El retraso carioca

Hace una hora que voy y vengo desde la vereda hacia la recepción del hotel. Es casi la medianoche en Río de Janeiro y el calor es el mismo que al mediodía. Espero una combi en la que pagué dos asientos para ir a la favela Mangueira, donde hasta la madrugada, sin trajes ni carrosas, va a ensayar la scola do samba que la representa. Si bien aún faltan dos semanas para el carnaval, en la ciudad de la garota de Ipanema todos aseguran que la fiesta ya comenzó y que está en los ensayos de las “baterías” que van a desfilar por el célebre Sambódromo.

Me siento responsable por la demora del transporte. Fui yo –y no mi esposa- quien levantó de la vereda el folleto de la agencia de turismo, mientras caminábamos por Copacabana. Yo le dije que ofrecían el tour al ensayo pero mucho más barato que en el hotel. Yo insistí para ir hasta la oficina a contratarlo. Y yo lo pagué a pesar de las sospechas que tuve mientras contaba los reales.

Estoy hundido en un sillón en el hall del hotel y, mientras juego a pisar mis hawaianas, reconstruyo el momento de la transacción. Claro, es imposible encarar un problema humano con una mente carente de prejuicios, según sentenció Simone De Beauvoir.

La dirección del folleto nos llevó hacia un edificio de arquitectura ochentosa en Copacabana, oscuro y con muchos pasillos y recovecos. Por un antiguo ascensor subimos hasta el segundo piso y detrás de una puerta gris descascarada, que estaba entreabierta, funcionaba la agencia de turismo. Adentro había dos mujeres y cuatro hombres parados alrededor de una mesa grande de plástico blanca, con remeras azules con el nombre impreso de la agencia. Sobre la mesa, pilas de folletos, iguales al que recogí de la vereda. Nada de computadoras ni centrales telefónicas. Ningún banner gigante con promociones. Ni un cliente. Un único ambiente. Algo de luz artificial, otro poco de natural. Silencio.

Un canoso, de más de cien kilos y pelo largo, que estaba sentado a un costado y era el único con escritorio, saltó de la silla cuando nos escuchó: ¡Argentinos!, exclamó con tono de compatriota, en bermudas, musculosa y ojotas. Se llamaba Wallace –nos dijo-, era de Florencia Varela –nos dijo- y hacía varios años que vivía en Río de Janeiro tras desencantarse de Buenos Aires –nos dijo-. Era el máximo responsable de este negocio, que por la precariedad de sus instalaciones no se parecía en nada a las agencias de turismo que yo había visto antes.

El hombre me tomó el hombro y me sacó de la mano el folleto para ver qué nombre tenía escrito detrás. Era el de una mujer, a la que le habló en portugués y la felicitó por haber conseguido clientes argentinos (por poco no se me escapó que lo había levantado de la calle).

Nos explicó que el tour consistía en ir alrededor de cuatro horas hasta la favela Mangueira, donde ensayaba la scola do samba con el mismo nombre. Que el precio no incluía las consumiciones. Que el servicio se basaba en buscarnos por el hotel y llevarnos de regreso, entrada la madrugada. Y que si la fiesta nos gustaba y queríamos quedarnos más allá de la hora fijada para el retorno, íbamos a tener regresar por nuestra cuenta y responsabilidad. Nos prometió que 22.30 en punto pasaban por nosotros, alzó la voz para exigir el pago por adelantado, completó un recibo carente de todo tipo de validez y me lo entregó.

Salí del edificio con dudas sobre la validez de la transacción, pero elegí ser optimisma porque nadie se asume víctima de una estafa hasta que la realidad lo desmiente en forma categórica.

Aún estaba hundido en el sillón del hall del hotel, cuando entró agitado y con un último suspiro, un joven negro, de pelo mota, muy alto y ancho, todo transpirado. Vestía de blanco, desde las zapatillas hasta la gorra -parecía un heladero-. Dijo mi nombre en la recepción.

Esperanzado me paré, fui hacia él y le di la mano. Me explicó que el tránsito sobre la avenida Atlántica, la que bordea la playa, era un caos. Y me pidió disculpas. La culpa, tan católica, me invadió a pesar de no creer en Dios.

A paso acelerado nos llevó por la vereda hasta la combi, a unos 50 metros. Estaba repleta de turistas y faltaban asientos, así que me quedé en cuclillas, apoyado sobre la puerta corrediza que él cerró. Recorrimos la avenida y alcancé a ver por la ventanilla un grupo de jóvenes jugando al fútbol en la playa iluminada, con el cálido mar a unos pasos. Los envidié.

Subimos hacia los morros y después de unos 20 minutos, la combi estacionó frente a un enorme gimnasio, con más ventanillas que el Luna Park aunque menos pintoresco. En las paredes y banderas que colgaban, resaltaban dos colores: rosa y verde. Había largas filas para entrar, pero el joven que nos buscó en el hotel, pasó por un costado, consiguió los tickes y nos hizo ingresar sin espera.

Mangueira fue fundada en 1928 por Carlos Cachaca. No es la más ganadora de las scolas (acumula 18 títulos), pero sí la primera en proclamarse campeona del carnaval. La identifican el rosa y el verde que están en todas las columnas del interior del gimnasio.

El ensayo es abierto al público y la pista está repleta de hombres y mujeres de todas las edades. La samba, no se detiene nunca. Nace de los instrumentos de unos cincuenta músicos ubicados sobre un escenario a media altura, en cuyo punto central baila una mujer que todos señalan como la reina de la scola. Un hombre con silbato, los dirige a todos desde abajo.

El baile también se advierte en una especie de palcos vip, suspendidos en el aire a los costados de la pista y que desbordan de personas.

Los puestos de bebidas capitalizan las esquinas de la pista. En cada uno hay una mesa atestada de botellas de cacasha, un tambor gigante con hielo, baldes con azúcar y limas y dos vendedores.

Hay hombres gigantes con pecheras de seguridad que van y vienen. La alegría compartida por cientos, los hace invisibles y todo parece permitido. Hasta bailar samba con paso de cumbia, y perder la noción del tiempo junto con la combi de regreso.

Texto y fotos: Sebastián Lafón. @sebalafon

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