Pontificia Universidad Católica de Chile

Reflexión sobre la Práctica Pedagógica

El conflicto, es parte de la vida cotidiana y es inevitable; por ende, continuará mientras haya diferencias en valores, creencias, culturas y opiniones de personas y grupos. Es por esto que el conflicto puede definirse como la divergencia que ocurre naturalmente en la vida como parte de una realidad organizacional, reconociéndose en ella personas que conducen al conflicto y personajes que se ven envueltos en este; siendo dos partes en oposición; debido a diferencias en sus entendimientos, visión del mundo, objetivos, actitudes, creencias, personalidades, roles, habilidades de comunicación e intereses (Atay, 2001; Parker & Stone, 2003; Seval, 2006; Demir, 2010; Ceylan, Ergün, & Alpkan, 2011, en Dogan, 2016).
El contexto de la educación inicial no está exenta de situaciones conflictivas; considerando que el conflicto es parte de la vida de las personas, los niños (as) también se ven expuestos a este tipo de instancias desde el momento en que se relacionan con otros seres; ya sea un par o un adulto (Carrasco y Schade, 2013). El conflicto entonces, generaría comportamientos indebidos en los niños (as), los cuales son vistos como errores sociales que afectan a un segundo o un tercer personaje que se ve envuelto en este. Según esto, se puede denotar que los conflictos, son una oportunidad de aprendizaje, donde el adulto debe ayudar al niño (a) a reconocerse como un ente capaz de resolver sus situaciones; siendo conscientes de su rol y responsabilidad en dicha instancia, reconociendo para ello ideas y/o actos que pueden ser viables como posibles soluciones (Razmilic, 2008).
Tomando en cuenta lo anteriormente expuesto, en las Bases Curriculares de la Educación Parvularia (MINEDUC, 2001), se proporcionan aprendizajes esperados en el núcleo de formación personal y social, en el ámbito de autonomía, específicamente en el eje “Iniciativa y Confianza”, que empoderan al niño (a) como sujeto capaz de reflexionar en torno a las situaciones conflictivas, y su rol en ellas. Así entonces, se redactan aprendizajes esperados tales como:
4. Proponer ideas y estrategias para contribuir a resolver situaciones que le permitan llevar a cabo sus iniciativas y propuestas (MINEDUC, 2001, p. 42).
10. Responsabilizarse gradualmente de sus actos, estableciendo relaciones entre sus acciones y las consecuencias de ellos en las personas o el medio (MINEDUC, 2001, p. 42).
Estos aprendizajes, asociados a lo propuesto por el Manual CLASS (Pianta, La Paro, & Hamre, 2008), se pueden lograr si el adulto a cargo de los niños (as), promueve instancias de resolución de conflictos efectiva, siendo ellos (as) un modelo eficaz de manejo de dichas situaciones. Contemplando esto, se alude a que los niños (as) se verán inmersos en instancias que promueven su aprendizaje durante periodos más prolongados, sin emplear tanto tiempo en el manejo de conductas o situaciones de conflicto. Esto también siembra en los niños (as) el reconocimiento de su responsabilidad y participación en esto. En torno a esto, Dogan (2016) en su investigación sobre las estrategias empleadas por los docentes y niños (as) en la resolución de conflictos; denota que si el educador (a) gestiona e intenciona los conflictos de manera positiva y constructiva; contemplando e integrando a los implicados en la situación, puede ser un factor de apoyo a la mejora de las relaciones recíprocas entre pares y asimismo, con los adultos que se hallan en el aula.
Según esto, en la pauta de autoevaluación propuesta para las estudiantes en práctica, se alude a: Establecer y mantener normas consistentes de convivencia y bienestar, redactando puntos asociados al establecimiento de normas en conjunto con los niños (as), el cumplimiento y respeto de las normas del grupo, y el reconocimiento de momentos de tensión y calma; proporcionando resoluciones acordes a procedimientos compartidos. De acuerdo a lo anterior, la estudiante posee estos tres ámbitos descendidos en relación al total de criterios de evaluación propuestos; siendo estas áreas de gran importancia, contemplando que los conflictos son instancias recurrentes dentro del aula, y es necesario que el educador (a) durante su formación profesional aprenda estrategias de resolución de conflictos efectivas para aportar a los niños (as), en su desarrollo social generando y/o promoviendo la autonomía para abordar dichas instancias a lo largo de su crecimiento, y posteriores cursos.
