La biblioteca sin ventanas

La calle estaba oscura pero vacía. El inquietante silencio de la ciudad hacia el anochecer era lo único que podía sentir, aunque el sonido se transmitía muy mal entre las calles de asfalto y cemento y cualquiera podía estar a la vuelta de la esquina sin que yo pudiese saberlo.

Por eso, caminé despacio, intentando no hacer ruido, por el medio del callejón. En la parte nueva de la ciudad todos los edificios estaban abandonados y había peligro de derrumbe: aunque eran edificios sin balcones, las ventanas cedían fácilmente. Por dentro debían estar ya podridos porque los desplomes internos de plantas enteras eran comunes, sobre todo durante las tormentas de viento.

Las suelas de las botas de goma apenas hacían ruido contra el cemento viejo de la carretera por la que avanzaba. Caminaba decidida, sabiendo a la perfección hacia dónde iba. La mochila, que esa noche no pesaba demasiado, me daba pequeños golpes en la espalda con cada paso. No intenté aguantar la respiración: ni el aire caliente me lo permitía ni serviría de nada. Quien me escuchase respirar podría verme también. No me había puesto la máscara para evitar el sonido de los filtros, aunque me arriesgaba a que el polvo me hiciese toser. Esa tarde no había sentido la garganta irritada y me arriesgué a cambio de hacer menos ruido.

La parte nueva de la ciudad hacía decaído rápidamente. La zona vieja, donde nos juntamos y empezamos a vivir los que nos quedamos atrás, aguantaba mejor el paso de los años. De entre los edificios que habían sido nuevos apenas un siglo antes ahora salían ramas de árboles de entre las ventanas rotas o caídas. Ya no tenían ningún color en la fachada, y a los que habían decorado con piedra o azulejos les faltaban grandes piezas. Las puertas, que tras quedarnos solos en la ciudad habían sellado de todas las maneras imaginables, se habían caído bajo su propio peso. Ni pegamentos, ni paredes de ladrillo, ni siquiera las cadenas con candados resistieron al desuso. La zona vieja no tenía edificios tan altos ni había sido nunca tan bonita, pero contenía vida y se iba aguantando en pie. Ya no teníamos luz eléctrica pero nos ocupábamos de la iluminación, recogíamos la basura y se escuchaba a la gente dentro de sus casas. La zona nueva era fría y ruinosa.

Antes de doblar la esquina me asomé y me aseguré de que la siguiente calle también estaba vacía. El callejón por el que había venido desembocaba en una avenida grande y no estaba tan segura de ser la única aquí fuera.

Me pareció vacío y avancé. El edificio que estaba buscando, una caja cuadrada de cemento y metal, estaba apenas doscientos metros más adelante. Me arrimé todo lo que pude a los edificios y pasé bajo los esqueletos de los árboles muertos, avanzando a paso rápido. Nunca me fié de las calles anchas y largas. Era donde más expuesta estaba a los vigilantes nocturnos. Los callejones siempre ofrecían sombras, portales o un pequeño laberinto de calles por los que intentar escapar. En las avenidas, a cielo abierto, era una presa fácil.

Cuando me iba acercando y veía la puerta del edificio al que iba, escuché voces a lo lejos. Instintivamente, cada vez que caminaba por la ciudad de noche iba localizando sitios en los que esconderme, para no perder tiempo si necesitaba usarlos. Reconocí varias voces, que gritaban y se carcajeaban sin miedo a hacer ruido. Alguien que caminaba a estas horas por esta zona sin miedo a ser descubierto no era nadie que yo quisiera encontrarme. Me metí en el portal más cercano, me camuflé en su sombra echándome el chal negro por encima de los brazos desnudos y me quedé lo más quieta que pude.

Un par de minutos después de escuchar las primeras voces, los hombres entraron en mi campo de visión. Era un grupo de cuatro personas; tres que vociferaban y arrastraban por el medio la carretera a un cuarto. Dos de los hombres que caminaban movían los brazos haciendo aspavientos, y mientras uno aullaba al cielo, otro reía a carcajadas. Todos iban a cara descubierta. Probablemente estaban colocados con alguna droga que hubiesen encontrado. El tercero agarraba al prisionero, que intentaba soltarse entre gemidos.

