Rutina del pánico
Hay cosas que asustan, pero nada se acerca ni por lejos al terror pánico que se oculta tras la rutina de los días.
Ahí donde la victima lejos de considerar su condición con mayor detenimiento, se somete a esos pequeños partos cotidianos, donde estamos al mismo nivel. Una cola interminable para pagar nefastas boletas y encima fumar la morbosidad antinatural del empleado público, que tampoco tan lejos de nuestro propio diagnóstico se libera de toda culpa; o la gentileza de un cana mientras te ficha y calcula sin margen de error si mandarte adentro por portación de cara, porque no te comiste esa tuca y ahora has de sufrir la intervención de sus más oscuros deseos reprimidos. Otra victima más. ¿Y los carteles de ‘todos somos victimas’ donde están? Es que es tan fácil mirar a otra parte, apuntarle al de al lado, y seguir haciendo cola hacia ningún lugar.