Ensayo Cultura Rastafari

“El reggae es reflejo de una raza y de una cultura, de sus sentimientos, ideas, anhelos, alegrías y dolores. Es el reflejo de una raza dolida con el destino, pero que a pesar de todo no deja de cantar su alegría por existir: el de la cultura rastafari”.

Una cultura antiquísima que ha tomado los rieles de “tribu urbana” por influencias exógenas o “moda”, muchas veces mal interpretada por la juventud y enjuiciada por los adultos, viene gestándose a través de los tiempos. Distintas regiones urbanas, con culturas completamente opuestas, forman parte de un escenario en el que los colores verde, amarillo y rojo, el consumo de cannabis, la música reggae y las famosas “rastas” están a la vista de cualquier transeúnte. Ese sinfín de características por los que, rodeándolos de prejuicios, se define al “rastafari” no es más que la parte visible y estética de una cultura que, lejos de ser una moda, es un estandarte, que simboliza diversas luchas étnicas y religiosas por las que atravesó un pueblo. Ser rastafari es un estilo de vida, que se originó ante la coronación de un líder, el primer Emperador negro de Etiopía. Ser rastafari es ser discípulo de la naturaleza, ante la que todos los hombres son iguales. El rastafarismo no es sólo una religión de orientación política, es la unión de todos aquellos que se niegan a aceptar los valores impuestos por la ideología dominante, y luchan contra la opresión a favor de la liberación. Va más allá de la música reggae y la cantidad de dreadlocks que alguien tenga en su cabello. Rasta es una cultura ancestral que une a África y América en un lazo de sangre y maltrato europeo conquistador, que ha sufrido un deterioro de su realidad cultural, ya sea por mala información y/o poca motivación. En este ensayo morirá toda sed de prejuicio y daño a la cultura rastafari.

El rastafari es una cultura afro americana con raíces en Etiopía y Jamaica, siendo su principal objetivo la ayuda espiritual para la repatriación de la esclavitud negra que hubo en tiempos de conquista. El movimiento rastafari surge como un movimiento social, cultural y religioso hacia la década del 30 en los barrios marginales de Jamaica. El rastafarismo tiene sus raíces en la doctrina llamada “Panafricanismo”, iniciada por el activista Marcus Garvey, quien proponía el retorno a África de toda la raza negra como símbolo de identidad, propiciando así el sentimiento nacionalista de los hermanos negros. En 1922, Marcus Mosiah Garvey impulsó el movimiento Rastafari con una profecía: “Mirad a África, un rey negro será coronado, porque la liberación está cerca.” A los que creían en la profecía, les pareció que el 2 de Noviembre de 1930 se hacía realidad. Ese hombre llamado Ras Tafari fue coronado emperador de Etiopía.

Haile Selassie era, según la interpretación Bíblica Rastafari, el 28º representante de Dios en la tierra. Nació el 23 de julio de 1892, en el pueblo etíope Ejersa Goro en la provincia de Harrage y fue el único niño sobreviviente de ocho hermanos. Fue conocido simplemente como Tafari Makonnen hasta la edad de 30 años, pues después de recibir el título de “Dejazmach” (que quiere decir “Comantante de la Puerta”) adoptó el nombre de Haile Selassie, que significa “Poder de la Trinidad”.

Haile Selassie subió al trono el 2 de Noviembre de 1930, recibiendo el título de Emperador, dotado de un significado Honorífico, Power of the Holy Trinity (Poder de la Santa Trinidad), Rey de Reyes, Señor de los Señores, León Conquistador de la Tribu de Juda, Elegido de Dios y Luz del Mundo. El ya omnipotente Ras Tafari se convirtió en el hombre más temido de Etiopía. Hasta sus consejeros temían a aquel hombre que se había dejado crecer la barba y los pelos enredados y salvajes (llamados dreadlocks), y sus ojos lanzaban fuego tras sus palabras educadas.