-¡Te vas a quedar quieto! -escuché que uno le gritaba al prisionero-. No puedes andar por la calle a estas horas, ¡ya lo sabes! ¿Adónde pretendías ir, eh? ¿A robar chatarra?

El prisionero dejó de luchar y me pareció escuchar que intentaba hablar. Uno de los hombres le dio una bofetada. Los otros dos rieron.

-No se puede andar por la calle porque la ensuciáis, ¡basura! -volvió a gritarle el primer hombre-. Y nosotros estamos aquí para proteger la calle. ¡Protegerla de vuestra basura!

Con horror vi cómo se abría el chaleco que llevaba puesto y sacaba un objeto pesado y brillante de dentro. Los vigilantes eran los únicos autorizados a llevar armas. El prisionero se tapó la cara con las manos, el hombre que lo agarraba se separó y escuché el sonido y la vibración del disparo.

Hice lo que pude para mantenerme en silencio y no descubrirme, pero no pude dejar de hacer un gemido. Esos hombres no tendrían más piedad conmigo que con aquel pobre hombre. Intenté quedarme lo más quieta posible mientras veía cómo los tres hombres se alejaban del cadáver todavía haciendo aspavientos, gritando y riendo, por suerte, lejos de donde estaba yo.

Los gritos se fueron alejando hasta desaparecer. Esperé unos minutos por precaución, y cuando hacía un rato que ya no podía escucharlos, me atreví a salir de mi escondite. Volví a echarme el chal al cuello y salí corriendo hacia el cadáver.

Era un hombre que no llegaría a los 40 años. Llevaba barba de tres días, tenía la ropa rota (aunque, ¿quién no?) y nunca lo había visto. O vivía en otro barrio lejano al mío o era otro de los nómadas que pasaban su vida cruzando ciudades y pueblos esperando encontrar alguna que todavía resistiese.

Le quité una esclava que llevaba en la muñeca izquierda y le registré los bolsillos. Encontré un reloj, bastante anterior a la Evacuación, y me lo quedé. Él ya no lo necesitaba y en el peor de los casos podía servir para identificarle. En el mejor de ellos, lo vendería o lo cambiaría.

Terminé de registrarlo lo más rápido posible y eché a correr de nuevo. Llegué al edificio que buscaba, una antigua biblioteca, pero no me metí por la puerta. La puerta principal llevaba mucho tiempo cerrada, así que le di la vuelta buscando la pared trasera. Me subí al banco de piedra que estaba bajo un árbol muerto, y de ellos salté a la ventana de unos aseos. Por ahí entraba.

Caí como un saco de patatas contra el suelo de baldosa. Pero ya estaba preparada, porque no había manera de caer de otra manera, y amortigüé el golpe con las manos.

El suelo estaba lleno de polvo, plumas y hojas secas. Me puse de pie, me sacudí lo que se me había pegado a la ropa y me volví a echar el chal por encima. Nunca había nadie dentro de la biblioteca, pero algunas zonas tenían ventanales y cuanto menos movimiento se adivinase desde dentro, mejor.

La biblioteca era más grande de lo que parecía desde fuera. Yo entraba por unos aseos escondidos en la primera planta, pero tenía dos más. La planta baja era la entrada, en la que había bancos y mostradores que tenían papeles, folletos y basura por igual. Casi todas sus paredes eran de cristal. Bajar allí era inútil y peligroso. A nivel de calle y delante de tanto cristal, cualquiera que pasara haciendo rondas por la avenida podría verme.

La primera planta tenía varias salas pequeñas, con archivos o con habitaciones llenas de grandes mesas y muchas sillas, pero sin nada más. No sabía para qué se habrían usado hacía años, porque no parecían muy útiles. Abrí la puerta del aseo y salí a un archivo estrecho. Dentro de la habitación solo había archivadores de metal, apilados los unos encima de los otros. La primera vez que entré aquí busqué en ellos, pero no encontré demasiada información útil: contenían catálogos escritos a mano y registros de socios, sobre todo. La mayor parte de los papeles estaban tan amarillentos que casi no se veía la tinta, y otros empezaban a deshacerse.

Siempre dejaba la puerta del archivo abierta, por si algún día empezaba a chirriar. Salí al pasillo que conectaba todas aquellas habitaciones y subí por las escaleras.

