Sudán del Sur: vidas frágiles

En el hospital público de Maiwut, un pueblo a 400 kilómetros al noreste de Juba, la capital del país, el equipo médico trabaja sin descanso, asistiendo a quienes lo necesitan. Jason Straziuso, corresponsal del CICR, fue testigo de una tenaz lucha por sobrevivir.

Camilleros trasladan a un paciente de la sala de terapia intensiva del hospital. Albert Gonzalez Farran/CICR

Jessica lleva en brazos a una beba de muy escaso peso, arrullándola mientras la mece suavemente. Nyamuoch, la joven sudanesa de 20 años madre de la pequeña, está cerca, recostada sobre una delgada colchoneta verde. “Qué bueno es verla dormir así”, dice Jessica, enfermera pediátrica de Australia, que conoce a madre e hija desde hace meses. “¡Ha sufrido tanto!”

El aire dentro del cuarto sin ventanas es denso. Un acondicionador de aire averiado resopla débilmente, pero basta con moverse un poco para transpirar copiosamente. Así y todo, el estado de ánimo es relativamente bueno. Tres horas antes, Nyanene, la niña de 5 meses, luchaba por sobrevivir, respirando penosamente, en forma sonora, forzada, rasposa, desesperada, frente a enfermeros y a curiosos que se detuvieron a su alrededor.

Jessica Hazelwood, enfermera pediátrica, sostiene en brazos a Nyanene, quien ingresó al hospital con neumonía. Albert Gonzalez Farran/CICR

Ahora, la niña todavía lleva puesta la máscara de oxígeno, demasiado grande para su pequeño rostro, pero su respiración se ha serenado un poco. Jessica se había salteado el almuerzo, así que se toma un momento para pelar una naranja. Le ofrece un gajo a la joven madre, que le dice que no con la cabeza.

De repente, se corta el generador. La luz en la habitación pasa de un verde fluorescente a una penumbra grisácea. Pero eso no tiene importancia. Lo que importa es que la máquina de oxígeno de Nyanene se apagó también. En términos médicos, la beba es oxígenodependiente y ahora se quedó sin el vital elemento. Reaccionando de inmediato, Jessica le ordena a Gbang, el asistente sudanés, que mida el ritmo cardíaco de la niña.

“Si marca menos de 60, empezamos la reanimación cardiopulmonar”, indica Jessica.

Gbang coloca el estetoscopio sobre el corazón de Nyanene. El ritmo no llega a 60.

Calor opresivo, lluvia incesante

E l vuelo de Juba a Maiwut lleva dos horas en la avioneta de 14 pasajeros, marcada por todos lados con el emblema de la Cruz Roja y reconocible de inmediato como perteneciente a la Institución. Es un vuelo solitario.

Al volar sobre Europa o sobre Estados Unidos, pueden verse amplias autopistas, o grillas de caminos rurales, lotes cuadrados de cultivos, tramos circulares de irrigación. Por la noche, se observan manchas luminosas y brillantes.

Vista aérea de Maiwut rural, con el predio del CICR y el hospital de Maiwut. Albert Gonzalez Farran/CICR

En Sudán del Sur nada de eso existe. Solo interminables campos de tierra y arena, manchones dispersos de árboles y cauces serpenteantes de ríos, algunos secos y otros no. Las tierras bajas erosionadas dejan ver las notorias cicatrices de las inundaciones, con surcos labrados como cientos de dedos esqueléticos. Muy de vez en cuando, aparece un círculo de chozas, sin caminos de acceso a su alrededor.

La avioneta proyecta su sombra sobre un camino de tierra. Desde una altitud de 10.000 pies, el camino parece recto y en buen estado. Pero quien haya viajado por Sudán del Sur sabe que transitar por cualquier camino implica soportar un sinfín de baches y agujeros, al punto que circular a solo 30 km/h produce un incesante traqueteo que repercute penosamente en todo el cuerpo.