Si bien Haile Selassie es la figura más importante de esta cultura, que lo considera la reencarnación de Jesucristo y Jehová en una sola persona, adoptándolo con el nombre de “JAH”, no puede considerárselo el líder de este movimiento. A pesar de conocer el júbilo que causaba su asunción en las tierras jamaiquinas, el mismo emperador no se consideraba rastafari. Es conocido el rumor de que un grupo de rastafari fue a Etiopia a honrarlo y un oficial del palacio les dijo que se fueran. Aun así, esto no hizo que los rastas dudaran de sus creencias, solo los hizo más creyentes, pues “Un Dios no debe saber que es un Dios”.

“La razón Populista” es una obra de Ernesto Laclau, que desarrolla como eje principal al populismo. Contrariamente a la mayoría de los autores dedicados a esta temática, Laclau no ve al populismo de forma negativa, sino como creador y constructor de discursos que origina que haya un Estado y como consecuencia, un poder. En los gobiernos populistas, hay un líder, que es carismático y se encarga de aportar una cuota de pasión. Descartando al emperador Haile Selassie de este rol, fue Marcus Garvey la persona que actuó y apeló para satisfacer las demandas insatisfechas del pueblo Jamaiquino. Ese pueblo que según el autor, surge a partir de diversas demandas, democráticas o populistas, fue por el que Garvey se envolvió en la lucha por las reformas sociales, participando de huelgas e intentado mejorar la calidad de vida de sus hermanos negros, pagando precios muy altos y teniendo que abandonar su país. Garvey creó la fundación para la Asociación para el Desarrollo Universal del Negro (UNIA) en Jamaica, la cual se convirtió en la esencia de su ser.

Este líder contaba con una infinidad de seguidores, quienes compartían la idea de liberar a los pueblos sometidos por el colonialismo, y que, con los años, se transformaron en lo que hoy se conoce como rastafari. Siguiendo la línea de Laclau, hay dos precondiciones del populismo: por un lado, la formación de una frontera interna antagónica separando el “pueblo” del poder, y por otro, una articulación equivalencial de demandas que hace posible el surgimiento del “pueblo”. Es innegable que Garvey constituyera, inconscientemente, este sistema de relación populista con sus seguidores. Pero está claro que encontró en su necesidad, la necesidad de un pueblo, con sus mismos reclamos. Hizo de su enemistad con el colonialismo, la negación de toda una raza hacia ese poder supremo e imperialista, el de los blancos. Y de esa misma frontera creó no sólo un rechazo general de los jamaiquinos hacia las autoridades británicas, sino que constituyó y promovió una única demanda: “Back to África”. En palabras de Marcus Garvey: “Nuestro éxito educacionalmente, industrialmente y políticamente está basado en la protección de una nación fundada por nosotros mismos. Y la nación no puede estar en otro lado que no sea África”· Los africanos explotados por las colonias eran uno con el pueblo Jamaiquino.

Garvey impulsó el deseo de un pueblo a volver a sus orígenes, de independizarse y sentir orgullo por su color de piel. Unificó diversas demandas en un sistema estable de significación: el respeto hacia la cultura africana, la igualdad ante los ojos de los poderosos, y el fin del dominio imperial Británico. Además, fomentó la necesidad del auto-gobierno, leyes de sueldo mínimo y reformas legales y judiciales. No hay dudas de que el carácter de Marcus Garvey respondía al de un “líder carismático”.

Además de la doctrina política de independencia y lucha contra la hipocresía, la falta de raíces y de memoria, la cultura rastafari está fuertemente ligada a diversos símbolos. El ejemplo más claro está en lo que significa para ellos la palabra ZION. El reinado, la tierra prometida, es el Zion, geográficamente ubicado en Etiopía. Y no es arbitrario el designio que le dan a la bandera de su utópico paraíso. Verde, amarillo y rojo son los colores que decoran esa bandera, que representa el dolor de una raza rechazada y ultrajada por las creencias dominantes. El color rojo de la bandera de dicha nación debe ir siempre arriba, pues representa la sangre derramada de los mártires de la raza negra, en su lucha por la liberación. Si está por debajo del verde, simbólicamente la tierra, creadora de todas las cosas, significa muerte. Por otra parte, el amarillo representa la riqueza de la tierra africana.

