Cuando yo sea Presidente

En vista de que prácticamente cualquier persona puede llegar a Presidente de un país, pues aquí, a través de este escrito lanzo mi plataforma presidencial para el 2018.

Últimamente la historia nos está demostrando que no es necesario ser culto, tener experiencia o siquiera tener un plan para dirigir un país. Lo único que se necesitan son ganas. ¿De qué? No sé, pero si tienes ganas, ganas.

Yo tengo ganas. Tengo ganas de destruir al sistema, ese sistema que forzosamente debe tener perdedores para que haya ganadores. Tengo ganas de salir a la calle con tranquilidad, ganas de ver prender la tele y no verla llena de tetonas en programas que insultan la inteligencia de los televidentes (no me malentiendan, es el contexto, no las tetonas lo que me molesta), ganas de saber que las personas van a ser respetadas sin importar sus preferencias e ideologías. Tengo ganas de que los políticos que me representan, efectivamente piensen tanto en mí como piensan en llenarse los bolsillos con mi dinero. Tengo ganas de que los servidores públicos, efectivamente trabajen para lo que se les paga y no para mantener el hueso. Tengo ganas de que todos tengamos oportunidades, que seamos reconocidos y respetados. Tengo ganas de que no haya hambre.

¿Y por dónde debería empezar su flamante presidente para destruir al sistema y lograr todas estas cosas de las que tiene ganas? En mi cabeza ha estado dando muchas vueltas este tema y creo que lo más importante sería cambiar el sistema educativo. Esa sería mi primera acción como Presidente.

Y más que cambiar el sistema educativo, creo que cambiaría el sistema de creencias en el que hemos vivido. Aquí retomo las ideas de Juan Miguel de Zunzunegui, de su libro “Los Mitos que nos Dieron Trumas”. Zunzunegui, quien sería Ministro de Cambio Cultural durante mi mandato, plantea que el país, el sistema y sus habitantes tienen problemas para funcionar porque hemos vivido en un sistema construido a la usanza de los villancicos, pero en vez de campana sobre campana, acá se construye mentira sobre mentira.

Ustedes me dirán, “tranquilo Bobby, tranquilo. Todos los sistemas han sido creados sobre mentiras”. Y sí, por eso ninguno funciona. Sin embargo, el sistema mexicano ha sido construido sobre un edificio de fantasía que rivaliza entre Walt Disney y La Historia del Hombre según Kim Jong-un.

La historia, la mitología y el ideario mexicano están fundamentados en adorar a los rateros, en despreciar a los que de verdad formaron nuestra cultura, en humillar a los que hicieron (o intentaron hacer algo) y en tratar de dar sentido “institucional” a las fechorías de asesinos y forajidos para el beneficio de unos cuantos.

Somos un país que nos sentimos herederos míticos de la “raza de bronce”, pero nos ofendemos profundamente si nos llaman indios. Al mismo tiempo despreciamos a los Españoles por rateros y asesinos, pero enloquecemos con el Real Madrid.

Adoramos a Juárez y despreciamos a Porfirio, siendo el uno tan dictador como el otro. La diferencia es que uno hizo cosas por el progreso del país y la estabilidad social y el otro no. Solo para aclarar, no fue Juárez el benemérito y el defensor de las minorías que nos cuentan los libros de la SEP.

Todos los años, el 15 de septiembre salimos a “celebrar” nuestra independencia de la corona española y las valerosas acciones del cura Hidalgo. La verdad es que el cura Hidalgo le valía 34.5 kilos de rábano la creación de una nación independiente y con identidad propia. El simplemente quería otro rey, uno que le acomodaba más ideológicamente. Y lanzóse a la contienda saqueando y matando, bajo el estandarte de la “Marimorena”. ¡Ah, que ejemplo de civismo digno de recordarse!

Los libros de ciencias sociales e historia de la SEP, intentan poner y alinear los ideales de gente tan dispar como Hidalgo, Juárez, Madero, Villa, Zapata, Huerta, Carranza, Obregón, Cárdenas, et al. Cómo si sus causas y acciones hubieran sido el continuo de una idea homogénea y comprometida de nación. Nada más lejano de la verdad, lo que nos tiene sumergidos en la confusión, en la parálisis y en la indolencia es la falta de acuerdo entre los actores políticos y que su única forma de resolver el conflicto era a punta de asesinatos y mentiras.

Muchos intelectuales han escrito al respecto y mucho se ha estudiado el tema. Sin embargo el daño se sigue haciendo cuando es muy difícil contrarrestarlo. Se contamina y se llena de estas fantasías sin sentido a los niños desde la escuela, inculcándoles ritos sin sentido de apología a una sarta de parias (y luego la banda se sorprende de porque se le aplaude tanto a los narcos, si lo han puesto esto en nuestro ADN desde el jardín de niños).

Así, aunque no nos lo digan abiertamente, nos han “entrenado” a vivir con la mentira y con el abuso. Y no sólo a vivir con abuso y mentira, sino a ver estos temas con normalidad y naturalidad. El discurso habla de honor y respeto, cuando ninguno de los próceres santificados por el sistema tuvo ni lo uno ni lo otro. Los únicos que al parecer tuvieron eso, fueron los niños héroes y se los inventaron. Hablando de mentiras…….

Así que como presidente, eliminaría todo lo referente a la historia de México de la currícula. Cancelaría celebraciones que refuerzan la ceguera y el borreguismo como el 15 de septiembre y el 20 de noviembre. Se los catafixiaría por un “Fall Break”. Pediría al ministro de Cambio Cultural que nos cuente una historia más cercana a la realidad, y que haga énfasis en los temas que han contribuido a la formación de nuestro carácter. Lo bueno y lo malo.

Si no nos reconocemos y no nos vemos al espejo como somos, no podemos hacer un cambio y no podemos construir la realidad que queremos. Seguir manteniendo las mentiras es como querer construir un rascacielos en un lodazal.

¿Funciona este enfoque? No estoy seguro. Sin embargo, Alemania y Japón, que quedaron desnudos ante la opinión pública, destrozados moralmente y desamparados económicamente son dos sociedades que en menos de 40 años pudieron re-definirse, re-orientarse, re-inventarse y salir adelante. Habemos naciones que vamos a cumplir 200 años de “homogeneidad patriótica” (según los libros de historia) y que cada día tomamos peores decisiones.

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