Fragmenos in-visibles
Quizás todo comenzó cuando de pequeños, la crudeza del mundo que querían que asimilemos inició un complejo proceso, deshilvanando el tejido natural de un imaginario sin precedentes donde la fantasía era la norma, en el que una flor y un rato en el barro podían significar el paraíso y lo imposible no era más que una palabra divertida; cuando comenzamos a ver a través de ojos ajenos, atados a caprichos materiales e ideales de triunfo, ‘’felicidad’’ y otras conductas -infantiles-, era inevitable que se produjeran las primeras grietas. Tal vez una película de disney programó ese ideal de princesitas sufridas a las que rescatar a favor del patriarcado habitual, donde el macho alfa americano era el pináculo más alto en la pirámide alimenticia de quien no aprendió a soñar por si mismo y necesitaba devorar al niño que fue una vez. Pero veamos más allá de las causas. Desentendidos, fragmentados, comenzamos a ver a través de cada vez más filtros, grietas de capricho y conveniencia. El confort de la rutina desnaturalizaba a nuestros propios abismos, huyendo de nuestra propia caída hacia aquel que aún espera detrás de una mascarada de lenguaje y símbolos ajenos, velos de humo y días… segundos que se escapan mientras seguimos echándole la culpa al otro, sin ir a la raíz de estas grietas que por definición, distorsionan la imagen que proyectamos en múltiples sentidos, reduciendo la intensidad y la profundidad con que encaramos nuestro accionar. Siendo nuestros propios sicarios, culminamos el episodio de contradicciones juzgando al otro, fingiendo en la espera de un resultado favorable. Es mil veces preferible hacer voto de locura o sumergirse en profunda meditación y reflexión que prosperar gracias a simulacros. Una plegaria inarticulada, repetida interiormente hasta la estupidización o el orgasmo, tiene más peso que una idea; que todas las ideas. Buscar cualquier mundo, salvo éste, abismarse en un himno silencioso hasta el vacío, lanzarse al aprendizaje de un otra parte…
A medida que dilapida su ser, quien se fragmenta sólo se preocupa por querer más allá de sus recursos, con desesperación, con furia, y cuando agote la apariencia de realidad que posee, querrá aún más, apasionadamente, hasta el aniquilamiento o el ridículo. Inepto para vivir, finge la vida; esa es la razón de su culto a lo inminente, rayando en el éxtasis, desfallece ante lo que ignora, busca y teme, ante el instante que aguarda, en el que espera existir y en el que, como en el instante anterior, apenas existe. Olvidando que quienes viven en la idolatría del mañana no tienen futuro, y habiendo despojado al presente de su dimensión eterna, sólo le queda la voluntad para dirigirse a esa raíz, donde los fragmentos se disuelven en unidad a través de la mirada sincera -haciéndonos cargo de lo que nos atraviesa y aceptando las causalidades como parte de estos procesos-, compasión por el otro, una férrea paciencia, y la constante práctica de fluir con la corriente del devenir, que no espera a nadie. Sin ritmo no hay movimiento y sin constancia, esa inocencia primitiva cristalizada en alguna parte seguirá haciendo eco en cada conflicto, en cada llamado que nos hacemos a nosotros mismos mientras vemos a quien echarle la culpa por la causa de estos fragmentos.