Huele a carne, gas, flores.

Aquella noche dormimos en almohadas de concreto, cristales en el cabello. Mientras todos se agrupan para llorarle a pedazos de piedra, vagabundos cruzan miradas como sombras cuarteadas en una esquina. Cascos amarillos salen por todas partes. Hombres y mujeres, uniformados hasta la mente. La noche huele a carne, gas, flores. Apagué el teléfono, sin señal, ahorrar batería. tal vez estaba muerto, aun no me daba cuenta. Familias huyen del edificio dejando ropa, mascotas dentro. Alguien sintió un movimiento. No importa, los recuerdos son eso que rasca la piel dejando surcos. Aquel esqueleto colapsado comerá todo, lo hará mierda, como aquello que reposa en el cajón olvidado creyendo estar intacto. Sobreviví al primero, también este. Por qué a mí, por qué. Dice un viejo sosteniendo un montón de piedras. Aún no aprendes la lección, no aceptas la realidad, aferrarte al sentido de pertenencia es tu sepultará, que la tierra es tu verdadera casa, que nadie va a llorarte cuando decidan meter la maquinaria, arrasar con lo que jurabas era tuyo. llegué hace dos años, al día siguiente todo cambió. Alvaro Obregón 286, montón de luces, maquinaria, cascos amarillos haciendo fila, listos para entrar. Una mujer llora frente al edifico desnudo, aprieta las manos tragando el llanto. Espera que alguien rescate aquello que era su conocido. La noche sigue iluminada. A dos cuadras, un jardín, casas de campaña, en un café improvisado canta el hombre de la guitarra , le canta a los dormidos, los desmembrados. Escucho sentado en una banca, tanteando la madrugada, diciendo buenos días a los chalecos naranja en fila esperando el turno para entrar a la zona cero. Los que esperan llevan el rostro sonrojado, el anhelo de los héroes nocturnos; salir cargando cadáveres florales mientras todos aplauden, la nota del momento, su nombre, el familiar desesperanzado a punto de caer lo ve llegar, vuelve a tragar ese llanto, masticar el alma como los bebes vivos expulsados de la vagina. Al salir ya no tienen rostro, llevan escombros en las pestañas, un aplauso de despedida, el escenario que jamás quizo ver. regresa a casa. Llora frente a la pared.

En el brazo llevo mi nombre, un numero telefónico, alguien que reclame mi cuerpo. Qué tonto, ese papeleo es muy tardado, para este día, a todos les urge echar andar de nuevo la fabrica del dinero. No hay tiempo para velorios, todo está por derrumbarse. Hay que barrer.

Por un momento sospecho que mi tercer intento de suicido fue satisfactorio hasta que una mujer cuenta las ultimas horas junto a sus hijos. ¿se derrumbó el edificio completo?, sip. Así decía el mensaje en el celular, el resto lo vivió. Necesitan 30 minutos de silencio, justo lo que anhelaba antes de que esto sucediera. Puño arriba, apaguen motores, guarden silencio. Oye amigo ¿qué pasa?, quieren ver si hay vida en la tierra. En ese momento gritaron las voces en mi cabeza lo más fuerte que pudieron. Hay vida, lo estoy, duele.

Aún sigue siendo martes, no hubo reloj que marcara el final del día, tampoco el amanecer. Todo era ambulancias, helicópteros que pronto guardaron silencio. En tres segundos desapareció el edifico. Aquí no había espejos. No era un acto de ilusionismo. Debajo, en el silencio estaban mujeres sin terminar el zurcido de su vida. Después todos se amotinaron, entraron los expertos, los uniformados. Vienen los aplausos, un perro bañado en polvo se sacude pasando la cadena humana. Otro silencio, este no puede caminar por sí solo. ¡Apaguen cámaras, celulares!¡No porque estemos aquí vamos a divulgar todo!.

La ciudad tiene la mandíbula dislocada. Se le han roto los dientes. lleva la boca abierta mostrando un gran jardín. Hay risas, carcajadas. Un grupo de malabaristas hace el acto más peligroso para los niños. Los adultos llevan disfraces, el rostro maquillado, como el nuestro, cubierto de tierra a la espera en que los altavoces toquen de nuevo la cabalgata de nuestra valquiria.

Septiembre

2017

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