Sacudir el polvo

Lo que más nos gusta languidece. Son las 12:34 de la noche de un viernes y la tele repite el Bélgica-Brasil de hoy, tal vez el mejor partido del mundial. Ya se nos va lo más lindo y cruel que nos regala el deporte que tanto amamos; el mundial. Aquello que nos obsesiona, que nos conmueve, que nos ubica en el tiempo y el espacio; todo futbolero de bien sabe dónde estaba en el Francia-Brasil del 2006, así como usamos los mundiales para ubicar momentos de nuestras vidas, recibidas, trabajos, relaciones; yo era carpintero en 1998 y lo sé porque vimos aquel gol de jugada preparada de Zanetti a Inglaterra en una perfumería que estábamos armando con el Tano en Villa Ballester.

Quedan seis partidos y se nos va Rusia 2018, un mundial tan lindo como hijo de puta, tan esperado como paradigmático. No importa lo que pase de acá en adelante, ya es un mundial absolutamente atípico, sin los poderosos de siempre metidos ahí, entre los protagonistas hasta el final. Un mundial de supernovas. Mbappé, Hazard, Griezmann, Lukaku, Kane. Luego de un comienzo prometedor para las estrellas viejas como CR7, que al segundo día ya le había hecho 3 a España para empatar un partido increíble, el envión se diluyó y ni él pudo sostener ese ritmo, ni Neymar consolidarse como aspirante serio al balón de oro, ni mucho menos Messi amenazar con una resurrección que detenga el inevitable y desolador declive de su carrera. Y ahí apareció el apellido. Esto iba a ser un texto sobre el mundial pero cuando aparece él, sólo se puede hablar de él.

Vamos al punto: amamos a Messi. Y nos hizo mierda el mundial de Messi. Ya sabemos el desastre que fue Argentina en todo sentido. Pasó una semana y seguimos sin entender ese 4–6–0 tirado a la cancha por un tipo que -también seguimos sin entender- sigue siendo DT de la selección. O los cambios, o el armado del plantel, la titularidad de Enzo Pérez, los cero minutos de Lo Celso, los 10 minutos de Dybala, pero el punto de esto es Messi. Además del vacío de fútbol, del hambre de sus pinceladas en la cancha, nos tiró un fardo de años por la cabeza, nos dejó hechos pelota. Si Messi, al que vimos asomar recién horneado de La Masía, al que disfrutamos cuando era como un perro que sólo quería jugar con la pelota, ese pichicho indomable que te robaba la bola mordiéndote los tobillos en una fracción de segundo, al que recordamos desangelado en el banco aquel del Olímpico de Berlín a los 19 años, cordones desatados, cara de poker, relegado por Julio Cruz, si Messi ya está viejo, decime qué carajo nos queda a nosotros. Y cuándo vamos a volver a ver a uno así. Y que encima sea argentino, que nos llene de ilusiones aunque después queden impagas. Porque seamos francos, si bien nunca nos debió nada, son contadas con los dedos de una mano las veces que estuvo a la altura de lo que veíamos todos los fines de semana en ESPN, contra el Girona, el Leganés o el propio Real Madrid. Cualquier filipino fan de Messi recibió casi la misma cantidad de alegrías que un argentino que lo idolatra. Fechas puntuales de eliminatorias, algún partido de alguna Copa América perdida, siendo muy generosos un amistoso con Brasil y no mucho más. ¿Un amor no correspondido? Él ama a su país, sí. Pero ojo que también sabe que el álbum de leyendas se completa con alguna figurita levantando algún trofeo con la celeste y blanca. Figurita cada vez más difícil. ¿Pedirle perdón? ¿Por qué? ¿En serio creemos que no tiene voz ni voto en la elección de los proyectos? ¿Realmente podemos pensar que le da lo mismo cualquier cosa y que se encomienda sumiso a los caprichos del Chiqui Tapia de turno?

En un par de meses la herida estará otra vez cerrada, con una cicatriz, eso sí, y volveremos a poner la tele un sábado al mediodía sólo para verlo a él, porque amamos el fútbol, y vamos a querer que desparrame al arquero del Getafe, y nos vamos a poner felices y tal vez hasta nos sintamos un poco menos viejos si le mete tres al Madrid. Pero en la selección no asoma algo más que una mesa de saldos. El escudo merece sacudirse el polvo, renovarse, ser portado por jugadores con futuro, frescos, ya sin esa sed de revancha tardía que es un lastre más que una ventaja. Messi puede aportar, tal vez. O no. Nos destroza la idea de verlo otra vez gris, cara de orto, padeciendo como en un campo de concentración con la camiseta más linda puesta. Dejá, en serio. Si la vas a pasar como el culo quedate en tu casa, ya entendimos que quisiste y no pudiste. Ya sabemos que te duele y quedate tranquilo que a nosotros también, por la selección y por vos. No serás el monumento al carisma pero te aprendimos a querer.

Tal vez Messi era esto y punto. Tal vez no había más, ni rebeldía, ni personalidad, ni arengas, sólo él y la pelota. Lejos de ser el más grande, apenas el mejor jugador que vi en mi vida.