Los pobladores de Maiwut viven en chozas pequeñas de palos, barro y paja. El clima oscila entre el calor opresivo y las lluvias interminables. Los habitantes de estas tierras deben afrontar una larga lista de dificultades, como desnutrición, malaria, neumonía, agresiones sexuales, violencia armada, y la falta de caminos, de escuelas, de agua potable y de centros médicos.

Los caminos de tierra en la estación de lluvias pueden transformarse en obstáculos para el tránsito, como es el caso de este vehículo del CICR, que debe rescatarse de un profundo lodazal, en las afueras de Maiwut. Albert Gonzalez Farran/CICR

La situación alimentaria es precaria, al igual que en muchas partes del país, que en diciembre de 2013 se vio arrasado por un guerra cruenta que provocó la muerte de decenas de miles de personas y el desplazamiento de millones de personas más. Aunque a comienzos de este año surgieron los primeros indicios concretos de paz, la reciente ronda de violencia volvió a sumir al país en la incertidumbre.

Como en muchos estados frágiles y países afectados por conflictos armados, la población civil paga un precio muy alto. Sufren la interrupción o destrucción de servicios esenciales como el suministro de agua y de electricidad y de los servicios médicos en los centros de salud. El hospital en Maiwut es precario. La única fuente de electricidad proviene de generadores a gasoil que cada tanto dejan de funcionar, una eventualidad que puede resultar fatal para los pacientes.

Agresores armados atacan antes del amanecer

Este ataque se nos vino encima y nadie sabe por qué”, dijo Ojuok Puok Duel, comisionado adjunto de Maiwut, de 40 años, refiriéndose a la violencia desatada a fines de abril de 2016, cuando los miembros de una tribu sudanesa vecina se movilizaron por la zona e ingresaron a Gambella, en Etiopía, donde mataron a más de 200 personas y secuestraron a más de 100 niños.

Los agresores atacaron antes del amanecer y abrieron fuego contra los pobladores mientras éstos aún dormían, provocando la huida de las familias en plena oscuridad.

Gadtet Gatkvoth en su casa luego de haber sido dado de baja del hospital, donde había ingresado con hemorragia cerebral. Gadtet fue golpeado por un atacante desconocido y quedó parcialmente paralizado. Albert Gonzalez Farran/CICR

“Entendemos que venían en busca de ganado y de niños, pero llevaban uniforme”, explicó Duel. Si bien el ataque se cometió en Etiopía, fue contra comunidades Nuer, el mismo grupo étnico que vive en Maiwut.

El ataque transfronterizo de abril provocó una nueva ronda de temor y sufrimiento. Decenas de personas con heridas de bala ingresaron al hospital del CICR en Maiwut, sobrepasando la capacidad de atención del equipo médico. Los pasillos estaban atestados de pacientes y hubo que levantar carpas de emergencia en el predio del hospital para alojar a los pacientes que ya no cabían dentro del edificio.

El enfermero Buom Dieng atiende a pacientes ambulatorios. Albert Gonzalez Farran/CICR

“Fue un caos absoluto”, explica Igor Macala, cirujano traumatológico de 55 años, originario de la República Checa. “Ingresaron simultáneamente unas 40 o 50 personas, entre pacientes y familiares”. El equipo médico emprendió el protocolo de admisión, separando a los heridos acorde a cuatro categorías. Lamentablemente, a los pacientes de la categoría de mayor gravedad ya no se les podía ayudar.

Uno de los pacientes presentaba un orificio de bala en la cabeza. Si bien aún respiraba, ya no había forma de salvarlo. La categoría siguiente era la de los pacientes sumamente graves pero quienes, con la debida asistencia, tenían posibilidad de sobrevivir, como Nyaduel Gony, una mujer en su noveno mes de embarazo que fue víctima de un disparo.

Embarazada y sangrando: un bebé nonato en peligro

Todavía estaba oscuro cuando alrededor de las 5 de la mañana comenzó el tiroteo, según relató Nyaduel. Sus cuatro hijos se alejaron corriendo, pero debido a su condición, ella no pudo escapar a tiempo y su madre, ya mayor, tampoco. Cree que avanzaron a los tropezones durante unos 30 minutos antes de sufrir el impacto de los disparos por la espalda.

