La paradoja de la libertad de elección

Juego de ángeles, óleo sobre lienzo. Pintora: Esmeralda Gómez López

Añadir opciones a nuestras vidas no siempre tiene el efecto positivo que busca.

El acceso al conocimiento y la digitalización en la que estamos inmersos nos brinda la oportunidad de saber exactamente qué esperar de aquello que vamos a experimentar, ya sea un viaje, una comida en un restaurante o una actividad cultural. Buscamos y comparamos constantemente qué hacer. Esta libertad de elección que está a nuestro alcance, eleva nuestras expectativas, ya que siempre queremos elegir “lo mejor”, pero “lo mejor” no suele existir, sino que una elección aportará esto y la otra elección aquello, sin ser una mejor que la otra. Y es que, gran parte de las decisiones que tomamos son difíciles, están al mismo nivel, sin ser una mejor que otra. Una vez que hemos elegido de entre todas las opciones, habiéndonos informado previamente (mediante los usuarios que ya la puntuaron y explicaron al detalle lo que vivieron) y habiendo contrastado nuestra decisión con el resto de opciones, las expectativas están muy próximas a la realidad o ya la han superado, por lo que no nos sentimos felices, el factor sorpresa se ha perdido, nos sentimos neutros o decepcionados con el producto o servicio, e incluso culpabilidad al pensar “seguro que podía haber elegido mejor”. Por lo que una forma de ganar felicidad es saber jugar con las expectativas.

Somos las decisiones que tomamos, son las decisiones difíciles las que nos dan forma, hacernos responsables de nuestras propias decisiones sin dejarnos llevar por castigos o premios, por miedo o por terceros, es hacernos a nosotros mismos, por lo que, a pesar de no haber tomado “la mejor” decisión posible, nos hemos llenado de identidad, y eso puede dar la vuelta a la tortilla, de manera que te sientas como pez en el agua tomando decisiones.

Y como digo en mi libro Las memorias de Brileisa:

“es bonito el conocimiento, pero es grandiosa la ignorancia”.