Votar por AMLO desde Sonora

Hace tiempo que medito sobre el camino que he recorrido para encontrar en el lopezobradorismo la opción que tenemos para salir de nuestra penumbra. Fueron tres los factores que condicionaron mi apoyo a su movimiento: la brecha regional que separa a Sonora de Tabasco, la izquierda partidista sonorense y vivir en la Ciudad de México. 
Soy de esa mayoría de sonorenses y mexicanos que, si tenemos suerte, llegamos a conocer la Ciudad de México hasta después de los 20 años. Incluso fui de esa parte de la población de Sonora que no había pisado ni los municipios de nuestra frontera sur con Sinaloa. Mi idea de México y del mundo, de una u otra forma, seguía anclada a las realidades de Sonora, Baja California y nuestro fuerte vínculo con Arizona, esa intersección de la frontera que habitamos los peñasquenses. Es cierto que mi padre había vivido en la Ciudad de México. Que algunas historias escuché en casa de la política nacional y de la capital, pero todo ese territorio me parecía lejano, hasta ajeno. Era evidente que mi padre entendía la importancia de conocer la ciudad de México para forjar esa identidad nacional que en Sonora a veces sigue siendo débil y que se ha desdibujado más en tiempos del neoliberalismo. Mi padre tenía la ilusión de algún día llevarnos en un viaje a recorrer el país y visitar la Ciudad de México en semana santa. Nos repetía cada vez que el plan salía en la sobremesa de casa: “la mejor época para conocer y disfrutar la capital es semana santa”. Perdimos a mi padre en el año más triste de mi vida: 2001. Él era mi vínculo más cercano con lo nacional. Y ese viaje, desafortunadamente, nunca llegó a su lado.

Desde temprana edad descubrí una vocación por lo justo, por una comunidad política con valores de igualdad, fraternidad y solidaridad. Pasé mis estudios universitarios en la universidad de Sonora participando en actividades académicas y de política universitaria. En 2005 junto a un grupo de compañeras y compañeros organizamos un congreso estudiantil sobre reforma del Estado. Invitamos a Porfirio Muñoz Ledo. Fue la primera vez que convivía con una figura histórica de la izquierda. En ese mismo Congreso don Héctor Fix Zamudio nos habló de su preocupación por el surgimiento de AMLO como presidenciable. Tenía claro que mis ideas y convicciones estaban en el lado izquierdo del espectro. Pese a esas convicciones, evidentemente en construcción, viví ese 2006 sin comprender del todo lo que sucedía en el país.

Nunca fui un anti-lopezobradorista, por el contrario, tenía interés y curiosidad por sus orígenes, su trayectoria pública y su proyecto, pero no comprendía toda esa complejidad histórica y cultural de la que abrevaba su movimiento. Otro obstáculo en esa comprensión fue la izquierda partidista sonorense. Lo que vi en Sonora, en la universidad y fuera de esta, no reflejaba un horizonte que se inspirara en los principios que creía una izquierda debía defender. No encontraba en esta la representación de un proyecto que le hablara a la realidad de Sonora. Se repetían sin una reflexión propia las mismas consignas del centro. Y se trataba de una izquierda sectaria, burocrática pero desorganizada, que funcionaba como satélite de los gobernadores en turno, un mal laboratorio de las peores prácticas que llevaron al posterior colapso del PRD. Una izquierda que nunca fue capaz de articular una oposición ni una opción de gobierno. Una izquierda que nunca me inspiró ni por sus ideas ni sus prácticas. Tenía claro que ese sector de la izquierda tenía parte de la responsabilidad de las limitaciones políticas de AMLO en Sonora y, en buena medida, del escepticismo, lejanía y hasta rechazo de una mayoría de sonorenses hacia su proyecto. En todo caso, en 2006 no pude votar y concluí ese proceso electoral lleno de dudas y confundido. Fui uno de esos indecisos. Con el paso del tiempo entendí que aquellas dudas y cierta equidistancia estaba motivada por esa brecha geográfica entre Sonora y Tabasco, y, desde luego, por esa triste izquierda local.

