La Cordillera: el diablo que conocemos

“El diablo es adulador y te perdona los errores /

Miente y te complace hasta ganar tu fe. /

Poco a poco es dueño de tu fiel confianza”.

Babasónicos, Su ciervo

Seamos elegantes: la última película de Santiago Mitre, “La Cordillera” (del subgénero nacional película de Darín), constituye una pregunta sobre la política. O mejor dicho: propone, perfila, una idea de política sobre la cual desarrolla su argumento. La pregunta sobre el mal y la polisemia de lo familiar, en su vinculación con la política, nos parecen dos vías de acceso centrales para hablar de ella.

Simona Forti, en “Los nuevos demonios”, dice que el primer paso para afrontar hoy la cuestión del mal y su relación con el poder es aceptar que la reciprocidad de la díada bien/mal está rota. Pero de todos modos “si bien ya no es posible creer en la plena realización del bien, no podemos ni debemos dejar de hablar de mal”.

La película aborda esta cuestión frontalmente. Una periodista le pregunta al presidente Hernán Blanco (el personaje de Darín) cuál es su concepto del bien y el mal, en tanto entiende que los políticos tienen una visión diferente del conjunto de la sociedad al respecto. Darín responde con una historia de su infancia. Una vez (y algunas más después) soñó con el diablo (un zorro rojo con cuernos que lo partía al medio), y cuando se lo contó a su abuelo, habitual narrador de historias de monstruos y fantasmas, éste le dio a entender que eso era otra cosa, más real, y que era mejor no hablarlo con nadie más.

La astucia del zorro (no la de la razón) es una imagen que permea el imaginario político desde sus orígenes. Maquiavelo le dio una de sus expresiones más conocidas en El Príncipe, cuando señala que éste debe tener atributos de hombre y de bestia, y dentro de estas últimas, del zorro para conocer las trampas y del león para espantar a los lobos. El diablo de Blanco parece tener atributos de los dos: es un zorro pero con la fuerza para partirlo al medio. Y lo frecuenta desde su infancia, lo que lo hace anterior a su trayectoria política. Es un diablo familiar.

La Cordillera coloca la pregunta por el mal en un límite de la política, en esta membrana porosa con lo familiar. La excusa central de la Cumbre de presidentes que se desarrolla en Chile nos muestra intereses puntuales (de Brasil, de México, de Estados Unidos) que chocan entre sí. Pero que a fin de cuentas no son objeto de un abordaje ético: cada uno está haciendo su juego. Se plantea la duda de si ese para sí es representación directa de sus países o está contaminado por lo individual, por la figura (y ambiciones) de los hombres y mujeres que desempeñan los cargos de presidentes, secretarios, cancilleres, asesores.

El diablo que conocemos y el diablo que no conocemos; la Latinoamérica de Estados Unidos o una nueva perfilada bajo la figura de Brasil. Lo familiar en el sentido de lo que nos es conocido frente a lo que no. Pero la película no se complica con tesis geopolíticas, apenas las usa para definir el escenario sobre el que van a jugar los verdaderos protagonistas de su historia. Los hombres y mujeres con, seamos elegantes, responsabilidades institucionales.

Esta remisión a lo individual se completa en el otro gran polo que ordena la historia: lo familiar, esta vez en el sentido de lo perteneciente a la familia. La misma hace su irrupción desde la primera escena a partir de la figura de un posible escándalo que se cierne sobre Blanco. El ex marido de su hija es la fuente de una filtración sobre sobreprecios en su paso por la gobernación de La Pampa.

Esta hija encarnada por Dolores Fonzi recorre la película como un fantasma, en cierto sentido derridiano: ni visible ni invisible, ni perceptible ni imperceptible, pero ciertamente presente. Blanco la envía a buscar para que la lleven a la Cumbre por intermedio de su asistente personal. Apenas llega hay un intento de obtener información de la misma que se choca con una fuerte resistencia. Marina Blanco aclara que ella no es parte del gobierno y que el escándalo no es su problema. Su padre la respalda.

