Buenas tardes (no tan tardes). Cuánto tiempo pasó desde la última vez que me senté frente a mi computadora (o como en este caso, la pc del laburo) a escribir algo acerca de mí y mis formas de “ver” al mundo. Siendo sincera, debo admitir que incontables fueron las veces en que me alenté a reanimar mi pasión por las letras. Lo intenté con varios métodos, incitando a mis sentidos con música u otras sustancias que no merecen ser mencionadas, y aún así, las palabras no brotaban. La obviedad proyectaba una carencia de ideas, inspiraciones, motivaciones o, apelando a la mitología griega, de una “musa inspiradora”, cualquiera que sea su género. No es menester declarar que, por un largo período de tiempo, me sentí perdida, pero es valiente confesar parte de mis debilidades.
A pesar del anteriormente mencionado “vacío sustancial” en el cual me encontraba sumida, mis pensamientos se agitaban en una especie de frasco, semejante a una caja de caramelos en manos de un anciano o de un niño, o de cualquier sujeto con parkinson. Como la esperanza dentro de la caja de Pandora, se rehusaban a salir para plasmarse a través del abecedario.
Contrariamente a lo que muchos puedan pensar, los hechos que se sucedían en mi vida, al igual que los dulces revueltos, no podían encontrar una estabilidad. Crisis, caos, fluctuación. Es innegable resolver que muchas veces me creí maldita. Alguien debía haberme realizado un maleficio, encantamiento, brujería, o cualquiera que sea el nombre de aquel “mal” que habían delegado en mí.
Percibo innecesaria la contabilidad de dichos sucesos. Pero manifiesto que fue una gran tormenta de la cual ningún arca podía salvarme. Las aguas crecían y se llevaban consigo todo de mí. El caos era inminente, mientras que el fondo del océano se hacía cada vez más profundo. Mis pies no tocaban tierra firme, por lo que mi elevación hacia la superficie se hacía cada vez más imprecisa.
Me gustaba pensar que todo era parte del juego del destino, intimidante, acechante e incomprensible para el razonamiento humano ya que no merecía nada de lo acontecido, ni los dramas de mi vida ni el vacío mental que me impedía relatarlos.
No puedo determinar con exactitud cuándo fue que empecé a profesar la idea del karma, si hasta ese momento me sabía víctima de victimarios, pero me aferré a la creencia de causa y consecuencia, acciones y reflejos de las mismas. Lentamente emprendí mi viaje, lejos de las culpas asimiladas durante mi crecimiento, y un atisbo de cuál podría ser el santo remedio a mis dolencias se reflejó en la caramelera vidriada. Sí, todas las acciones que salen de uno, vuelven a uno. No, no debía preocuparme por lo que vendría, sino por lo que en ese momento le estaba dando al mundo. Recibí lo que merecí, y seguiría recibiendo lo que merezco. Los sollozos no traerían más que lamentos. La negatividad no acercaría más que nocividad. Los muertos no volverían, las traiciones no se redimirían por sí solas. Mi perspectiva debía cambiar.
Qué hipócrita sería si dijera que mi comportamiento no tiene margen de error. Cada paso que doy es pluridireccional, con altibajos, cuerpos positivos y negativos, tanto para mí como para los demás. El nuevo sentido o paradigma que vislumbré para mi vida me liberó, la superficie se hizo visible para mí, los caramelos dejaron de bullirse contra el frágil vidrio, los muertos dejaron de lamentarse, mis pensamientos volvieron a fluir, las palabras resurgieron, las letras construyeron frases, mi inspiración volvió.