La tercera era la única planta que encontraba interesante. Era la “sala de fondo”, como decían los planos que había colgados en las paredes. Decenas de estanterías, algunas más viejas y otras más nuevas, contenían todos los libros disponibles en la biblioteca. Formaban un laberinto de pasillos e intersecciones que me llevó unos días descifrar, pero entonces ya me movía con soltura entre ellos.

Me dirigí a la sección infantil. Saqué de la mochila un libro con muchos dibujos que había cogido para mi hermana y lo dejé en su sitio. “Un libro fuera de su lugar es un libro perdido”, decía un cartel en una de las paredes. Luego agarré otro más gordo, que me había cogido para mí y fui a la estantería de las novelas. No conseguí acabarlo: las costumbres previas a la Evacuación me parecían tan frívolas y vacías de sentido que en muchas de ellas era incapaz de concentrarme en los personajes y preocuparme por ellos. ¿Qué más me daba si Emma Bovary se sentía frustrada porque se aburría al no tener problemas reales? ¿Qué clase de problema puede ser ese?

Sin embargo, me encantaban los libros de la estantería de Fantasía. Aunque muchos ya estaban deshechos y descoloridos, me encantaba poder salir de este mundo durante un rato y poder sumergirme en esos bosques interminables, llenos de una fauna que solo existía en ellos y que por tanto no habían muerto de hambre con el tiempo. Eran libros que además me permitían pensar en héroes que arreglasen el mundo, que salvasen a las ciudades de los gobernantes tiránicos.

Coloqué la novela en el enorme hueco que había dejado al sacarla y busqué otra estantería diferente. Aunque las novelas de las que podían aprender las costumbres y la manera de vivir de hace unos siglos no me gustaban demasiado, el ensayo histórico sí. Sobre todo el más cercano a mis años: los últimos ensayos publicados antes de que a nadie le importase nunca más. La biblioteca no tenía demasiados ensayos recientes, pero aún no los había leído todos.

Cuando llegué la estantería, como siempre, el primero que vi fue el primero que leí, y hasta ahora, el que más me ha impactado: De la Tierra a la Luna; la necesidad de la exploración espacial en los próximos tiempos. Es un libro previo a la Evacuación de la Tierra y que predijo prácticamente todo lo que pasó: el cambio climático, la guerra nuclear, la necesidad de encontrar otro planeta habitable y el éxodo hacia otros sistemas solares. Sin embargo, el autor pecó de optimista y no se le ocurrieron las cribas que iban a hacer, a todos los miles de personas que nos iban a dejar atrás porque no éramos rentables en nuevas sociedades. Según leí en otros ensayos sobre el mismo tema, cuando se publicó ese libro no se le prestó demasiada atención. Y los pocos que lo hicieron fue para mofarse de su discurso apocalíptico. Resultó ser el único que tenía razón.

La mayor parte de los ensayos que había en la estantería ya no valían de nada: los ensayos políticos no tenían en qué sostenerse; nuestra sociedad había cambiado tanto que no sentía ni que se pudieran aplicar las teorías más generales. Después de la Evacuación, hechos históricos tan importantes carecían de interés: la economía en los años 20 ya no era relevante, porque ya no teníamos economía. Las religiones del siglo XX tampoco importaban; hacía mucho que habíamos supuesto que todos los dioses habían muerto. O que, como el resto del planeta, se habían subido a una de esas naves y nos habían abandonado.

Alargué la mano para hojear otro texto sobre la Guerra Fría cuando escuché un crujido en el pasillo. Había sido leve, pero estaba segura de haberlo escuchado. Me agaché y me arrimé contra la parte baja de la estantería y eché un vistazo por encima de los lomos más bajos. Esperé lo que pareció una eternidad.

Una pequeña sombra se movía hacia la puerta. Aguanté la respiración y vi una rata corriendo hacia el interior de la sala. Me dio la espalda, y desapareció bajo una de las estanterías del fondo. Volví a respirar tranquila y me levanté. Hacía tiempo que no veía ratas: dicen que hubo muchísimas en los años siguientes a la Evacuación, ya que entraron en las casas y en las despensas, en los supermercados, en los restaurantes y también se alimentaron de unos cuantos cadáveres; pero cada vez había menos. No teníamos comida los humanos, como para tenerla las ratas.

Hojeé el libro que había escogido pero la tinta se había borrado casi por completo en algunas partes. Casi se me deshicieron las cubiertas al agarrarlo. Lo dejé con cuidado y volví a cambiar de estantería.

