Un hoyo profundo para el geranio mutilado
Lo más cercano a él, un animal abandonado en el desierto. Numerosas verrugas ocultan su rostro, chinches en gran banquete. Abre la boca, presenta la gran masa de carne colgante, el ojo podrido emerge de la lengua. Escasos dientes rosan el dolor sangrante lavado con saliva espesa. Robusto hilo negro detiene las entrañas podridas que todos palpan cuando intentan bañarlo. Esa cicatriz hambrienta de caricias, una larga costra deseosa de arrancar, por placer, por curiosidad, por verla sangrar, formarse de nuevo con distinto rostro. Su piel, el cuerpo de cucaracha embarazada, brillante, dura. La fuerza por completo truena el tejido, entra la aguja. Su mirada incontrolable persigue sombras olvidando el dolor. Cuando encuentra la paz, lo hace observando al cielo a través de la ventana estrellada por una paloma decidida terminar con su miserable vuelo. Circulo de cloro, creolina, hombres uniformados con guantes, cubre bocas, silencio, lo observan sin pestañear. No hay palabras para el moribundo, ya no es posible nombrarlo. Jamás responderá, sólo es cuerpo, no hay más. Llega la noche, con ronquidos en el cielo junto a la bestia aullando series de bocales, retorcido en el rectángulo blanco percudido. Los inquilinos, los próximos en la lista, ocultan la cabeza bajo la almohada, rezan directo a plegarias, final sin tormento, el último deseo; pestañear, aparecer del otro lado. En la sala del mortecino entran misioneras silenciosas rodeándolo, le toman los pies, lo acarician, humedecen sus plantas pálidas. Inician oraciones de español torpe, precario. Misericordia, el último recurso. Liberado el torso, reposa en las sabanas el cascaron del atormentado hombre que cavaba hoyos para geranios mutilados. No produce otra sensación mas que horror. Rígido sobre la plancha, sin color, inmóvil, armado por montones de llagas que terminan en su circuncidado sexo.
El resto, lo que ahora es, pasa la noche rodeado de velas. Compañeros de cuarto pasan a visitarlo, decirle adiós. Es imposible formar vínculos con el desconocido, con el difunto, nadie quiere compartir tierra con aquel rostro de sonrisa trabada a punto de reventar a carcajadas esparciendo la dentadura pútrida. Las horas son el silencio con luto de escobas, agua, más cloro. El monótono proceso de hacer la cama; nueva sabana, almohada lista.
Lo esconden bajo la bolsa negra. El principal pasajero de la camioneta blanca con vidrios polarizados ya está listo para su destino. Nadie dice nada, todo es un proceso de papeles firmados junto al sello de recibido. Neumáticos crujen el camino empedrado hacia la salida. Rejas impiden el paso de quienes tendrán la misma suerte. El cortejo fúnebre de polvo y chamizos esconde la placa de la carroza en su avance. Hay correspondencia abandonada; sobres amarillentos que dicen urgente, pruebas de flema y sangre, montones de manos cicatrizadas con nacientes hongos luchan por encontrar su nombre, las buenas noticias que aquí son escasas.