Además de estos simbolismos, la cultura rastafari se conduce en su tarea de emancipación y “justicia divina” a través de acciones simbólicas. Para el antropólogo Clifford Geertz, este conjunto de acciones son las que conforman las conductas de los humanos, y es sumamente importante el trabajo de un etnólogo que interprete estos signos que componen las diferentes culturas. Siguiendo la línea de pensamiento de Geertz, es menester acotar que la conducta de los rasta también radica en esas acciones cargadas de símbolos. Un ejemplo concreto de la conducta rastafari es la nueva interpretación que hacen de la biblia, ya que para ellos su traducibilidad sufrió algunos cambios por la caprichosa estructura racista y eurocentrista. Es por este motivo que ellos aseguran la falta de reconocimiento hacia Haile Selassie como la reencarnación de JAH. Los rastafari creen que Jah vive dentro del humano, y se refieren a él como “I & I” (Yo y Yo). Para acercarse a su Dios, consideran fumar “Ganjah” (marihuana), la “hierba sagrada”, ya que facilita la conexión interna y la apertura de la consciencia. Es decir, esta acción de consumir cannabis, que en muchos países es ilegal, constituye para la cultura rastafari una conducta espiritual que está muy lejos de la drogadicción y el narcotráfico. Lo que para mi vecina, nacida en una cultura patriarcal y ortodoxa, con una mirada puesta en Roma, significa “delincuencia” y “drogadicción”, para un miembro de esta cultura es un método de meditación para acercarse a Dios. Interpretan que determinados salmos bíblicos legitiman su empleo, como por ejemplo: “La hierba para alimentar al ganado y la hierba para el servicio del hombre.”“…Comeréis la hierba del campo” (Génesis 3:18).

Para este autor, la cultura consiste en estructuras de significaciones sociales establecidas y la misma no es extrapolable: no se puede comparar la cultura de una sociedad con otra, porque no hay culturas ni mejores ni peores. Sólo hay que entender que son diferentes y según el contexto espacio-temporal se aprehenden de una manera distinta.

Si tomamos el estilo de vida de los rastafari, con la intención de generar un cambio en una sociedad de la que sienten que no formaba parte, y que toma como filosofía de vida la perspectiva de la fe a partir de la lucha de la raza negra, y el respeto hacia la naturaleza y el resto de las creaciones que creo Dios, podemos observar de qué modo, todos aquellos que conforman la cultura rasta, es vista de una forma negativa por aquellos que son funcionales a los parámetros del sistema jamaiquino a favor de la dependencia hacia Inglaterra. Si uno se tuviera que guiar por Geertz, habría que entender que las personas que forman parte de esta corriente, no son menos que el resto, sino que tienen un manera distinta de ver y de afrontar la vida debido a que estaban ubicadas en otros sectores de esa sociedad. Hay que encuadrarla en el espacio (la mayoría de la población de Jamaica es de origen africano) y en el tiempo (un período histórico de esclavitud hacia los negros, en el que el panorama era oscuro).

Aquellos que vivían dentro de la cultura que predominaba en ese país en los 30’ estaban guiados por un mecanismo de control muy diferente al de la cultura rastafari. Con dreadlocks en el pelo, vestimenta holgada hecha de hilo, gorros de lana con los colores de la bandera de Etiopía y fomentando el uso de la marihuana como método de espiritualidad, estos sujetos son despreciados por el resto de las personas que no comparten su modo de vivir.

La otredad es un concepto en el que este pensador también hizo hincapié: en ese sentido, se puede notar de qué manera la cultura rastafari y todos sus seguidores, obtuvieron una identidad al diferenciarse del resto de la sociedad. Con su aspecto, su modo de pensar y de vivir podía ser alguien en función de que había un “otro” que se diferenciaba de ellos.