No tenía prisa por salir de la biblioteca. Era uno de los sitios más tranquilos que conocía. Que yo hubiese notado, nadie había entrado en muchísimos años salvo yo, no se me podía ver desde fuera y el techo de cristal permitía que entrase mucha luz, aunque fuese de noche. No necesitaba depender de velas o quinqués, ni esconderme del exterior ya que en esa sala no había ventanas.

De vez en cuando una rata o un gato me daba un susto. A veces me entristecía que otro libro más había desaparecido bajo los dientecitos de la polilla, pero me gustaba mucho entrar en la biblioteca. No era tonta: sabía que en todas esas páginas no iba a encontrar la solución a la Tierra moribunda y la salvación de mi familia. Pero sí que encontraba consuelo para mi hermana y mi madre enferma.

Con grandes pasos, volví a la zona de libros infantiles. Escogía bien qué le llevaba a mi hermana, porque hablaban de un mundo que ya no conocíamos. Según sus etiquetas, se había prestado muchísimo, hace años, un libro protagonizado por una especie de ratón sin cola al que alguien había cagado en la cabeza y pasaba las páginas visitando diferentes animales y comparando sus cacas, para descubrir quién había sido. A mi hermana, sin embargo, no le gustó: la mayor parte de esos animales ya no existen y no llegó a conocerlos.

Sin embargo, los libros de monstruos, de astronautas y de niños que se quedan solos (en un bosque, en su casa, incluso en el colegio) los entendía y le gustaban. Al leérselos yo fingía que a mí también, pero no podía dejar de pensar en qué será de esas generaciones nacidas tanto tiempo después de la Evacuación, que solo conocemos este mundo que se está apagando. Me hunde. Es injusto. Es un injusto para todos, pero yo he llegado a respirar aire sin polvo y he llegado a conocer el viento frío. Los nacidos después de mi año tienen demasiadas cosas que ya no pueden conocer.

Escogí un libro sobre un niño que tenía monstruos bajo su cama y los dibujos un poco descoloridos y lo guardé en la mochila. Luego, vagué un poco por la biblioteca. No me apetecía leer novela, y los ensayos que me quedaban por leer tampoco me parecían atractivos. Fui a la esquina que menos frecuentaba, por ser todos libros obsoletos: actas de congresos de temas que ni siquiera existían ya, catastros, leyes, psicología, mecánica… los libros de botánica y agricultura eran preciosos para ojear, pero también inútiles. El polvo en el aire nos envolvía como una niebla permanente y las plantas apenas conseguían luz del sol. Poco antes de la guerra se habían extinguido las abejas, por lo que la mayor parte de las flores que aparecían dibujadas o fotografiadas hacía casi siglo y medio que no existían. Por culpa de la niebla, las verduras y frutas que se conseguían sacar adelante apenas alcanzaban la mitad del tamaño que decían esos libros.

La biblioteca era mi sitio tranquilo. A donde acudía para relajarme y alejarme de la miseria del exterior. Sin embargo, muchas veces salía más triste de lo que había entrado.

Decidí volver a llevarme otro libro de enfermería básica. Hacía unos meses que lo había encontrado uno de medicina de campaña y lo había leído, pero creía que ya me había olvidado de muchas de las cosas que aparecían. No me vendría mal repasar cómo coser una herida, cómo vendar un tobillo torcido o qué hacer con una fiebre. Teníamos problemas de esos, sencillos pero bastante graves si no se atendían bien, bastante a menudo, y la Evacuación se había llevado los médicos… y nos dejaron aquí sin manera de formar ninguno más. No era un libro demasiado grande y me cabía en la mochila, pero pesaba bastante.

Entonces, volví a escuchar ruidos en el pasillo. Aunque suponía que era solo otra rata, instintivamente me agaché y miré a la puerta desde el estante más bajo. Tras el primer crujido escuché unos pocos más, más fuertes. Luego, una sombra más grande que la de la rata apareció lentamente por la puerta. Aguanté la respiración.

