El agua entre los dedos

La tarde del 2–2 con Vélez en el Amalfitani

En el 98 Lanús tenía un equipazo. Lechuga Roa, JJ Serrizuela, Siviero, Kmet, el Chango Cravero, Hugo Morales, Pininito Mas, Chupa López, Ibagaza, Coyette, Facha Bartelt, Belloso, en fin, Mario Gómez había armado un equipo muy duro que encontró solamente uno superior: el gran Velez de Bielsa.

Yo vivía en Lanús, mis amigos eran -son- granates, hasta terminé colado en la cancha alguna vez para ver al equipo aquel. Sacó 40 puntos y no le alcanzó. La desilusión fue muy grande pero también hubo matices de hazaña; en el club había un busto de Héctor Guidi, subcampeón en la prehistoria, ídolo y emblema de aquel equipo chico que casi casi se les impone a los grandes, algo impensado en aquel momento, los lejanos años 50. Estos héroes empardaban la gesta aquella, merecían también el bronce. Se podía ir por un poco más, sin embargo el golpe fue duro y los pibes, mis amigos, veían cómo la oportunidad de lograr algo insólito como ser campeones en un fútbol dominado por la guita se escapaba, tal vez para siempre. Porque, con lo difícil que es el fútbol argentino, ¿habría otra chance de estar tan cerca de la gloria, siendo un club de barrio?

Bueno sí, la hubo. Once años después, de la mano del gran Ramón Cabrero el granate -nada menos que en la Bombonera- comenzaba a convertir en estrellas bordadas sobre la tela todo aquello que, por juego, coherencia y sobre todo por orden institucional, venía insinuando. De ahí en adelante, nunca se alejó demasiado de la pelea. En 2013 mete otro golpe internacional; campeón de copa Sudamericana. En 2016 aplasta a San Lorenzo en una final en el Monumental: 4–0 con baile y otro título. Le gana a Racing una final que todavía me duele, sobre la hora en el Cilindro y a River en el Único de La Plata; dos títulos más para enquistarse ahí, entre los cuadros que ganan cosas.

La Libertadores siempre le fue esquiva. Esquiva como puede serlo para un club que se acostumbró a jugarla casi todos los años. Las ediciones 2008, 2009, 2010, 2012, 2014 pasaron sin demasiadas luces. Este año se adjudicó un grupo con un pesado como Nacional, un Chapecoense en reconstrucción y un ignoto Zulia. Después fue inteligente y trajo un empate de la altura de La Paz, puso corazón y se repuso de un 0–2 con San Lorenzo y despachó a River envuelto en polémicas y fruto de certezas; no te pueden dar vuelta un 3–0 en 45 minutos. Bueno, Lanús lo hizo.

La final no le quedó cómoda. Pudo traerse un empate, tal vez anotar un gol allá, lo que le hubiese otorgado aquí la tranquilidad que no tuvo y fue toda de Gremio, un campeón inobjetable, bicho, con funcionamiento e individualidades. “Ellos fueron mejores en los 180, tienen al 7 (Luan), al 29 (Arthur) y al arquero (Grohe) que es de otro planeta” me sintetizó El Tano esta mañana en el whatsapp, seguramente dolido y seguramente orgulloso.

Duele hoy porque ayer la copa estaba ahí, sobre una tarima en el césped del resplandeciente Díaz Pérez, que un par de décadas atrás era un potrero de tablones, esperando que Sand y Acosta se encontrasen, que Silva desnivelara, que Román Martínez desequilibre o que Andrada saque hasta las imposibles. No pasó. La oportunidad parece haberse esfumado como agua entre los dedos. El cielo se vino abajo, tan cerca que había estado el granate de tocarlo. El dolor enceguece y hoy esos corazones sienten que no habrá otra chance, como decían abatidos mis amigos aquella tarde de 1998 cuando un inapelable Velez les quitó la posibilidad de acceder a la gloria.

Y ya sabemos lo que pasó después.