Observan sus manos con olor a muerte

Se quedaron con las manos abiertas sosteniendo sábanas vacías. Observan mandíbulas metálicas masticando escombros. Fotografías tapizan paredes y postes. Se Busca. Esos que corrieron hasta perder el suelo, el camino. Otros, preguntan por una casa que siga de pie. Ya fueron mucho días. Alguien trajo de vuelta a los turistas estériles. Caminan retratando grietas, reconstruyen las 13:14, lamiendo piedras. Es noche de futbol, los “héroes” desfilan; intercambian camisetas, aplauden.

Ellos llegaron tarde. Tomamos el control ese día, cerramos la boca al hombre del radio. Apagamos motores, Tlalpan guardó silencio. La rabia seguía ahí. Sobrevivimos, ellos son los muertos. Atrapados en el cuadro, el memorial, rostro con frases repetitivas, coronas fúnebres desojadas.

Donceles está en silencio, sus edificios llevan los ojos parchados. Desalojan libros, familias. Venas marcadas, a punto de reventar. Todo tiene descuento, también mi vida. Una nueva costumbre, caminar con la vista arriba, no hacia el cielo, no en clemencia; observo. ancianos colosos decididos a dejar caer el tiempo sobre nosotros.

Dos semanas, Bolivar embotella el silencio hasta llegar al vacío, donde no queda nada. Ahí llegan ojos vidriosos, se persignan frente a la valla, dejan imágenes de mártires, veladoras, toman fotografías. Ropa, zapatos, retrasos de tela, botellas de agua, cientos de baldes forman el escenario. El puño quedó alzado, memoria escrita en una inmensa lapida de escombro. Uniformados vigilan el predio ¿qué cuidan?, tampoco los nombres salieron con vida.

Regresar a casa como si nada hubiera pasado. llevar los taladros en el tímpano. Ver por la ventana camas de cartón compartidas, guardando el frío de la madrugada. ¿por qué no te quedaste en casa?, hubiera sido más fácil. Por un momento pensé en regresarte a tu tierra. Huir como lo hizo ella, recostada en la cama con el televisor encendido, roncando al noticiero nocturno. Despertar para orinar. Un mosquitero para la culpa.

Periódicos aún imprimen trozos de ciudad, reparten culpas a nombres desconocidos. El gran concierto en el zócalo, que si hubiera tenido un carpa, se le podría llamar circo. Todo esto arrastró la tercera semana. Un martes más observando el reloj de la torre latino. Los relevos continúan, cada día hay menos personas. Pesadilla de unos cuantos. Los “condecorados” en primera plana aplaudidos por el viento y una cámara. Los que no subieron al templete observan sus manos con olor a muerte. Recogen bultos, la cifra aumenta.

Hay calendarios sin arrancar el mes. Banderas cuelgan del balcón, esperando ser demolido. Calles cerradas, campamentos. Es octubre, algunos apenas se quitan el polvo, otros duermen en la sala de espera. El camión salé a media noche. Aquí no hay nada, ni una ventana para llorarle.

Octubre

2017

One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.