Cuando se asomó por la puerta, vi que era un hombre. Era más o menos de mi estatura, y entre la oscuridad y que tenía una capucha puesta, no pude ver más. Cuando entró en la biblioteca y empezó a pisar en la baldosa, sus pasos dejaron de hacer ruido. Sin embargo, escuché una respiración artificial. Además de la capucha, llevaba puesta una máscara contra el polvo. Entró tranquilo y no deambuló por la biblioteca. Fue directamente a la estantería de las novelas, cogió un libro de una balda baja, fue a la estantería de los ensayos y alargó la mano hacia los libros. Acarició unos cuantos lomos y dejé de poder verle. Me lo tapaba una estantería que había entre los dos. Volví a encogerme en el suelo y me aseguré de que tenía el chal bien puesto. Disfrazada de color oscuro, en el fondo de la biblioteca, no debería llamar su atención.

Pronto vi que volvía a dirigirse a la puerta y salía de la sala. Me pareció escuchar sus pasos pesados mientras bajaba la escalera, pero no estaba segura de no estar imaginándomelo.

Pasaron unos cuantos minutos. Me quedé un buen rato aún agachada, asegurándome de que no volvía. Me levanté poco a poco, todavía intentando no hacer ruido y le sacudí el polvo al chal. La luna estaba tan alta que empezaba a verse por el techo de cristal. Decidí que no iba a coger ningún libro más, así que cerré la mochila con la hebilla y salí de la sala.

Como en la calle, antes de doblar cada esquina, me aseguré de que al otro lado no hubiese nadie esperándome. La biblioteca había sido mi lugar tranquilo y secreto, y nunca antes había visto a nadie allí dentro. Ni siquiera había encontrado señales de que entrase nadie más: ni huellas en el polvo, ni libros que faltaban o movidos de sitio. Pensaba que estaba completamente segura allí dentro, porque ya a nadie más le interesaban las letras y las historias. No los culpaba, pero no los entendía. A mi hermana muchos días eran lo único que era capaz de sacarle una sonrisa, y a mí me resultaría imposible dormir sin tener esas ventanas a la ficción que me hiciesen olvidar toda la miseria que había tras las ventanas de cada casa.

Sin embargo, ese hombre había estado en la biblioteca más veces. Había entrado decidido, sabía qué estanterías eran las más interesantes y había ido a ellas sin dudar. Me recorrió un escalofrío cuando pensé que quizás no era la primera vez que estaba acompañada en la biblioteca. Yo me había escondido y él no me había visto, ¿y si en alguna de mis visitas también había alguien entre las sombras, aguantando la respiración hasta que me hubiese ido?

Bajé las escaleras despacio, asegurándome de que ninguna de las sombras se movían y con las piernas en tensión, listas para echar a correr si notaba algo raro. Cuando llegué al aseo, todo estaba tal y como lo había dejado al caer: esa persona debía usar otra entrada diferente.

Trepé por el lavabo, me asomé a la ventana, me aseguré de que no había nadie allí fuera y salté al banco. Aterricé con las manos y los pies casi a la vez y me clavé unas piedrecitas en las palmas. Volví a mirar en todas direcciones forzando la vista en las esquinas y en las sombras, y cuando estuve segura de que no había nadie siguiéndome, eché a andar de vuelta a la avenida ancha.

Mi casa no estaba lejos, pero tardaba casi un cuarto en hora en llegar desde la biblioteca. Por la noche nadie debería estar fuera de casa, o por lo menos, no fuera de la zona vieja. Pocos meses después de la Evacuación habían declarado que no eran zonas seguras, y habían puesto a unos vigilantes que, definitivamente, hacían que no fuesen seguras. Me acordé de los tres hombres que había visto antes de meterme en la biblioteca, y me recorrió un escalofrío. No quería encontrarme con ellos.

Crucé la carretera casi corriendo, con grandes zancadas e intentando respirar lo más bajo posible. Pasé por el mismo lugar por el que había venido y por un momento se me encogió el estómago: el cadáver del hombre al que habían matado hacía apenas una hora y al que yo había sacado el reloj y la pulsera ya no estaba allí. En su lugar solo había un gran charco de sangre seca, oscura y brillante a la luz de la noche. Al pasar por su lado, no me pareció que hubiese un rastro. Los vigilantes no se llevaban los cadáveres que dejaban atrás, decían que no era parte de su trabajo. Intenté no pensar en ello y seguí adelante.

