Adiós, mundo cruel.

Yo era pibito cuando volvió la democracia. Mi vieja festejaba y plantaba flores en el jardín de adelante y mi viejo puteaba un poco con su habitual cara de orto porque habían ganado los radicales. Yo no entendía muy bien pero mi vieja estaba feliz y plantaba flores, y es el recuerdo más fuerte que tengo del momento en el que el pueblo volvió a llevar adelante un acto tan básico como elegir a sus gobernantes. De hecho muchas veces asocio automáticamente la palabra “democracia” con aquellas flores blancas y moradas, dispuestas en un círculo en el centro mismo de aquel cuadrado de tres metros por tres metros de césped.

La democracia no fue todo lo buena que mis frescos 5 años percibieron de aquella alegría maternal, pero como algún sabio debe haber dicho, es “el más perfecto de los sistemas imperfectos”. Crecí con ella y me asusté cada vez que estuvo en peligro. Tengo incorporada la democracia en mis acciones, en mi forma de vivir y de ser. No hay fascismo que me doblegue; no concibo que un pueblo pueda vivir feliz sin autodeterminación, aunque en muchos casos tampoco lo es pese a tenerla. Así me forjó la vida. No soy especial, simplemente crecí con eso. Seguramente en aquel momento en alguna mesa de algún bar -las redes sociales del momento- algún que otro iluminado habrá pensado que era una estupidez celebrar la vuelta de la democracia, o plantar flores, o ir a la Plaza de Mayo a vitorear a un Alfonsín que aseguraba que la casa estaba en orden. Para qué vamos a ir, dirían. Esto es circo, pantomima, Alfonsín arregló con los milicos, las flores se marchitan, los radicales no pueden gobernar, mirá si voy a apoyar ese simulacro.

Por suerte sólo eran un puñado en alguna mesa de un bar, ésas desde donde se arregla el mundo siempre. Esas que se creen ministerios mundiales y no dejan de ser un cuadradito de madera rodeado de cretinos.

Hoy se marcha en todo el país por el #NiUnaMenos, consigna discutida desde la semántica más quisquillosa y minada por los mismos que hoy se sientan en esa mesa de bar llamada internet. No importa. Hoy van a haber miles de mujeres y hombres marchando, pidiendo el fin de una violencia absurda, y tal vez lográndolo por un día, dos. Ojalá por más. Perdón por las malas noticias pero es muy probable que los femicidios no se detengan. También es probable que se impulsen y reglamenten leyes que desde cierta demagogia pongan en agenda el tema, para luego soltarlo en pos de alguna corrida cambiaria, el nacimiento de un panda en el zoo, o la futura paternidad del 9 de Boca. Tal vez -y es muy probable- algunas de esas leyes, las menos urgentes, sean las determinantes.

Porque sí, hay buenas noticias; habrán miles de niños y niñas en la marcha. Niños y niñas que verán a sus madres plantando flores, felices, esperanzadas. Niños y niñas que no deben entender bien por qué es necesario movilizarse por algo tan básico como el respeto por la vida, la convivencia y la igualdad. Niños y niñas que van a crecer incorporando esas premisas sin demasiada vuelta; matar mujeres está mal. Tal vez los niños y niñas crezcan sin sazonar ese razonamiento con términos de alto vuelo académico, los pibitos en 30 años no sabrán lo que es la heteronorma patriarcal ni el falocentrismo; sólo acatarán un razonamiento básico con el que habrán crecido; matar mujeres, doblegarlas, imponérseles, abusar de ellas, está mal. No se hace. Diferencias habrán siempre, claro. Machistas de cotillón también. Pero aquella será una regla establecida. Esos pibitos no entenderán muy bien cómo es que antes una chica podía aparecer violada y muerta en una bolsa sólo por ser linda, y cómo un aparato comunicacional ponía sobre el candelero el largor de su minifalda a manera de coartada. Como los pibes de mi generación no entienden cómo se podía vivir sin democracia, y los de un par de generaciones más acá ya empiezan a no entender cómo antes se digería lo que los medios de comunicación ofrecían sin atinar a ejercer una mirada crítica sobre el emisor. En un puñado de décadas los pibes no concebirán un mundo tan cruel como este. Porque es mentira que todo tiempo pasado fue mejor.

La marcha, ahora. Las leyes, pronto. La mejora, de a poco. El cambio, en años. El deber es mover, siempre. El tiempo hará lo demás.