La lágrima

A Mark Zuckerberg, por haber guardado lo que creí perdido.

Fue un martes al atardecer cuando Omar comenzó a percibir esa gota. Un leve dejo de humedad apareció en la comisura de su ojo izquierdo, como una lágrima naciente, perenne, imposible de quitar. Se secaba el ojo una y otra vez, intentando dar por finalizada la incómoda sensación pero la gota volvía tantas veces como era eliminada, sin explicaciones. Los viajes al espejo se hicieron entonces cada vez más frecuentes. Buscando una explicación, un justificativo, una excusa, Omar hurgó sin cesar en el globo ocular buscando un grano de tierra, de arena, algún residuo que causara esa respuesta del cuerpo, una defensa natural del órgano amenazado. Pero nada hallaba. Así es que fue eliminando pestañas que creyó podían generar el lagrimeo, siempre en vano. La sensación de tortura china era agobiante. Aquella gota, siempre asomando por el borde exterior del ojo izquierdo lo exasperaba, no lo dejaba dormir, y si dormitaba despertaba con una lagaña allí mismo, una lagaña que lo obligaba a frotar sus párpados y raer su cara, hasta enrojecerla, hasta hincharla, hasta sacarlo de quicio a merced de esa gota, impávida en el borde externo del ojo izquierdo.

Días sin poder trabajar, de mal humor, de desasosiego lo llevaron a la desesperación. Zaida, su bella y fiel mujer lo contuvo hasta que también sintió el hastío de una situación semejante; Omar no se dejaba ayudar, no quiso saber de médicos, aunque en los umbrales de la locura probó mil y un remedios caseros. Té de cardamomo frío, jugo de bergamota caliente, extracto de hierbas de la tundra tibio, agua de coco, cerveza, enduido plástico. Nada servía. Se arrancó todas y cada una de las pestañas pero no fue solución, y había quedado estéticamente muy desmejorado, por lo que tuvo que realizar la misma tarea con las pestañas del otro ojo, y con toda la rabia inoculada en su alma tras semejante castigo también dio cuenta de las cejas, lo que lo dejó convertido en una especie de pez triste, insomne, devastado, arrasado por la situación; una sola gota, eterna, inamovible, incólume, en el borde externo del ojo izquierdo.

Veintiún días con sus veintiuna noches habían pasado desde aquel fatídico poniente de martes, cinco días después de que su mujer lo hubiese abandonado, harta ya de verlo deambular presionando con un pañuelo la zona afectada y refunfuñando por toda la casa. Las mascotas también debieron padecer los humores de Omar, el perro Abdul soportaba en silencio que le arrojasen con el gato Haddad por la cabeza cada vez que quería salir al patio. Los mercaderes ambulantes que golpeaban a su puerta eran corridos a escobazos, recibiendo también alguna piedra en la retirada por aquellas calles polvorientas.

Veintiún días con sus veintiuna noches habían pasado y la omnipotencia se rindió como un tigre herido ante el rifle humeante del cazador. Era momento de buscar ayuda o no podría seguir viviendo de esa manera. La cuenca del ojo ya le dolía ante tanto manoseo, la piel estaba en carne viva, siempre húmeda. Así llegó al límite Omar, acuciado por la angustia, maniatado por la desesperación y con la cordura en jaque. Recordó una de las últimas sugerencias de su amada Zaida, antes de echar un insulto definitivo y dar con todas sus fuerzas el portazo del adiós; una hechicera, en una buhardilla cercana a la tienda de Saúl el herrero. Omar no era hombre de creer en brujerías o pitonisas, pero el agotamiento era total. Ella podría encontrar alguna pócima o conjuro que temine con la cruel lapidación de su espíritu, causada por una simple gota, infranqueable, en el borde externo del ojo izquierdo.

La hechicera sintió moverse las cortinas de la puerta de entrada, levantó la mirada sobre sus lentes y vislumbró una silueta.

-Creí que ya no vendrías. -Le dijo sin levantar la cabeza de la mesa donde estaban desparramados los naipes-

-¿Y cómo tú sabías, oh hechicera, que yo acudiría en busca de tu ayuda? Exclamó Omar levemente extrañado

-Aunque aquí veas una partida de solitario, éstas cartas son para adivinar- espetó la anciana un tanto ofuscada. –Aunque en realidad fue, Zaida, tu bella y fiel mujer quien me dijo que intentaría convencerte de que vinieses.

-Pero… –Omar había olvidado por unos segundos su afección, con el escepticismo inicial apaleado por la sorpresa- ¿Cómo sabrías tú, oh hechicera, que soy yo el marido de Zaida, mi amada y dulce Zaida?

-Entiendo tu sorpresa hijo, pero por extraño que te suene no suelen entrar muy a menudo por aquí hombres sin cejas ni pestañas. Ven hijo, ven, déjame examinarte — lo invitó la diminuta mujer.