“Sentía que todos íbamos a morir. No pude ver a los agresores, pero sé que no eran de nuestra gente”, dijo Nyaduel en el hospital, acostada sobre unas sábanas de color rosa subido.

“Nos quieren matar para luego apoderarse de nuestro ganado y secuestrar a nuestros hijos. Mi esposo recibió dos disparos.”
Nyaduel Gony descansa tras la cirugía. Perdió su bebé por nacer tras sufrir una herida de bala que le atravesó el abdomen durante el ataque a su aldea. Albert Gonzalez Farran/CICR

La bala entró por el costado inferior izquierdo de la espalda y salió por el costado izquierdo del abdomen, donde se alojaba el bebé. Por el orificio asomaban los intestinos. Su madre, herida en el hombro izquierdo, yacía cerca, pero no podían hablarse ni consolarse, para no llamar la atención de los agresores.

Quedaron tendidas en ese lugar ciento veinte minutos. Más que suficiente para que Nyaduel pensara que moriría. Pero los atacantes por fin se fueron y cuando algunos pobladores regresaron hasta donde se hallaban ellas, organizaron el traslado de Nyaduel al hospital de Maiwut, a 100 kilómetros de distancia.

“Fue el caso más grave que tuvimos”, dijo Igor, el cirujano traumatológico.

Asistido por la enfermera Koang Jock, el cirujano Igor Macala se prepara para intervenir a un paciente con herida de bala. Albert Gonzalez Farran/CICR

El hospital, sumamente precario, carecía de aparato de ultrasonido para determinar si el bebé seguía con vida, y de todos modos ya no había tiempo para exámenes preliminares. Igor ingresó al quirófano sin saber en qué condiciones estaba el bebé ni si podría rescatarlo.

El examen previo a la cirugía “debería hacerse con profesionalismo, sin emoción, para evitarle problemas al cirujano y al equipo”, dijo Igor. “No hay que ser cínico, pero se debe conservar una cierta distancia. No se pueden bajar los brazos ni tampoco desesperarse por el estado deplorable del paciente, ni sentir pena por una criatura”.

Igor practicó una cesárea y comprobó que la criatura estaba muerta. “Lamentablemente Nyaduel perdió su bebé, pero a la vez tuvo mucha suerte de salir con vida. La bala le atravesó el abdomen, pero el útero quedó ileso. Dadas las circunstancias, tuvo mucha suerte de no morir”

Calor bochornoso a toda hora

Las lluvias diurnas inundan de charcos el sector donde está la oficina del CICR. Dentro del hospital, los pisos se cubren de barro y el personal de limpieza libra una batalla cotidiana para mantenerlos limpios. Cuando no llueve, hace un calor opresivo.

El anestesista Ibrahim Zehran, de Jordania, corre el mosquitero fuera de su tukul, la choza de barro típica del lugar, que parece haberse convertido en una sala de sauna, y se va a dormir a un cuarto comunitario.

La fisioterapeuta Maysa Alnattah se quita las botas de lluvia antes de ingresar a la sala de terapia intensiva del hospital. Albert Gonzalez Farran /CICR

Manuel López, cirujano general cubano, dice que su cuarto está soportable.

“¿Pero saben cuál es mi secreto? Cuando me voy a la cama, retiro dos bloques de hielo del congelador y me coloco uno detrás de la nuca y el otro sobre el pecho”.

En el quirófano, el aire está igualmente caldeado y asfixiante. Los cirujanos Igor y Manuel hunden sus dedos en el orificio de 10 cm causado por un disparo en el brazo de la víctima, y evalúan el espacio sin hueso. El hospital no tiene un aparato de rayos X.

Ambos llevan puesto delantales de cirugía de cuerpo entero que sellan el calor en su interior. Le indican repetidamente a un asistente sudanés que les limpie la profusa y constante sudoración de la frente y el cuello. Es el día posterior a una lluvia aliviadora, pero la tierra es un horno que vuelve a arder. El acondicionador de aire de la sala está roto desde hace meses, y los intentos por repararlo no han tenido éxito.