El libro de enfermería me daba golpes secos contra el cinturón de mis pantalones. En un momento llegué a la esquina que me llevaba a un callejón. A partir de entonces podría ir avanzando entre callejones más seguros y donde sería más difícil encontrarme con alguien. Me pegué a la esquina y me aseguré de que no había nadie a la vista. Me retiré el chal de los brazos, casi sudando del calor, y seguí avanzando.

Giré en la primera esquina y me metí en una calle un poco más ancha, pero también vacía. La luna levantaba unas sombras casi negras por completo. En vez de pensar en qué se escondería dentro de ellas, me daban seguridad. Podría esconderme yo, y eso me parecía más importante.

Avancé unos metros más y me pareció escuchar algo a mi espalda. Me giré mientras no dejaba de caminar y no vi nada que me llamase la atención. Por si acaso, apuré el paso.

Al escuchar otros pasos, estuve segura de que ahí fuera había alguien más. Alguien que se escondía bien, pero que podía escuchar igualmente. No podía caminar más rápido sin hacer ruido y sin empezar a resollar. Seguí caminando, intentando no bajar el ritmo y mirando por encima de mi hombro a cada momento, hasta que lo vi.

No estaba segura de que fuese el mismo hombre que había entrado en la biblioteca, pero desde luego, lo parecía: era una figura negra, tapada con una capucha y una máscara, aunque hacía más ruido incluso que yo había dejado en casa. Parecía que no se esforzaba en caminar rápido, y sin embargo, lo sentía más cerca y me iba ganando terreno poco a poco.

Me había visto y venía detrás de mí. Ya no tenía sentido intentar camuflarme dentro de una sombra o echarme el chal por encima. No era un vigilante, porque ellos siempre iban a cara descubierta. Ellos no tenían que esconderse, ni taparse, ni camuflarse en las sombras. Aunque no fuese uno de ellos, no podía estar segura de no terminar como aquel hombre, en medio de una carretera desangrándome: no se permitía a nadie salir de la zona vieja por la noche.

Apenas iba cuatro metros por delante de aquel hombre, cuando, al pasar por el lado de una casa, su puerta crujió, salieron unos brazos de dentro y me agarraron. No me dio tiempo ni a saltar a un lado cuando me habían tapado la boca, metido la cabeza en una bolsa oscura y me arrastraban al interior.

Era uno de los edificios que no se habían derrumbado. Estaba sentada en un sofá polvoriento, dentro de un salón que aún conservaba los muebles y la decoración de sus últimos habitantes. Las ventanas estaban tapadas con gruesas cortinas opacas y oscuras. Los cuadros y las fotos estaban tan descoloridos que apenas se distinguían sus imágenes. Había una alfombra en el suelo que había perdido casi todo el pelo, que corría en forma de pelotas mientras una mujer, a la que todavía no había podido ver la cara, caminaba de un lado a otro del salón. Una pisadas secas retumbaron en el hueco de la escalera.

Del miedo no fui capaz de decir nada mientras la mujer encendía una cerrilla y prendía un quinqué. El salón se llenó de sombras oscilantes mientras el hombre que me había perseguido por la calle aparecía en la casa a la que me habían arrastrado.

Me pareció una eternidad el tiempo que hablaron entre ellos, en voz baja, sin que pudiera entenderles. La luna se metió detrás de unos edificios y el quinqué fue la única fuente de luz. El hombre se acercó lentamente y se bajó la capucha. Antes de hablar con la mujer se había quitado la máscara.

-Llevamos siguiéndote unas cuantas semanas -empezó a decir despacio, como eligiendo mucho las palabras-. Ya te conocemos lo suficiente y era hora de hablar contigo, Sara. Venimos de otra ciudad; en realidad, de muchas otras ciudades. Somos un grupo de personas a las que, como tú, no nos gusta este mundo. Queremos cambiarlo -hizo una pausa mientras la mujer se acercaba al quinqué y subía la intensidad de la luz.

-Es la primera vez que estamos en esta ciudad, aquí aún no sabéis que estamos reclutando -añadió la mujer cuando iba a contestarle.

-Somos parte de un grupo que busca más personas como nosotros, que piensa que podemos hacer algo mucho mejor con el planeta que nos han dejado. No te puedo decir cuántos somos, pero somos muchos más, repartidos en muchas ciudades en todo el país. Estamos organizándonos para cambiar la sociedad, para ser capaces de formar una nueva, una que funcione.

Me atreví a hablar:

-Pero con este planeta ya no hay nada que hacer. Por eso evacuaron.

