Echando cuentas. Lecciones de Finanzas para Microbuseros. ¡Súbanle, hay lugares!

¿Qué resulta de combinar a un neurótico, un sociópata, alguien que odie a la humanidad y que no tenga ningún sentido de eficiencia ni respeto por la gente o por las cosas?

a) Donald Trump
b) A cualquier político Mexicano
c) Un chofer de transporte público
d) Todas las anteriores

La respuesta correcta sin duda es d), pero hoy me voy a concentrar en despepitar en contra de c), los choferes del transporte público.

Una vez oí un chiste que decía: “¿Qué le regaló Santo Clos a los hijos de la chingada?…….Pos Micros”. Ayer me acordé mucho de ese chiste en mi periódica peregrinación a tierras Naucalpenses para visitar a mis señores padres. Un sábado de primavera alrededor de las cuatro de la tarde que mucho se parecía a un viernes de quincena a la hora de la vorágine de despilfarro.

Había tráfico en el periférico y decidí irme por la lateral. Craso error de su servidor. En cuanto salí a la lateral, parecía que me había metido a un circuito de carreras. Estaba siendo rebasado a toda velocidad por microbuses llenos de gente, combis fórmula uno y camiones diesel de carreras. Estos “asses” del volante (sí, estoy escribiendo ases con doble ese para utilizar de manera irónica la palabra inglesa para referirse a un imbécil), se cambiaban sin ningún miramiento del carril de alta al carril de baja para levantar pasaje, se quedaban en el carril de en medio esperar entrar al paradero, se detenían a discreción, para circular a intervalos de velocidad irregulares, pasando de 5 mm./década a 99 km/segundo en fracciones de nanosegundos, para lograr una velocidad promedio de jódanse todos/siempre.

Cómo todo habitante de esta esplendorosa chinampa sabrá, es un espectáculo aterrador. Y si alguno de los lectores ha tenido la oportunidad de treparse a estas “carrozas de la muerte”, se habrán dado cuenta que no le piden nada al juego más machín de Six Flags. Hay vacas y pollos que son tratados con más dignidad en un rastro que los pasajeros del transporte público en esta ciudad sometidos a las torturas físicas y psicológicas derivadas de oír Cumbias y Reggaeton a todo volumen.

El transporte público ha estado en la mira de todos los últimos días, por la decisión de “GTM” (que se puede leer como Gran Tlatoani Mancera o Gijo de tu p….Madre) de obligar a todos los autos de esta metrópoli a dejar de circular por aquello de los calores de La Ñiña…..sin albur. Tampoco será tema de discusión de la presente falta de claridad mental si los camiones contaminan más o no, porque todos conocemos la respuesta de antemano.

Ahora sí, entremos a las lecciones de Finanzas para Microbuseros. ¿Será eficiente y rentable esa forma errática e inconsistente de manejar de estos odiosos personajes? Obvio, no. Pensemos en el vehículo de elección de este gremio. Es una micro del ’96 con un motor 8 cilindros a gasolina, que se le da mantenimiento por gente calificada cada venida de Cristo. Dicho vehículo tendrá un rendimiento de entre uno y dos kilómetros por litro, sino es que están más bien rondando por ahí de los 500 metros por litro.

Con su vista de halcón, el chofer de semejante bólido identifica a su siguiente víctima a 300 o 400 metros de distancia. Para eso acelera a velocidades supersónicas para lograr ganarle el pasaje a otro chofer. Esa víctima le pagará la tarifa autorizada que va desde los $5.50 hasta los $7.00 pesos dependiendo del destino. El acelerón le costó al “Mai” en cuestión alrededor de 6 a 8 pesos gracias a la gran eficiencia de su vehículo automotor.

Por el momento no pensemos en sus costos fijos. Pensemos únicamente en su ganancia al margen. ¿Qué le pensamos? Pues nada, porque no hubo tal. Sus acelerones no le generan ninguna ganancia. Ustedes dirán, pero no recogen sólo a uno. Y efectivamente, no siempre recogen solo a uno, pero a veces no recogen a ninguno en sus futiles esfuerzos. En promedio, les aseguro que por parada no recogen a más de 2 personas. Dónde su mayor ganancia se deriva del pasaje que levantan en los puntos terminales o en algunos puntos de acumulación en la ruta, pero no de las infinitas paradas intermedias que hacen. Así que señores microbuseros, no les conviene estarse peleando por el pasaje, porque no le ganan dinero. Les conviene más manejar de manera moderada y mantener su vehículo bien para garantizar la continuidad de su “negocio”.

Y aquí viene otro gran problema del transporte público concesionado: que está concesionado. Cada carnal que saca unas placas de transporte público quiere maximizar el rendimiento de dichas placas con la misma eficacia que un ejidatario puede maximizar el rendimiento de sus tierras. Los “logros sociales” como la reforma agraria y el transporte público concesionado, lo único que generan son ineficiencias para el que recibió la concesión y para el resto de los usuarios.

Cada individuo que recibe el derecho divino de operar una carroza de la muerte, ve únicamente por el interés individual, que claramente lo lleva a un equilibrio subóptimo y a gastar más y ganar menos dinero que si cooperara con el resto de los que han recibido esta prebenda divina. Esto mis queridos lectores, se conoce como el Dilema del Prisionero en Teoría de Juegos, que en español plano y llano se puede entender de la siguiente forma: te quería fregar, pero en el proceso nos fregamos todos.

Una solución a esto es cambiar el enfoque del servicio de transporte público:
¿Deberían prestar este servicio el sector privado? Sí. 
¿Lo deberían prestar individuos concesionados? No. 
¿Deberían permitir que el público invirtiera en eso? Sí 
¿Estoy diciendo que se debería bursatilizar el transporte público? Sí
¿Lo deberían hacer las grandes corporaciones? Parcialmente, pero principalmente se debería promover que los actuales choferes se organicen para hacerlo.

Imaginemos cooperativas de transporte con grupos de rutas bien definidas para que no haya traslapes y no compitan rutas en lo individual. Con un sistema de cobro organizado y que no dependa de los individuos, incluso automatizado. Donde el interés sea de una organización y sus accionistas de maximizar el ingreso y mantenerse en la preferencia de los usuarios. Que sea un sistema que utilice de forma efectiva los activos atendiendo con estrategia y sensatez las necesidades de la demanda. Que sea un sistema en el que se invierta de manera proactiva para promover un mayor uso. Que sea un sistema que permita la competencia para que los usuarios escojan el mejor servicio. Que sea un trabajo digno para los que proveen el servicio. Y que sea una experiencia digna para los que lo tienen que usar.

Sí, es un sueño. Y no, no lo veré yo, ni lo verán los hijos de sus hijos. En el inter, por lo menos ya llegó Uberpool, que a aquellos pudientes con tarjeta de crédito y un teléfono inteligente les permitirá tener una experiencia colectiva “chic”.

Por lo pronto, sigamos encomendándonos a Dios cada vez que alguna de estas bestias con permiso para matar, perdón para manejar, se acerque a nosotros o que tengamos que usar este bendito servicio. Y acuérdense, recórranse porque la bajada es por atrás.