Robert Dufour intenta hacer un análisis en el paso de la modernidad a la posmodernidad y sostiene que un hombre es “una sustancia que no depende de sí mismo, sino de otro ser”. Ese “otro” define en qué lugar está ese hombre parado, quién es, o sea que es un tercero fundador. El “otro” constituye el yo, junto con el tiempo y el espacio. En este sentido, en una sociedad hay multiplicidad de otros que coexisten. El mundo se abrió y se complejizó.

En este marco, se podría decir que quienes hacen del reggae un arte para expresar su amor hacia Jah y fomentar la igualdad y el amor, junto con aquellos que también forman parte de la cultura rastafari, se diferencian de otros y a partir de ello, se identifican como un sistema aparte, con un ideal colectivo. Esos muchachos de un aspecto extraño, con cabellos trenzados y un atuendo peculiar, al caminar por la ciudad son el centro de atención y la gente da vuelta la cabeza para verlos mientras pasan a su lado por las calles. Es imposible que un rasta pasee por su barrio sin que sus vecinas comenten algo sobre su aspecto o su modo de pensar y por ende, su forma de vivir. Esas actitudes son demostrativas de la interpretación de las ancianas, que al verlos vestidos así, los tildan de “drogadictos”, “vagos” y/o “delincuentes”. Así se constituye el sistema simbólico, en el que hay presencia y reacción: por un lado, del grupo de las personas que los tildan de mal vivientes, y por otro, la de los mismos rastafaris, que creen que quienes no comparten el sentimiento rasta no tienen conciencia de las injusticias del mundo por el simple de hecho de vestir como el sistema estipula. Así, a su vez, dos grupos diferentes reinterpretan respecto de lo que el otro significa.

Continuando con la descripción de esta antiquísima cultura, y en base a los aportes teóricos de la cátedra, entendemos que para Raymond Williams la cultura puede definirse a partir de tres categorías generales, llamadas ideal, documental y social.

Con el término de cultura “ideal”, este autor se refiere a que cada cultura tiene un determinado estado o proceso de perfección humana, en términos de ciertos valores absolutos o universales. Teniendo en cuenta esta categoría, la cultura ideal de los rastafari es volver a África, precisamente a Etiopía, en dónde la esclavitud y el racismo no serán más que decepciones pasadas. El ideal de los rasta es vivir en paz con la naturaleza, lejos de la polución de las ciudades capitalistas, de la industria de la televisión y el cine, que contaminan las mentes y destruyen el alma. Para los rastafari, el ideal de su pueblo es vivir unidos bajo una única bandera, la de Zion, bajo los colores verde, amarillo y rojo. Un pueblo poderoso, que derramó su sangre para conseguir su libertad, no merece nada menos que vivir libre y en paz con el resto del mundo.

La segunda categoría de la que habla Williams, la “documental”, trata de un análisis de la cultura mediante la actividad crítica, describiendo y evaluando la naturaleza del pensamiento y la experiencia. Dentro de esta categoría, hay un retorno a las raíces, en la que los rastafari constantemente quieren volver a unir a su pueblo, la raza negra, como la autoproclaman, y vivir lejos de la polución que no deja que respiren el “aire de Jah”.

Culminando con este autor, la categoría de lo “social” analiza un modo de vida que expresa ciertos significados y valores no sólo en el arte y en el aprendizaje, sino también en el comportamiento ordinario. En este sentido, la cultura rastafari fomenta la necesidad de unión y libertad de todos los individuos del mundo, sean de la cultura que sean, y la capacidad de expresarse en un mundo lleno de presiones sociales. En términos generales, los rastafari no tienen puntos de encuentro ni reuniones. La mayoría de los rastafari viven en Jamaica, pero es una cultura que se está expandiendo por el resto de los países del caribe. Los rasta se reúnen para conmemorar ciertas fechas importantes, como el año nuevo, el aniversario de nacimiento de la reencarnación de Jah, Haile Selassie, y hablar temas relacionados de política y religión.