-Y nos dejaron atrás. ¡Por eso tenemos que hacer algo! -respondió el hombre. En la habitación en sombras podía ver que llevaba mucho tiempo sin poder afeitarse ni peinarse. También parecía que tenía los ojos demasiado hundidos.

-Aún hay esperanza para este planeta, Sara -intercedió la mujer-. Somos muchos los que lo creemos y que llevamos mucho tiempo trabajando para que sea posible. En una ciudad acabamos de conseguir elevar un gobierno nuevo, formado por la gente y que gobierne sin terror y sin toques de queda.

Hubo un pequeño silencio. Creí que esperaban a que dijese algo.

-Tenéis una ciudad sin toques de queda. ¿Y entonces qué? ¿Les dais esperanza y cuando se acabe la comida los dejáis morir lentamente? Los campos están arrasados por la radiación. No se puede alimentar a todo el mundo.

Había pensado mucho en cambiar el mundo. Había barajado cientos de opciones diferentes sobre cómo salvar a mi familia, a mis vecinos o a mi ciudad. Alguna vez me había planteado qué pasaría si hubiese un movimiento global. Pero siempre llegaba a la misma conclusión: la Evacuación no había sido una opción, había sido una huida a tiempo. La radiación había destruido los campos de cultivo, las granjas y mares enteros. Aunque consiguiéramos aguantar sin morir de hambre hasta que dentro de dos siglos se hubiese disipado y pudiésemos volver a cultivar, no serviría de mucho: el ecosistema estaba destruido. Antes de la Evacuación ya no quedaban abejas. Después de la radiación no había animales de granja, apenas los había domésticos, y mucho menos salvajes. Se decía que en algún lugar del Ártico había una biblioteca de semillas y con ella se podrían reconstruir los cultivos, pero no tendríamos abono ni ningún insecto que pudiera polinizar las plantas y ayudar a su crecimiento. La Tierra había llegado, hacía mucho, a un punto sin retorno.

-Te hemos estado buscando, Sara. No reclutamos a cualquiera -me dijo la mujer en un tono suave-. Estamos buscando a todos los que tienen esperanza. A los que se preocupan por algo más que sobrevivir al día siguiente, a los que creen que hay un futuro aquí. Y sobre todo, a aquellos capaces de aprender a hacer las cosas de manera diferente y a adaptarse. Creemos que tú eres una de ellos, y queremos contar contigo.

-Yo no tengo nada que ofreceros -respondí con un hilo de voz.

-Nosotros pensamos que sí. Eres buena escondiéndote, te preocupas por leer y aprender, y eso es mucho más de lo que podemos decir del resto de la población. Podemos hacer un mundo mejor contigo -el hombre se mantenía alejado, con los brazos cruzados, mientras hablaba la mujer-. Tenemos libros que no encontrarás en ninguna biblioteca. Libros que se han escrito tras la Evacuación, y que te darán un punto de vista diferente a los que has encontrado.

-No puedo. No puedo irme -en realidad, solamente quería irme. Desde que noté que el hombre me seguía en la calle solo era capaz de pensar en mi hermana y en mi madre. No podía dejarlas solas, no podía desaparecer ni cambiar de ciudad por ninguna razón. Dependían de mí.

-¿No quieres escuchar qué estamos haciendo y cómo? -preguntó el hombre desde el fondo de la habitación.

-Mi familia me necesita aquí, y no puedo dejarlas por algo que es imposible. Ahora quiero irme -pero no intenté levantarme aún.

-Sara, eres el tipo de persona que necesitamos junto a nosotros -empezó la mujer, pero la miré fijamente a los ojos y la interrumpió el hombre:

-Ahora quizás no te interese. Si no quieres, no te podemos obligar. Sin embargo, podemos intentar convencerte -me alargó una mano con un par de libros en ella-. Llévate estos libros. Se escribieron durante y después de la Evacuación. Uno te contará qué pasó realmente, y por qué nos dejaron aquí. El otro te dirá cómo queremos cambiar el mundo. La radiación no es tan potente como dicen. Léelos. Piensa en ellos. Mañana nosotros nos iremos de esta ciudad, pero volveremos en un par de meses -la mujer se giró y ambos intercambiaron una mirada, que no supe qué significaba-. Iremos a buscarte y volveremos a pedirte que te unas a nosotros. Danos una respuesta entonces.

