Pokemongo

En mis 35 años de vida conocí sólo dos cosas más estúpidas que Pokémon Go. Una de ellas fue la moda — afortunadamente efímera — de hacer la plancha en distintos sitios y filmarlo. La otra idiotez duró mucho más tiempo y todavía persiste: es la costumbre de comprar diarios y consumir noticias.

Pokémon Go es una aplicación para teléfonos inteligentes que permite atrapar distintos monstruitos imaginarios aprovechando el GPS del aparato. A más raro el monstruo, más caramelos y polvos de estrella se gana.

Increíblemente es un juego que prendió más entre los adultos que entre los niños. Día a día podemos ver verdaderas hordas — de adolescentes tardíos y boludos a secas — en pleno safari virtual. Han ocurrido accidentes, previsiblemente, y algunas tragedias no tardan en llegar.

Muchas personas conducen sus automóviles mientras juegan a esta búsqueda del tesoro con capacidades diferentes. Otros cruzan las calles y las avenidas sin mirar hacia ambos lados, como si la inmersión en una realidad aumentada disminuyera el riesgo de morir estúpidamente.

Evolución versus crecimiento

Lo atrapante del juego es la posibilidad de hacer evolucionar a las criaturas (o sea hacerlas crecer; se ve que los creadores del juego no distinguen entre evolución y crecimiento de un individuo), para lo cual se invierten los caramelos ganados en el juego. Cada etapa de crecimiento recibe un nombre distinto.

Un rattata se convertirá en un raticate luego de entrenarlo cuidadosamente. Un pidgey se transformará en un pidgeotto.

Hay 151 especies distintas de monstruos de bolsillo y millones de personas ansiosas por perder tiempo, dinero y hasta la vida persiguiéndolas. La situación llegó al extremo de generar una controversia debido a un verdadero safari en un cementerio, donde a los creadores del juego no se les ocurrió mejor idea que crear un gimnasio virtual. También ocurrió uno de estos incidentes en la zona demilitarizada de la frontera entre las dos Coreas.

La verdadera evolución parece estar preparándose para actuar frente a este sinsentido que tanto millenials como adultos de la Generación X gustan de consumir.

Por mi parte prefiero los safaris que me ofrece Jim Corbett. Son más anacrónicos y analógicos, pero al menos no causaron ninguna muerte más que las narradas en sus libros.