En 2008 decidí ir a estudiar a la Ciudad de México. Vivir en la capital me permitió conocer de primera mano la experiencia de buen gobierno de López Obrador. Usar el metrobus y el metro. Caminar en el Centro Histórico. Escuchar a tantos capitalinos hablar de aquel gobierno de AMLO. De la pensión universal para adultos mayores. De el apoyo a los jóvenes para que continuaran sus estudios de prepa y universidad. La Ciudad de México era una burbuja de seguridad, en la que se podía caminar en paz mientras una barbarie se empezaba a expandir en el territorio nacional. Se vivía en sus calles y su espacio público una gran diversidad. Los gobiernos de izquierda promovían y defendían libertades públicas que en otras partes del país no cabían. La Ciudad de México fue mi puente con Tabasco, con el lopezobradorismo y con su proyecto nacional. Entonces mi interés por su biografía fue creciendo. Estaba claro que ese proyecto podía representar algo diferente para el país. Más aún, conocer poco a poco a AMLO ( en la prensa, en documentales, libros y tertulias…) fue descubrir una parte de un México y de una izquierda que, en Sonora, desde Puerto Peñasco, no entendía y no parecía existir. Fui comprendiendo la lógica del partido-movimiento que ha estado en el corazón de la concepción política del lopezobradorismo desde que inició en Tabasco. Sus batallas. Sus tropiezos y sus aciertos.

En 2012 regresé a Puerto Peñasco y voté por AMLO. Para mí ya no solo se trataba de la experiencia de buen gobierno que viví en la ciudad de México. El relato de AMLO sobre los grandes males nacionales me interpelaba cada vez más para explicar la realidad política no solo del país sino de las dinámicas caciquiles que prevalecen en Sonora, la captura de las instituciones públicas, de nuestros recursos comunes, de una elite nacional y local rentista, extractivista, avara, que se apoderó de nuestra riqueza y que ha pretendido apropiarse de la vida pública. Con redes y nexos que llegan hasta un municipio como el mío, Puerto Peñasco.

Por supuesto, a pesar de este convencimiento, tenía diferencias y tensiones con el lopezobradorismo. Fundamentalmente la incomprensión crónica que la izquierda del centro del país tenía sobre la realidad del norte-noroeste. También sus simplificaciones sobre ciertos asuntos públicos me parecían problemáticas. Y en fin algunas decisiones contradictorias, acaso inevitables en la actividad política. Pero su incesante visita a los municipios del país, a Puerto Peñasco, escucharlo alguna vez en el Zócalo gracias a la invitación de mi amigo Miguel, me despertó una profunda admiración, al tiempo que me dejo claro lo evidente: su mensaje político tenía el propósito de llegar hasta el último rincón de la república. No solo eso. Con su insistencia e infinita perseverancia contribuyó a que algunos conociéramos más ese México desde el que nos habla y que ha sido la base para que muchos sectores se informen y divulguen quiénes son los responsables de la tragedia nacional que buena parte del país ha vivido estos últimos 30 años.

Estoy convencido que, contrario a lo que sus adversarios y escepticos divulgan, AMLO es la vía electoral que puede construir una sociedad más cohesionada entre sus diversas expresiones y regiones. La posibilidad de construir una modernidad también para los de abajo. Una oportunidad para hacer realidad el consejo de aquel migrante poblano que le pidió en San Quintín: una reforma que demarque la frontera entre el poder político y económico. Para representar a una mayoría que vive un México que muchos desde arriba, en sus miradores cubiertos de privilegios, insisten en ignorar. Es también una oportunidad para conseguir la autonomía relativa del Estado capaz de arbitrar la multiplicidad de intereses y aspiraciones que disputan el interés general y colectivo para que quepamos todos.

Votaré por AMLO este 2018 porque su experiencia de buen gobierno es la última esperanza del proceso de transición para recuperar el Estado y reencauzar esta socavada democracia. Votaré por AMLO porque quiero un país en paz. Votaré por AMLO porque necesitamos una reconciliación. Porque nunca más debemos abandonar a los más débiles ni ser gobernados por una elite rapaz. No tenemos tiempo que perder. Vamos alegres, con esperanza y amor, a reconstruir este gran país. Nos pertenece a todos. Estamos a tiempo y a punto de dar este primer gran paso.