Retomando a Geertz en “La interpretación de las culturas”, este autor apuesta por un concepto más sintético de la cultura. Resalta que la cultura no es la suma de un conjunto de esquemas de conducta, sino la suma de todos aquellos mecanismos de control que la gobiernan. Es, en este sentido, que estudiando la cultura rastafari me permito discernir en cuanto a que “el jamaiquino no es un hombre por poseer cultura”, sino que lo es porque posee ésta cultura, la de Jamaica. El rastafari no tiene banderas, va más allá de una nación, de las fronteras. Un rastafari puede pertenecer a una cultura asiática, y aun así, dicha cultura no lo definirá como tal. Ni los que tienen el poder, ni a quienes deberles respeto. Ser rastafari es más que una religión, que parte de una cultura. Son todas las culturas unidas en un solo deseo: la paz, el amor, la lucha por liberación.

Al único que los rastafari le deben lealtad es Haile Selassie y amor a la bandera de Etiopía, que simboliza la unión de toda la raza negra, sea de ese color de piel o no. Es la lucha la que simboliza el sentir de un rasta. No habrán otros líderes ni otras banderas de Babilonia, lo cual es sinónimo de que no aceptan a las autoridades actuales ni a las banderas de los países en los que viven.

Siguiendo con esta línea de pensamiento de esta cultura, que rechaza a cualquier líder que no sea Selassie, y a cualquier bandera que no sea la de Etiopía, puede pensarse que esta decisión no es arbitraria, ya que para los miembros de la fe rastafari, el sistema por el que se rige el mundo es cruel y debe morir, ya que juzga su filosofía y asesinó a su nativa cultura. Babilonia es el reinado en el que ejercen el poder reinas prostitutas detrás de hombres homosexuales (para los rasta, la homosexualidad no está bien vista, ya que va en contra de lo que dice la biblia, pero creen firmemente que es un tema que sólo puede juzgar Jah). Este reinado no es más que la representación de lo que el rasta llama polución, la industria del cine, de la televisión, de aquello que “brilla” y encandila a la humanidad, con la vanidad como la ruta predilecta, adueñándose del mundo.

Es en este sentido que se puede relacionar y entender el porqué de tal negación hacia el sistema y todo lo que él conlleva. Es en “La dictadura del sí mismo” del periodista Tato Contissa en dónde se expresa que el individualismo modernista es una respuesta “natural” del hombre moderno frente a las presiones de un ambiente social hostil y económicamente desfavorable en el sentido altamente competitivo. A diferencia de éste, el individualismo ensimismado de la posmodernidad establece su “espacio” en el terreno de la realidad para trazar su existencia. En el último, prima la realización de lo personal como condición de partida y hay una necesidad de “ser” que no encuentra límites. Esta individualidad que carece de sentido de unión y de un objetivo en común, trae consigo una turbulencia que no deja ver la sabiduría, que ciega a las personas mostrándoles un modelo de perfección, seguido de una manera de ser completamente individualista y sin noción de su propia enajenación. Es esta falta de resistencia ante las tecnologías avanzadas y este sistema de “prostitución del alma”, que hace que esta cultura rastafari se una más que nunca en su concepción del hombre y la vida. En palabras de una banda de reggae llamada Gondwana: “Esta polución me va a matar, si no respiro aire de Jah y mi corazón no sentirá si mis latidos no son de amor”.

Para el rastafari, el afán de “Babilonia” consta en fabricar dolor y adueñarse del mundo mediante la comunicación de masas. Para Contissa, ésta es vista como articuladora de la cultura. En esta línea, una sociedad mediática no es una sociedad con mass media, sino que es en donde los media alcanzan el máximo protagonismo en la mediación social y son intervinientes definitivos. Y es esta sociedad la que para los rastafari, “con sus frías manos se adueña del mundo”.

