Familia

Después de recorrer unas cuantas centenas de millas, me encuentro en una estación de servicio de gasolina, esperando que mi familia venga a recogerme y me indique el camino a su casa.

La temperatura es demasiado fría para el poco abrigo que tengo; mi mandíbula danza al titiritéo del frío y no dejo de moverme para tranquilizar mis huesos que reclaman a gritos un poco más de calor.

De repente irrumpe el estilo inconfundible de nosotros los latinos de tocar corneta y hacer notar que estamos allí. Llegan por fin; una sensación cálida, agradable de corazón me embarga; es como si nos hubiésemos visto ayer; el mismo cariño, la misma amabilidad y respeto. Que bonito.

Me siento a gusto llegando a su casa, me siento en la mía misma.

Me reciben como al héroe llegado de una gran batalla, con honores, comida, es toda una celebración con trago y mil sonrisas. Además, conozco al nuevo miembro de la familia. Chiquita, un Ángel con su sonrisa que doblega al más temible de los Dragones.

Que bonito nuevamente, pero es así, se siente bonito, y me siento en casa.

Nos hemos sentado en mesa redonda a conversar y mil recuerdos salen a flote unidos a las típicas preguntas: ¿Te acuerdas de fulano? ¿Y sabes de perencejo? Y así actualizo la data de todos los miembros de mi familia de quienes no tengo noticias hace mucho tiempo.

Me han dado el cuarto de huéspedes; no lo creo necesario, pero su amabilidad por hacerme sentir en familia es algo que esta en el aire; no se como describirlo, muy bonito.

Llega la mañana siguiente. Me consienten en el desayuno, me llevan a pasear y en medio de todo, siempre me llega un mensaje:

“Pídele a Dios luz, pídele a Dios paz, pídele a Dios que quite el velo de tus ojos y te permita ver todo con más claridad, porque es Él, el único que te puede ayudar”.

Y me pregunto: ¿Acaso el hombre no se ayuda a sí mismo? ¿Qué pasa con toda la energía que colocamos en nuestras cosas, no es energía propia?

¿Hasta qué punto es Dios quien nos ayuda?

Y la respuesta me la da un cielo azul hermoso, sin nubes, que tal…sin palabras.

Mucha ha sido la conversa con todos; cada cual expresa lo que siente, lo que ve y lo que desea; pero todos concluimos que para que las cosas vayan de la mejor forma, tenemos que estar bien con nosotros mismos, sin eso no tenemos un punto de partida, sin eso no tenemos a donde ir, por donde empezar o que hacer; primero yo, segundo yo, tercero yo y cien veces yo.

Primero… ¿egoísmo o ego?… mejor estar bien uno mismo con uno mismo a que los demás estén bien con nosotros.

Las percepciones personales a cerca de la individualidad de cada quien, del egoísmo del alma de ser primero, tiene que ver con que somos una sola alma. Si no, fuéramos dos. Tiene que ver con que somos una sola persona y que existe un solo Dios.

No venimos tomados de la mano de nadie, somos seres individuales y no colectivos, mucho menos coleccionables; vamos por el tiempo en la vivencia de experiencias personales e individuales, así sea con otra persona, en diferentes oportunidades; las memorias son personales, cada quien las ve como le salen del forro del alma.

Sigo aprendiendo de la humildad de ayudar a la gente cuando es posible.

No cuesta nada y me hace sentir un mejor respiro, una sonrisa, un espacio fresco, una sensación mentolada muy adentro.

Familia es algo que quien la tiene entiende ese sentimiento profundo y único de que la sangre llama sangre, el que no, se ha perdido un montón de cosas buenas y sobretodo bonitas.

En mi partida esta vez si hubo manos diciendo adiós, mil bendiciones, hasta una estampita del sagrado corazón de Jesús, quien, junto a la de SayBaba, la foto de mis hijos y mi familia, me acompañan siempre.

Esta vez si hubo quien me despidiera, esta vez… estuvo mi Familia.

Mi Familia
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