Es por lo anterior que, se realizaran tres orientaciones para mejorar la práctica pedagógica dentro del aula; en específico el trabajo con los niños (as), con el fin de dotaros de autonomía en la resolución de estrategias efectivas para ello. En primer lugar, se velará por explicitar en conjunto las normas y/o reglas que permiten el buen funcionamiento de las experiencias de aprendizaje o los juegos en el patio, con el fin de evitar las instancias que pueden generar conflictos; por ejemplo: No respetar el turno en una fila, hablar mientras otro habla, pasar sin pedir permiso a un lugar, entre otras instancias. En segundo lugar, la estudiante en práctica deberá reconocer instancias y/o momentos de tensión que pueden desembocar en conflictos entre pares, dotando a los niños (as) de estrategias como: discutir la situación acaecida, guiar la situación mediante conversaciones para profundizar en estrategias de relación social, entre otras intervenciones que pueden ser favorables.  Y por último, la educadora en formación, reconocerá las instancias en que los niños (as) resuelven sus conflictos de manera autónoma, a través de apoyos y refuerzos positivos como: “Me alegra que hayas conversado con tu amigo (a)”, “Que bien que le comentes a tu amigo (a) que ese comportamiento no está bien”, “Que bien que hayas pensado en una posible solución, antes de discutir o darle un empujón a tu compañero (a)” (Razmilic, 2008).
En relación a lo que se ha evidenciado en el aula en torno a las normas y conflictos que se generan entre los niños (as), en específico, en el rol de la estudiante en práctica en aquellas instancias, se pudo observar que entabla conversaciones con los niños (as) relacionadas a las discusiones o situaciones que generan problemas o conflictos tanto dentro como fuera del aula, como por ejemplo: “tía me está molestando”, “tía me sacó un lápiz”, “tía me sacó la lengua”, “tía me está imitando”, “tía me dijo que yo estaba pintando feo”, “tía me dijo que soy feo (a)/ que mi trabajo está quedando súper feo”, “tía me dijo que si yo no jugaba con él/ella no sería más mi amigo (a)”, entre otras. La estudiante suele mencionar, aconsejar y/o dar soluciones como: “dile al amigo (a) que no te gusta que te moleste”, “XX ¿por qué crees tú que el trabajo de tu amigo (a) está feo?, Quizás podrías aconsejarlo y/o ayudarlo a que mejore, ¿de qué manera podría XX no salirse de la línea, por ejemplo?”, “¿usted es feo (a)?, si sabe que no es feo (a) por qué le hace caso al amigo (a), debes decirle que no te gusta que te diga esas cosas, porque cada uno tiene una belleza diferente, y además a él/ella no le gustaría que le dijeras eso”, entre otras intervenciones; que pueden ser efectivas y podrían repercutir en la solución de situaciones conflictivas por parte de los niños (as).
Contemplando lo expuesto, la estudiante en práctica emplea algunas estrategias de resolución de conflictos, como por ejemplo el uso de conversaciones guiadas para darle la oportunidad a los niños (as), de denotar soluciones a sus conflictos. Al inicio de la práctica, se evidenciaba que los párvulos se involucraban en instancias conflictivas, solucionando dichas situaciones a través del llanto (de una de las partes involucradas), empujones y/o discusiones, acusaciones y negaciones de su responsabilidad en el acto conflictivo. Sin embargo, a través de las conversaciones guiadas que se han empleado, no solo por parte de la estudiante en práctica, sino que también por parte del equipo pedagógico también, los niños (as) se involucran en conversaciones como: “No me dejas escuchar, te puedes callar por favor”, “no me gusta que me digas tonta, porque no soy tonta”; y asimismo, cuando se hallan en momentos que no pueden controlar, pide ayuda al adulto para que este medie la situación.
Se puede considerar que, si se emplean estrategias de resolución de conflictos con mayor frecuencia, y cada vez más involucrando al niño (a) en las soluciones que se pueden dar para éstas; se estará considerando no solo al párvulo como responsable y consciente de su actuar, sino que también, se estará impactando en las habilidades sociales que le permitirán tener y mantener relaciones más pacíficas y efectivas con sus pares; llegando a mayores acuerdos en las diversas instancias de trabajos grupales (Carrasco y Schade, 2013).