La mujer se apartó y me pude levantar del sofá. Agarré los dos libros, que no tenían cubiertas, por lo menos el tipo de cubierta que conocía, y la mujer caminó hacia el hueco de la escaleras.

-Volveremos a vernos, Sara -escuché que decía él desde el fondo del salón.

-¿Vais a decirme cómo os llamáis? -pregunté antes de salir.

-No. De momento, cuánto menos sepas, mejor.

No me despedí de él. Así como la mujer me dio permiso, empecé a bajar la escaleras a grandes zancadas, sin miedo a tropezar en la oscuridad. Cuando llegué al portal me eché el chal por encima y retomé el camino a casa.

Era mucho más tarde de lo que solía llegar a casa cuando salía por la noche. Mientras avanzaba calle tras calle escondiéndome en las sombras y a pasos largos, tenía dos pensamientos en la mente: el primero, que mi madre tenía que estar preocupada por mí, preguntándose dónde estaría y que con su estado de salud no debería pasar noches en vela preocupándose por mí; el segundo, que nada conseguiría alejarme de ellas, porque me necesitaban.

Antes de llegar a mi casa, vi que había luz tras las cortinas. Apuré los últimos pasos y atravesé la puerta para llegar al salón. Mi hermana estaba despierta, junto al lecho de mi madre.

-Ha estado tosiendo sangre otra vez -me dijo con voz cansada.

-Ve a dormir, ya me ocupo yo -le di un beso en la frente y la empujé hacia nuestra habitación.

Mi hermana no debería ocuparse de estas cosas; son mi responsabilidad y ella es muy pequeña aún. No entiende qué pasa ahí fuera y no debería quitarle sueño. Ya llegará el día en el que crezca y que ya no pueda protegerla más, pero quiero aprovechar los años, o meses, que le queden de inocencia.

Me arrodillé al lado del colchón de mi madre, que parecía dormida. Sin embargo, abrió un poco los ojos y me dijo:

-Estaba preocupada…

-Sí, lo siento. Me entretuve un poco más de lo normal. Debería haber llegado antes.

-¿Ha pasado algo? -mi madre balbuceó tanto que no sabía si estaba despierta o estaba hablando conmigo en sueños.

-No, todo ha estado bien, sin sustos. Ahora descansa. Ya te lavaré bien mañana y haré una sopa caliente.

Mi madre volvió a cerrar los ojos y se hundió un poco más en la almohada. Respiraba con mucho ruido en los pulmones y solía toser mientras dormía. El libro de enfermería que aún guardaba en la mochila no me había dado ninguna ayuda para tratarla o aliviarle la tos.

Me erguí. Recogí los trozos de tela que mi madre usaba de pañuelos y los llevé a la cocina. Saqué un cuenco grande de agua del barril donde la guardábamos y los puse a remojo. Luego fui a mi habitación y vi a mi hermana sentada en cama.

-Hoy has tardado mucho -me pareció mucho más cansada que cuando entré en la casa.

-Lo sé. No era mi intención. Se me pasó el tiempo demasiado rápido.

Empezó a tumbarse en cama y a taparse con una sábana fina. Por las noches hacía más calor que durante el día.

-¿Sabes qué? Te he traído otro libro.

-¿De verdad? -dijo ilusionada. Le gustaban los libros y las historias más que a mí.

-Sí, pero te lo leeré mañana. Ahora es muy tarde. Tienes que dormir.

Volví a besarla en la frente y fui al salón. Doblé con cuidado el chal y lo colgué del perchero, recogí mi mochila con los cuatro libros dentro, y apagué el quinqué. Fui a la cocina y empecé a ojear los libros que el hombre me había dado.

La letra no era tan bonita ni definida como la de los libros de la biblioteca. La impresión tampoco: el bloque de texto estaba torcido respecto al papel, y el cosido del lomo tenía hilos sueltos. Alguna página de dentro también estaba suelta. Sin embargo, no empecé a leerlo.

Si de verdad quedaba alguna esperanza dentro de la Tierra, si se podía hacer algo para cambiarla, no quería saberlo. No quería saberlo, porque no podía dejar mi casa y dejarlas a ellas solas. Aparté esos dos libros y volví a sacar el de enfermería. Empecé en una página en la que detallaba la importancia de usar un material estéril.

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