La ligereza de decidir.

En comparación con lo sencillo que es destruir, crear es sin lugar a dudas una de las acciones más complejas y difíciles de llevar a cabo para la mayoría de las personas; evolutivamente nos es más natural destruir, todos los atributos biológicos con los que nacemos y todos aquellos adquiridos durante nuestro crecimiento nos permiten identificar cómo hacerlo más eficazmente y al parecer, lidiar más fácilmente con el remordimiento que usualmente esto trae consigo.

Crear nos demanda reflexión e introspección, requiere que ya caminemos erguidos y sepamos utilizar nuestros pulgares. Involucra una armónica sincronía entre nuestras capacidades físicas, intelectuales, emocionales y hasta sociales, después de todo, siempre hemos de procurar que cada acción que forma parte del crear, trascienda o tenga un significado más grande que nuestra propia existencia.

La intima relación entre crear y destruir y su correlación con la mayoría de los aspectos de la vida en sociedad, dificulta separarlos u orientarlos hacia situaciones más específicas y controladas (por no decir idóneas) que nos eviten sufrir su devastadora intromisión en nuestras vidas. Desafortunadamente esta dualidad en el ser humano lo sumerge en un eterno debate moral, donde la única conclusión termina adoptando la forma de nuestro propio egoísmo como personas. Goethe intentó describir esto como “afinidades electivas”, que por su composición, se describen como las reacciones existentes entre los diferentes elementos en la naturaleza, que ante la oportunidad de conservar/permanecer en una estructura definida o cambiar por una más deseable, siempre “elegirán” esta última, más como una “necesidad natural” que como un acto de “voluntad” debido a la elevada atracción entre ellos, incluso a pesar de que el resultado no sea el más optimo para todos los involucrados.

La ocasión crea relaciones, igual que hace al ladrón.

Lo que quizás intenta decirnos Goethe es que ante la más remota posibilidad de quizás tener “lo que siempre hemos querido” o tener por seguro lo que “mas o menos hemos querido”, y que, todos los elementos que giran en torno a esa posibilidad estén en el lugar y momento adecuados, todos y cada uno de nosotros reaccionaremos de la misma forma, eligiendo siempre esa posibilidad o nuevo estado antes de conservar el anterior. Esto es mera estadística que se traduce en una especie de desdén o desapego por el concepto de “óptimo de Pareto”, y que lo único que hace es acercarnos a la confrontación de nosotros mismos con el inexorable caos producto de nuestras decisiones. Quizás por eso ningún economista es recordado por escribir grandes novelas.

Nuestra tendencia a la autodestrucción no ayuda en lo más mínimo a acrecentar la brecha entre los conceptos de creación y destrucción con el fin de un día separarlo del todo, por el contrario, los coloca cara a cara en el mismo recipiente y crea una especie de masa que amalgama nuestros peores miedos con nuestras más delirantes fantasías. La autodestrucción es una de las prácticas más recurrentes en la gente ya que se dispara con nuestras incongruencias y las convierte en pecados, los cuales al final se convierten en nuestros verdugos. Por ejemplo: ecologistas viajando en auto, budistas de una hora que dura la clase, animalistas de sofá, socialistas de facebook, entre otros. Todos nos conducimos así en mayor o menor medida incluido un servidor, por tal motivo, hoy más que nunca cobran tanta relevancia las palabras de John Doe en la película Se7en:

…Ese es el punto, hay un pecado capital en cada esquina, en cada hogar, y lo toleramos porque es común, es trivial, lo toleramos mañana, tarde y noche.

Por mi parte, intento autodestruirme menos con el pasar del tiempo, entiendo a la perfección que esto es cíclico y constante, como dije, soy víctima de un estilo de vida asesino, no obstante, procuro crear más de lo que me destruyo cada día, tomando acción y generando ideas, manipulando objetos, tocando y apretando con mis manos, inclinando más la balanza a mi favor.

Del otro lado de la moneda, aprovecho al máximo y le exprimo todo a las pocas oportunidades que tengo de destruir, más las materiales ya que se convierten en catarsis, son exquisitas y desafortunadamente cada día más escasas. Esta es mi afinidad electiva, saber cuantas brazadas doy contra corriente y cuantas me dejo regresar. Esta afinidad es exclusivamente mi decisión. Aún cuando Goethe las hace parecer un tanto caprichos (refiriéndose a las sustancias químicas que “prefieren” o no “reaccionar” con otras), son decisiones, y la triste realidad que debemos afrontar es que estas reacciones o decisiones suceden o se toman más de una vez sin que podamos hacer algo para evitarlo, son quizás actos de Dios, coincidencias, leyes, fórmulas, conjeturas, teorías, etc., y no hay mucho que podamos cambiar cuando se habla de situaciones que sucederán de una forma específica hagamos lo que hagamos; lo que sí podemos cambiar es nuestra predisposición ante ello al saberse uno mismo hecho de tal o cual madera, forjado de este o aquel acero, al saberse integro para entrar al ciclo de una cierta “afinidad”.

Podría llegar a decir incluso, sin una certeza real, que esto es el autoconocimiento o autocontrol en su forma más básica y elemental. No del tipo que te acerca a lo magnánimo de la trascendencia o la iluminación, simplemente del tipo que forja el carácter.