2016
Nuevas oportunidades caen en la forma de un año que da comienzo, donde allá hace 400 años después de mucha sangre derramada y calendarios con grandes márgenes de error, la festividad invitaba a un ritual que prometía renacimiento, uno donde el comienzo del año inaugurado por enero se consagraba a Jano, dios de las puertas, los comienzos y los finales, y que hoy 2016 sigue en vigencia. ¿Qué dice esto además del rumbo que marcó la tradición en nuestro devenir como sociedad ‘moderna’? Podría ser un recordatorio de nuestra finitud como seres cuyos pasos el tiempo va a borrar de la tierra. Una especie humana que necesita festejar lo que viene como si elevara una plegaria por un futuro con más para dar, no puede dejar de recordar. Así como el presente es una acumulación de pasado y el futuro una de presente dentro el imaginario colectivo que tenemos en común, recordar es valorar este presente también, un regalo en donde las cosas pasan. Solamente en el ahora habitan las condiciones que trazan el porvenir y al contrario de lo que la sociedad de consumo pueda decir eso no se encuentra afuera de uno mismo. Para cualquiera con por lo menos dos dedos frente el éxito material no es indicador de nada, claro que ayuda pero no es determinante al hablar de un progreso integral a nivel individual y social. ¿Qué podemos conseguir si nos falta la dedicación, reflexión, entendimiento y otras virtudes en continuo cultivo necesarias para llegar a donde queremos estar y no a donde nos ponen? Y digo donde nos ponen porque todos tenemos algo de responsables en la condición de títeres que nos toca, porque hasta que no tengamos la soberanía total de nuestra propia vida en tanto recursos materiales como intelectuales, comida, salud y bienestar, nos vamos a ver tirados por los hilos del interés político y económico en el sistema antieconómico de turno que bien conocemos, o deberíamos conocer después de invertir tanto tiempo en que el pro esto y los K aquello, si Chávez o Maduro, Mao Tse Tung o Topo Gigio… Cortinas de humo que no son ajenas a la impermanencia ni se sostienen solas. Pero más allá de la postura que uno tenga respecto a estos infinitos dilemas, el factor común que las encierra tampoco está tan suelto, van con cada uno a través de las puertas que nos toquen cruzar. Y como ese es el campo de la experiencia que todos compartimos aprovecho este interludio festivo para desear un año lleno de errores. Porque errar implica que estamos haciendo cosas nuevas, probándolas, aprendiendo, viviendo y empujándonos hacia más. Ese lindo ideal de cambiar el mundo a través de nuestro propio cambio tiene cabida en los errores. El hacer cosas que nunca hicimos o sólo no dejar de hacer, de compartir y de amar como nunca de forma compasiva y reflexiva a los demás y a nosotros mismos es la única garantía que tenemos de un futuro un poco mejor para todos. Y no es algo que suena lindo en teoría y ajeno a nosotros, nada hay más práctico, pero por eso hay que recordar, y errar. Animarnos a errar como nunca antes y aprender de eso, entrar hasta lo más profundo de nuestras cavernas valientes y alegres, caminar en la oscuridad sin miedo y dar pasos hacia lo desconocido con sonrisas de oreja a oreja porque sin confianza ni resolución los límites no se estiran ni el conformismo detiene su pandemia. No paremos, no tengamos miedo al otro ni a permitirnos perdonar, que las cosas no salgan o no sean perfectas no debe condicionar nuestra gratitud. Mejoremos a conciencia sea lo que sea, en el arte, el amor, la familia, el trabajo o la vida misma. Y no olvidemos.