Igor guía a su colega, el cirujano general, en la práctica de un nuevo procedimiento: taladrar manualmente soportes metálicos dentro de los fragmentos de huesos quebrados del paciente. Las abrazaderas metálicas exteriores harán de tutores que guiarán los huesos para que éstos se vayan soldando entre sí. Igor da un paso atrás y asesta un golpe a un grillo posado en la pared.

Tras cuarenta y cinco minutos, Igor levanta los pulgares en señal de éxito. Ambos cirujanos están cubiertos de transpiración, y Manuel dice que cree haber perdido 2 kg de peso.

El cirujano Manuel López saluda a Kay Lieny, un paciente recientemente amputado tras haber sufrido un disparo mientras pastoreaba su ganado. Albert Gonzalez Farran/CICR

“Si seguimos a este ritmo toda la tarde, terminaremos agotados. Debemos conseguir uno o dos litros de agua para beber en el intervalo entre cada cirugía. Es todo muy difícil,” dice Manuel, y agrega que algo de aire fresco también ayudaría a los pacientes. “Ellos también pierden mucho líquido.” Pero Igor contesta que el aire acondicionado es en realidad solo un lujo. “Los verdaderos problemas surgen cuando no hay luz ni agua”.

Escorpiones, víboras, cobras

A l caer la noche comienzan a aparecer los insectos. Afortunadamente, a principios de mayo no hay mosquitos. Pero los grillos y las hormigas voladoras son plagas molestas. En el edificio del CICR, los insectos cubren el piso del comedor, desde donde planean sus ataques sorpresa saltando a la cabeza de sus víctimas y metiéndose dentro de sus camisas.

Al final de la jornada, Mathias Kempg, gerente de proyectos, hace gimnasia en el predio del hospital. Albert Gonzalez Farran /CICR

El equipo del CICR en Maiwut está formado por un mosaico internacional. Sus integrantes provienen de Japón, Australia, China, Jordania, Senegal, la República Checa, Australia, Suiza, Italia, Kenia y Sudán del Sur. Está impregnado de un espíritu comunitario, que se pone en evidencia cuando se juntan para preparar una cena que comerán al aire libre, bajo una acacia baja y robusta.

En general, el equipo del CICR parece sentirse cómodo y contento. Cruzan bromas de humor negro sobre cómo este equipo médico de avanzada no cuenta con antídotos contra mordeduras de serpientes, a pesar de estar viviendo en una tierra plagada de escorpiones, víboras, cobras y mambas verdes. Hay malaria generalizada. El vino es un artículo de lujo y se reserva para grandes ocasiones, pero en el exiguo mercado del pueblo se puede comprar cerveza etíope.

Jessica Hazelwood ayuda a la enfermera Kay Wilson a teñirse el pelo, en el sector del personal, en el recinto del CICR. Albert Gonzalez Farran/CICR

La conexión satelital para el servicio de internet funciona aceptablemente. Los pájaros cantores colorados y las salamandras de intenso color azul confieren un aire alegre al sector de la oficina, bajo su techo de hojas. La presencia del pichón de avestruz que, en su etapa de muda de plumaje, avanza a zancadas cautelosas por los senderos peatonales, contribuye al ambiente cordial.

El equipo médico acude diariamente al hospital para asistir a los pacientes desnutridos, enfermos de malaria y con heridas debido a la violencia circundante, todos males comunes en Sudán del Sur. La presencia de los médicos salva muchas vidas. Lamentablemente, a veces nada puede hacerse frente a la falta de recursos, como cuando se corta la electricidad.

Una pequeña luchadora

Si está por debajo de 60 empezamos la reanimación cardiopulmonar”, dice Jessica. Gbang coloca el estetoscopio sobre el corazón de Nyanene. El resultado es inferior a 60.

Jessica sostiene un balón de reanimación y lo bombea impulsando aire dentro del cuerpo de la pequeña. Gbang coloca firmemente sus pulgares sobre el pecho de la niña y emprende las compresiones. “Lo seguiremos haciendo durante 15 minutos antes de darnos por vencidos, ¿de acuerdo?” dice Jessica y agrega con increíble calma y tranquilidad para semejante momento: “Perfecto, Gbang. Lo estás haciendo muy bien”.