Omar tomó asiento, entregado. Se entregó a las artes de la hechicera que murmuraba palabras incomprensibles mientras desplazaba sus manos por todo su cuerpo sin tocarlo, deteniéndose en su pecho, como intentando extraer el peso que llevaba en su corazón. Su cara de preocupación inquietaba a Omar, quien no quería emitir palabra por miedo a romper el clima y arruinar el trabajo de la bruja, que cada vez mascullaba más fuerte entre dientes palabras o sonidos inconexos, ilógicos, en algún idioma indescifrable, tal vez arameo, tal vez hebreo antiguo, tal vez chaqueño. De repente se detuvo, abrió los ojos, tomó un vaso de la mesa y bebió un sorbo de agua. Se sentó en su poltrona y mientras volvía del trance meditó concienzudamente las palabras que debía decir. Serían pocas.

-Hay una lágrima. Golpea los portones de tu alma. Quiere salir. Debes llorar hijo. Sólo debes llorar.

Sólo en ese momento, antes de percibir la sencillez de la respuesta, Omar notó que no podía recordar cuándo había sido la última vez que fue embargado por el llanto. Meses, quizá años. Largos años de sequía, con dolores y emociones, tristezas siderales y alegrías descomunales pero siempre sin verter una sola lágrima, exceptuando aquella, impertérrita que se depositaba desde hacía veintiún días y veintiuna noches en el borde externo del ojo izquierdo.

Omar se fue, feliz de haber recibido una solución a su problema, un alivio para su tormento. Caminó esas cuadras reprochándose sin enojo el no haberlo pensado antes, claro que había una lágrima atravesada ahí. Ahora sólo sería cuestión de dejarla salir. Compró pan y fiambre, la satisfacción le había devuelto el apetito. Llegó a su casa, saludó a Abdul, su perro que estaba escondido debajo de la mesada, muerto de miedo. Comió una hogaza de pan con queso y se sentó en su sillón, listo para llorar.

Pero no podía. No hubo manera. Pensó en sus padres muertos tras caer en un globo aerostático que se quedó sin gas delante de sus propios ojos cuando tenía diez años. Recordó a Erno, su caballo favorito muerto a pedradas por una horda de salvajes que lo robaron para mendigar, aunque el equino estaba entrenado para correr y solía dejarlos en el camino. Evocó el momento en el que Zaida, su bella y fiel Zaida lo abandonaba para siempre tras insultarlo en varias lenguas, luego de soportar el castigo psicológico de vivir al lado de alguien como él, inestable y lleno de furia, y todo por tener que tolerar aquella gota, que burlando pañuelos se mantenía estoica en el borde externo del ojo izquierdo.

No era posible, estrujó su pecho al máximo, hurgó por un poco más de angustia extraviada en alguna grieta de su alma que libere la represa de lágrimas atascadas quién sabe desde cuántas vidas atrás. Entonces fue que se iluminó y recordó que la última vez que había llorado no hubo motivo que fuera relativo a la tristeza sino a la alegría. La euforia excelsa le reventaría el pecho y sus ojos estallaron de humedad instantáneamente cuando recordó ése momento; el día que esos putos se fueron a la B.

Y lloró entonces de alegría al rememorar el instante mágico del silbatazo final que los depositó en el más amargo de los abismos, luego de haber padecido treinta años de burlas y bromas crueles por parte de aquellos que ahora caían en desgracia.

Lloró entonces de rabia al darse cuenta de lo miserable que era por alegrarse tanto ante una desgracia tan grande para el prójimo.

Lloró entonces de alivio al percibirse a sí mismo un hombre noble por reconocer la crueldad en aquellos festejos desmedidos.

Lloró entonces de tristeza, al comprender que el rival no siempre debería ser un enemigo, y que extrañaba aquellos duelos donde las dos parcialidades liberaban toda su pasión por los colores para imponerse al otro.

Lloró a mares cuando se dio cuenta de que echaba de menos a su némesis, pues sin él no era lo mismo, pues él era quien lo completaba.

El desahogo fue brutal, fueron horas y horas de un llanto atroz, continuado, en todas sus variantes. Sollozo infantil, por momentos, lloriqueo caprichoso luego, algún gimoteo pueril más tarde, para desembocar en un desconsuelo salvaje, y así repetidamente. Omar cayó dormido entre lágrimas, exhausto ante semejante esfuerzo mental, agotado luego de una descarga emocional que lo había dejado sin un ápice de fuerzas, y le permitiría descansar como no lo hacía desde veintidós noches atrás.

Al día siguiente, cuando Omar despertó, la gota en el borde externo del ojo izquierdo, ese rincón de incómoda humedad, esa lágrima atravesada, aquella que le había robado horas de sueño, días de trabajo, semanas de alegría, los años por venir, inclusive al amor de su vida se había ido de una vez y para siempre. Ya no estaba.

Pero eso sí, esos putos seguían en la B.