Es común que los saberes de una sociedad, en la actualidad, se encuentran en un entramado complejo difícil de desmenuzar. Tomando como punto de referencia lo que expone el filósofo Jean — Francois Lyotard, entendemos que “el saber modifica su estatuto al mismo tiempo que cambian las sociedades y entran en lo que se conoce como la era postindustrial y las culturas en la llamada postmoderna”.

Repasando la investigación hacia la cultura rastafari, y el saber que tienen las sociedades sobre la misma, se puede anticipar que a partir de lo que el autor llama “relatos populares”, esta noción de lo que es un rastafari y cómo se mueve en el mundo, ha sido legitimada por estos relatos de una forma errónea.

La legitimación de la cultura rastafari está en manos de un saber que es creado para ser vendido, perdiendo de esta manera su “valor de uso”. Es dicho saber el que nos vende la sociedad capitalista, de la industria cultural y los mass media, en dónde lo principal está basado en un modelo de “humanidad”, acorde al mercado, el dinero, y lo espiritual se rige por las leyes del mismo, dejando de lado lo que realmente connota ésta cultura. La paz entre los pueblos, la unión y el amor, la supremacía de los pueblos oprimidos y el valor de la humanidad, son saberes que se han dejado de lado. Al momento de pensar en un rastafari, aquellos relatos que deberían haber legitimado estos saberes, han escondido la verdadera identidad de esta cultura y transformaron, erróneamente, la concepción de lo que realmente es un rastafari. Escondido detrás de un equívoco prejuicio que relaciona a un rasta con la droga, la delincuencia, el mal vivir, la suciedad, entre otras cosas.

Hoy por hoy, los medios masivos atraviesan de un extremo a otro a la sociedad, y son un referente substancial para nuestro país. Siempre lo fueron, pero lo cierto es que cada día pisan más fuerte en la cotidianeidad y están naturalmente adentro de nuestras vidas, de modo tal, que pasa desapercibido lo interiorizado que tenemos. Cada día asistimos a una profunda influencia en la opinión pública y a la construcción de un saber realizado por los medios, que está pensado para su beneficio. No sólo la imposición de esa construcción, sino la producción de nuevas demandas que varían todos los días, sean absurdas o no.

Volviendo a la cultura investigada, se puede afirmar que, además de estar erróneamente relacionada únicamente con el reggae y el consumo de la marihuana, los mismos medios masivos nos representan a estas personas en una cotidianeidad que nada tiene que ver con la realidad de un rasta man, imponiendo a través de los medios, a una cultura rastafari basada en los dreadlocks y la moda, y tomándolo solamente como un concepto estético.

Esta construcción de los medios hace que las personas que no tienen conocimiento de este movimiento, piensen en los rastafaris como individuos descuidados, antihigiénicos, drogadictos y sin ninguna meta en sus vidas. Sin embargo, son los verdaderos rastafaris quienes saben llevar a cabo una vida sana y plena de felicidad con sus prioridades. Por otra parte, los llamados “rastafaris” en la Argentina (por apariencia o estética) son quienes llevan una vida paralela al del verdadero rastafari, que se entrega a sus creencias y a la vida.

Desde un enfoque social, los rastafaris tienen una gran participación artística. Su leyenda mayor es el músico Bob Marley, quien internacionalizó el movimiento con la música. Sus símbolos principales son los dreadlocks, también conocidos como rastas en la Argentina, que es el estilo de peinado que utilizan, pero con un significado religioso. En Argentina es solo utilizado a nivel estético. Los colores de la bandera de Etiopía, verde, amarillo y rojo también son parte de su imagen. Es muy visto en la indumentaria, por ejemplo, en carteras, remeras, gorros, pulseras y aros.