Al poco tiempo Marina sufre una crisis tras la que se niega a hablar. Un psiquiatra la hipnotiza y recupera la palabra, pero comienza a contar historias que no podía conocer por no haber nacido (lo cual no quiere decir que no las haya vivido), y a reinventar hechos de su propio pasado.

Hay un paralelo entre el silencio de Blanco hija y el que le sugiere su abuelo a Blanco padre. La hija hizo propio el consejo familiar: de eso no se habla. Sabemos que Marina está sufriendo, pero fuera de un historial de abuso de sustancias, no sabemos qué puede haber causado su mal. O si lo sabemos, porque la respuesta es tan obvia que si nos lo dijeran tirados en un diván tendríamos que pedir un reembolso: lo familiar.

Como lo dijera el siempre polémico (aunque por motivos históricos variables) Carlos Solari: “el tango que ocultamos mejor / del que preferimos no hablar / es el que nos tiene anarcotizados”.

Marina sufre porque su madre murió, porque está lejos de sus hijos, por una relación que no termina de cerrar con su ex esposo. Pero sobre todo sufre por su padre. Por Hernán Blanco, el antes intendente, luego gobernador y hoy presidente de la República. A la pregunta sobre este último, sobre qué hay detrás de su presentación electoral coacheada, sobre los slogans intrascendentes que juegan con su apellido, bajo la figura del “tipo como vos”, sobre qué se agita bajo un semblante aparentemente inescrutable que podría llevar a considerarlo, seamos elegantes, un boludo, a todas esas preguntas, La Cordillera nos propone abordarlas a través del personaje de su hija.

Este juego en que la responsabilidad institucional de Hernán Blanco y su responsabilidad afectiva se interrumpen y contaminan continuamente a lo largo de la película nos da la pauta de su mensaje. Lo familiar es político y lo político es familiar.

La escena final con ella visiblemente alterada por noticias que acaba de recibir es el punto de quiebre. Lo político, como posibilidad del mal, mancha al padre. Poco importa si es siquiera posible que haya consumado los actos que se le imputan (un incendio, un ACV): la acusación opera sobre lo real y desnuda el nexo inescindible, necesario, entre ambas facetas de Blanco.

El otro personaje donde vemos este vínculo cabalmente es en la asistente de presidente, encarnada por Érika Rivas. Su rol está ubicado precisamente en la frontera donde ambos polos se tocan. Es familiar, y por eso tiene acceso. No es familia, y por eso necesita que le den acceso. Esa es su diferencia central con el personaje de Gerardo Romano, Castex, que la llevará a tomar su lugar.

Hay más que se podría decir. Sobre el simbolismo de la Cordillera, sobre la absoluta ausencia de lo popular (reemplace por “ciudadanía” si la expresión no es de su agrado, aunque no estaremos hablando de lo mismo), sobre el personaje impecable de Christian Slater, sobre la sensibilidad política argentina y sus excesos que han llevado a que incansablemente se busque ver a qué personaje de la ficción política nacional encarnaría cada personaje de la ficción política fílmica. Pero cerremos con otra cosa.

Nuestro proverbio “Más vale malo conocido que bueno por conocer” tiene su paralelo en inglés con “Better the devil you know that the devil you don’t”. El nuestro va más allá en su conformismo y su cautela con la idea de cambio: mientras en inglés se comparan dos diablos, el conocido y el desconocido, nosotros comparamos un malo con un bueno potencial, y así y todo nos quedamos con el malo.

Seamos elegantes por última vez (en su sentido etimológico que remite a arrancar, quitar y, claro, elegir). La Cordillera es eminentemente argentina en realizar la misma operación. En sus lugares comunes, pero sobre todo en su idea de que en nuestro país sólo es posible un drama político (y probablemente una campaña también) hablando de lo familiar.