Un tío andando solo

Richard Ashcroft camina hacia Hoxton Gardens en línea recta, sin fijarse ni preocuparse en nada de lo que ocurre y se mueve a su alrededor, con la única excepción de ese pequeño momento en el que se mira a sí mismo reflejado en la ventanilla de un coche.
Él simplemente camina hacia adelante, indiferente a esa ex-novia que le grita, esos hombres que quieren partirle la cara, la mujer que se le insinúa e, incluso, a la anciana que derriba tras impactar con ella.
Cuando tu edad oscila entre la adolescencia y los ventintantos, hay pocas cosas que te parezcan tan atractivas como la actitud de Ashcroft en este videoclip: ¿qué puedes ansiar más que un sudapollismo Over 9000 cuando estás pasando una época en la que todo es una tragedia griega o el mejor momento de tu vida?
Pero los años pasan, las vivencias se acumulan, los amigos caen como patadas sobre la cabeza de Benito, cada encuentro amoroso ya no se vive como una experiencia trascencental y un día te das cuenta de que acabas de llegar al trabajo sin recordar absolutamente nada del camino que has realizado desde tu casa. ¿He salido siquiera de entre las sábanas?
Además, ahora que sabes algo más de inglés descubres que esa letra que creías hablaba de alguien que lo ha entendido todo y da la espalda al mundo, realmente lo hace sobre alguien que ni siquiera sabe cuál es su lugar en él.
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Antes de que empiece el videoclip, todo lo que sabemos de Christopher Walken es que es una actor que te ha cortado el pulso, la respiración y las ganas de vivir con una sola mirada. Su gélido tono de voz, curiosos rasgos faciales y esa maldita mirada capaz de helar el núcleo del Sol ha petrificado a millones de cinéfilos y espectadores casuales durante más de cuatro décadas.
Luego, la música empieza y con un solo movimiento de caderas, todo tu Universo está patas arriba. Durante los próximos cuatro minutos ves a Walken bailar, saltar y volar como si eso fuera lo más natural del mundo. Es lo que tienen los genios: pueden disfrazar de normal lo extraordinario.
Cuando finalmente se sienta, el plano final y el inicial son idénticos salvo por un pequeño e inmenso detalle. Christopher Walken está esbozando una pequeña sonrisa y ahora tú sabes que te puede hacer creer lo que quiera.
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El bueno de Eugene está en mitad de un túnel, no tenemos ni la menor idea de hacia dónde se dirige pero sí que hay algo en su mirada, quizás en su forma de vestir, que nos grita: no está yendo a ningún sitio, sino regresando.
Su pose no acaba de encajar con lo que canta, sus palabras parecen sinceras pero suenan como si las hubiera repetido tantas veces que ha perdido su significado. Peor aún, son honestas pero son dichas con la resignación y la rabia del que sabe que no servirán de nada.
Porque no se puede retener a quien está huyendo.