Teniendo todo esto en cuenta, se puede descifrar que en la Argentina se ha adoptado la estética de los rastafaris, pero no por ser parte de la cultura, sino más bien por pura moda. Sin embargo, para los verdaderos devotos de la religión, la estética no juega ningún papel esencial en comparación con lo que realmente implica la religión y el legajo que quieren trascender. Es un movimiento sociocultural que desde sus inicios se vio envuelto en una controversia al coronar a un hombre que ni aceptaba ser el rey. Hoy en día, los rastafaris son vistos de manera discriminada en la sociedad por su estética, ya que los que dicen ser de la cultura, en realidad no lo son y no adoptan el cuidado de la imagen y de la higiene de los que realmente si lo son. Al estudiar la cultura y sus creencias, éstas dan cuenta de la riqueza de sus pensamientos, con un legajo divino para nuestras vidas.

Existe, como anteriormente se mencionó en dicho trabajo, una lucha inherente entre lo que los rastafaris denominan Babilonia y el Zion, ese “valle sagrado” al que los miembros de dicha cultura aspiran llegar. Son esos espacios de conflicto, los que se pueden relacionar con la obra “En torno a lo político” de Chantall Mouffe, quien conceptualiza a esos espacios de conflicto como “lo político”, conformado por un antagonismo, que es un elemento constitutivo de las sociedades humanas y que no es posible erradicarlo en una sociedad, como abogan los liberales.

Entre esta cultura, que va más allá de las luchas sociales e intenta convivir con cada una de las culturas del mundo, favoreciendo el respeto entre ellas, existe más de un conflicto. Y dicho problema tiene su razón de ser en la cultura documental, en el pasado de los jamaiquinos, en sus raíces africanas, que reflejan el dolor de un pueblo esclavizado para y por una nación que nada tenía que ver con ellos. Un país como Gran Bretaña que veía en Jamaica el patio trasero de una casa.

Es a partir de esta problemática que nace el conflicto entre lo que los rastafaris sostienen como el Zion y su rechazo hacia la sociedad capitalista, es decir, Babilonia, la reina de la corrupción y el sometimiento del alma de los hombres.

La autora belga también realiza otra distinción: la de la concepción antagonista de la agonista. El primero expone que para lograr los objetivos de una política democrática el conflicto es necesario. Otra distinción es la de “amigo/enemigo” como un resultado de la relación “nosotros/ellos”. “Existe la posibilidad de que esta relación nosotros/ellos se vuelva antagónica, esto es, que se pueda convertir en una relación de amigo/enemigo. Esto ocurre cuando se percibe al ‘ellos’ cuestionando la identidad del ‘nosotros’ y como una ‘amenaza a su existencia’”.

La posición que sostiene (a diferencia de la de los teóricos liberales) está relacionada con que “lo que requiere la democracia es trazar la distinción nosotros/ellos de modo que sea compatible con el reconocimiento del pluralismo, que es constitutivo de la democracia externa”.

Siguiendo la línea de esta autora, las sociedades, como se dijo anteriormente, necesitan conflictos entre sus ciudadanos, y por ese mismo motivo, eliminarlos sería un error. Este modelo agonista que propone Mouffe asume que no hay una solución racional a su conflicto. En otras palabras, el agonismo reconoce al otro en la lucha, por eso su objetivo no es destruirlo (como se plantea en la relación antagónica amigo/enemigo de Schmitt).

Es este modelo del que habla Mouffe el que hace que la relación entre Babilonia y Zion sea inherente e incapaz de encontrar su solución. Pero esta distinción entre ambos pensamientos y su falta de “destrucción” no es asociado de forma negativa, sino que es menester que no exista solución racional ante este conflicto. Es este agonismo el que legitima la “lucha” entre dreadlocks y no dreadlocks, blancos y negros, rastafaris y no rastafaris, pero sin intenciones de destruir al otro, sino simplemente tomarlo como un “adversario”.

De esta manera, Chantall Mouffe explica que la democracia tiene como objetivo transformar el antagonismo en agonismo, y en este caso, entraría como protagonista lo que en el texto es denominado como “adversario”. El modelo que plantea la existencia de un adversario, y no de un enemigo, da lugar a que la política democrática lleve a cabo una “domesticación”.