Jessica Hazelwood, a la derecha, y su equipo asisten a Nyanene, la beba de 5 meses, en la unidad de terapia intensiva del hospital. El generador dejó de funcionar y la máquina de oxígeno se apagó, causando la caída del ritmo cardíaco de la niña. Alberto Gonzalez Farran/CICR.

“¿Podemos hacer que reactiven el generador?” Alguien hace una llamada, pero la habitación sigue a oscuras. “¿Puedes verificar el ritmo cardíaco? ¿Cuál es el resultado? Cierra la puerta por favor”. Jessica releva a Gbang y comprime el pecho de Nyanene.

“Seguiremos intentándolo por 15 minutos”, repite Jessica. Ella sabe que la pequeña tiene ansias de vivir, pero no está respondiendo. Nyamuoch, la madre de la beba, está cerca, sentada sobre la cama, pero parece distante, como sumida en un trance. A los nueve minutos del apagón, el tubo de luz fluorescente titila y se enciende nuevamente, pero la máquina de oxígeno quedó inutilizable. La boca de Nyanene despide una mucosidad, que Jessica se ocupa de retirar.

El reloj marca las 2:20 pm. Pasaron quince minutos. Brigitte Gundersen, veterana en la unidad de terapia intensiva, casi 25 años mayor que Jesica, dice quedamente “Ya pueden detenerse”, Jessica se toma un segundo para reponerse y girando hacia Nyamouch, le toca la pierna. Nyamouch, quien ya se ha cubierto el rostro con una tela, echa hacia atrás la cabeza y lanza un gemido acongojado.

Nyamouch llora al ver que su hija lucha afanosamente por vivir. Lamentablemente, la niña falleció poco después debido a un paro respiratorio. Albert Gonzalez Farran /CICR.

Jessica mantiene la compostura, pero es evidente que está destrozada. Se aleja rápidamente.

Ya fuera del hospital descarga su frustración y tristeza”. La niña murió solo porque el generador dejó de funcionar”, dijo con voz quebrada y entre lágrimas.

“Iba a morir de todos modos, pero el desperfecto aceleró su fin”. Cruzamos unas reflexiones sobre las consecuencias de la geografía en el destino de las personas. “Es injusto”, dice Jessica, “que Nyanene naciera en una tierra sin alimentos. La beba de 5 meses tenía el tamaño de un recién nacido saludable. Es injusto que fallara el generador. Es injusto que tardara nueve minutos en volver a funcionar”.

“¿Por qué justo ella? Pasé tanto tiempo con la pequeña”, se lamenta Jessica.

“Esta beba debió haber fallecido hace meses. Pero tenía tanto coraje. Luchó y luchó y luchó”.

Esa tarde volvieron las lluvias. Al anochecer, un vehículo del CICR condujo a Nyamouch hacia su hogar de barro y paja en Pagak. Una sábana blanca con un aplique de un osito de peluche descolorido rosa y azul cubría a Nyanene. Un delegado del CICR en el asiento delantero llevaba el cuerpito sobre su regazo; Nyamouch viajaba atrás.

La lluvia caía con fuerza sobre el parabrisas y faltó poco para que el vehículo quedara empantanado en el barro. La casa de Nyamouch estaba demasiado lejos del lodoso camino secundario por el que transitaban y no pudieron llegar hasta allí. El vehículo se detuvo frente a la casa de una tía. La mujer mayor salió y se aproximó al vehículo.

Nyamouch, en el centro, y sus familiares cargan el cuerpo de Nyanene de regreso a la aldea. Alberto Gonzalez Farran/CICR

Seguramente no era la primera vez que estaban en presencia de un niño muerto, sobre todo en este país. La tía tomó a Nyanene en brazos y meciéndola como si estuviera aún con vida, respirando y luchadora como había sido, partió junto a la madre de la pequeña, de solo 20 años, a través de un campo cubierto de lodo, mientras la lluvia caía torrencialmente.

Show your support

Clapping shows how much you appreciated CICR’s story.