sweet de Cigarrettes After Sex, el cantante susurra:

“ Watching the video where you’re lying / In your red lingerie ten times nightly
You know I think your skin’s the perfect color/ But it’s always your eyes that pull me under.”

Por medio segundo me filmo mirándote. El video se desenfoca y termina. Tal cuál lo metaficticio me vuelvo autorreferencial, consciente de mi propia narración visual. Estoy viendo un video nuestro donde se narra como me siento al volver a mirarlo. A este punto son las 3:00 am y recuerdo a mi profesor sexy de la maestría decir que Platón estaría encantado de vivir en nuestra era debido a que el código binario es lo más cercano al Mundo de las Ideas de Platón: los recuerdos de lo que amamos, fotos, videos, canciones y escritos existen, esencialmente, en un lenguaje único y universal. Me imagino los unos y ceros que se juntan para traducir el medio segundo que te miro. Me pregunto si será posible depositar, también, en código binario lo que sentí en ese medio segundo. ¿Cuantos terabytes necesitaría?