Formas alienantes de la modernidad, misticismo y creencias en dioses que no existen, industria cultural y consumo, sean cuales fueran los entramados que utiliza cada cultura para exponer sus pro y sus contra frente a otra, es una relación que, para Mouffe, no debe suprimirse, sino convivir. Es lo que hace que una democracia sea lo que es.

Citando a Manuel Castells, en su obra “Comunicación y poder”: “El proceso de comunicación se define por la tecnología de la comunicación, las características de los emisores y los receptores de la información, sus códigos culturales de referencia, sus protocolos de comunicación y el alcance del proceso”. (Castells, 2009).

Actualmente, nuestra sociedad se ve inmersa en la llamada “revolución tecnológica”, de la que es difícil escapar. Lo cierto es que, una de las consecuencias de esta revolución es el surgimiento de un gran abanico de expresiones culturales, producto de la interacción humana. Es sobre esta interacción, que se da a través de las acciones que uno puede realizar mediante dicha revolución, que una persona de una cultura ajena a la africana, como es el caso de Argentina, pueda identificarse, relacionarse e interiorizarse en el mundo de rastafari, sus costumbres y pensamientos.

Además de adentrarse en el nuevo campo de la comunicación, en su obra, el autor expresa los conceptos de identificación cultural y cultura del individualismo. Nuevamente, se está ante la identificación, mediante los medios, que un individuo puede tener con la cultura rastafari a partir de la lectura de un blog o informándose de ella, a través de internet.

El ideal de compartir ideas de la cultura rastafari, como el de lucha y fuerza contra la opresión de personas que no tienen en sus raíces esos ideales, pero los sienten como propios. Una fuerza aplicada sobre los pueblos africanos y la raza negra, para lo que manifiestan la necesidad que tiene toda población negra de unirse en hermandad y retomar el continente africano de los poderes blancos coloniales.

Diferente a esto se encuentra la cultura del individualismo, que es la que hoy en día crece en medidas imaginadas, y se basa en el consumo desmedido que sostiene al capitalismo. Es, como se dijo antes, la cultura enemiga del rastafari, babilonia y su industria de masas, que transforma y aliena al hombre. Y es contra este individualismo, por lo que la lucha del rasta se acrecienta y convierte varias culturas, en una.

Los Rastafaris, una manifestación de protesta en contra de la opresión blanca, y los valores impuestos por la ideología dominante, se caracterizan por transmitir al mundo a través de su música elementos de liberación espiritual. Sus canciones están impregnadas de una crítica a la sociedad dominante donde lo importante es afianzarse en sus raíces africanas, forjando una conciencia racial.

En síntesis, la música e ideología Rastafari, no son simplemente una expresión artística, sino un reflejo del profundo descontento social al que se vieron sometidos los herederos de la cultura africana implantada en las Antillas y que ahora prevalece a pesar de los obstáculos colonialistas y pos colonialistas que intentaron exterminarlas y la marginaron en los estratos más bajos de la sociedad jamaicana.

El Rastafarismo, a través del Reggae, nos abre las puertas y nos da la oportunidad de conocer su identidad. La cultura Rastafari debe ser respetada, no hay que juzgarla, ni pensar si es buena o es mala con base al color de la piel, la estatura y las creencias, debemos aceptarla, pero teniendo conciencia de sus principios y fundamentos. De todas formas, es difícil explicar el movimiento (o religión, o filosofía…) si no se siente dentro de uno. Sólo quien lo siente, lo sabe…

“…Hasta que la filosofía que hace a una raza superior y a otra inferior, sea definitiva y totalmente desacreditada y abandonada hasta que no existan ciudadanos de primera y segunda clase en una nación; hasta que el color de la piel de un hombre no tenga la mayor importancia que el color de sus ojos; hasta que los derechos humanos básicos no sean garantizados por igual a todos sin excepción de razas; hasta ese día, el suelo de la paz duradera seguirá siendo nada más que una ilusión efímera…”

(Jah Ras Tafar I — 28 febrero 1968)