Consociativismo, consenso y otras historias

En esta España continuamente electoral estamos cambiando. Huele a cambio. Las neftalinas de la ya antigua Transición se van renovando con un espíritu reformista en todos los ámbitos de la sociedad. Lo llaman Nueva Transición.

Hasta ahora, como todos ustedes saben, España se podía dividir entre los que votaban liberalismo y los que votaban socialdemocracia –aunque algunos también votaban socialismo directamente, pero eran los menos-. Vivíamos en un Estado homogéneo, pocas diferencias, bipartidismo al fin y al cabo.

El bipartidismo ha aupado consigo a la corrupción insitucionalizada, a las prácticas caciquiles, a la falta de transparencia, a la falta de debate político — cuatro debates electorales en once convocatorias de elecciones generales-, en fin, a una sociedad dormida. Algo está cambiando, o eso quiero creer.

En estos momentos vamos camino de algo nuevo, que los politólogos — en concreto Arend Lijphart (1936- actualidad)- han consensuado denominar consociativismo o democracia consociativa. En una democracia consociativa, los grandes partidos de las Cámaras de representación se esfuerzan en buscar consensos amplios, cediendo partes unos y otros para, de esta manera, encontrar soluciones justas para la mayoría.

Esta es Rita Barberá, ex alcaldesa de Valencia, haciendo burla a las víctimas del accidente del Metrovalencia del 3 de julio 2006. A esto se le llama práctica caciquil. Aquí vídeo completo

Lijphart pone como ejemplo de esto a los Países Bajos. Desde el s. XVI, con la Reforma protestante, la sociedad holandesa se puede dividir en católicos y protestantes (calvinistas, mayoritariamente). A partir de la Revolución Industrial, en el s. XIX, se produce una división más: liberales (clase media y alta) y socialistas (clase baja). Es decir, parafraseando a un conocido: “en Holanda hay holandeses, muy holandeses y mucho holandeses” y, además, “los holandeses son personas que hacen cosas”.

Hasta aquí todo correcto: los holandeses comparten nación y nacionalidad y difieren (mayoritariamente) en cuatro modos diferentes de entender la sociedad-política-economía de su nación. Cada uno de estos grupos ideológicos tiene sus principales partidos, que abogan por sus intereses: Convocatoria Demócrata-Cristiana (CDA, demócrata cristiano), Partido Laborista (social-demócrata, afiliado a la Internacional Socialista); Partido Popular por la Libertad y la Democracia (PPLD, liberal conservador); Partido Socialista. Estos cuatro partidos han convivido en el país con alternancias democráticas entre ellos y otros pequeños partidos con cierta influencia, desde la Constitución de 1848. Y les ha ido bien, al parecer. Un ejemplo, Holanda tiene sufragio universal –incluido el femenino, por supuesto- desde 1919, fruto del consenso a iniciativa del Partido Socialista.

Este es Arend Lipjhart, politólogo y creador del término “consocietivismo”

España al parecer entra en una nueva etapa. El consociativismo es una opción, no la única, pero está claro que hay que cambiar cosas. Ni siquiera los partidos nuevos han entendido de qué va la democracia. No me instauraré yo en defensa de ningún nombre propio, pero en una democracia representativa, el partido –no el candidato concreto- que gana, es quien debe intentar gobernar.

Nos hemos acostumbrado a pensar que el candidato que gana se convierte por cuatro años en dueño y señor de la toma de decisiones y hasta ahora así ha sido. Se abre un nuevo periodo. Ganar las elecciones supone a partir de ahora llevar la iniciativa y buscar el mayor consenso. Pero todos han de ceder. Eso de parte de las élites políticas — sí, a partir de ahora Podemos también es élite, pues élite hace referencia a un grupo selecto y minoritario de personas, animales o cosas-. Las élites son necesarias, no todos podemos ser diputados. Pero cuidado, las élites nos deben rendir cuentas. Es parte del juego democrático.

De parte de la ciudadanía. Ya está bien de nuestras propias miserias. Tendremos los gobernantes que merezcamos. El consenso empieza en la calle. Si uno pacta con otro para ayudar a investir –sea el partido que sea, me da igual-, no es sinónimo de traición. Que se apresuren en investir y se esfuercen en hacer oposición constructiva. No se debe castigar el consenso, sino premiar a quien más se esfuerza en buscarlo. Esto es consociativismo. Esto, en mi opinión, trae prosperidad. El consenso, insisto, empieza en las calles. Entre todos. Ojalá un liberal-conservador y un socialdemócrata-anticasta llegando a acuerdos; ojalá un liberal-socialdemocráta y un liberal-progresista prestándose apoyo. Eso hemos de exigir a nuestros representantes. Y pedirles cuentas por sus esfuerzos.

Algo ha pasado en España. Veremos si bueno o malo. Algo está cambiando, o eso quiero creer. Mientras tanto, me duele España.


Originally published at www.granimaginador.es on January 4, 2016.