LAS HORMIGAS Y EL JAZMIN — Carlos Ariel Campi

Había una vez en un jardín, una colonia de hormigas jardineras. Dentro de la colonia vivían varias familias especiales y estaba organizada en diez hormigueros que acunaban cien familias cada uno. La colonia contaba además con un hospital, un club social y deportivo, una escuela, un colegio y una universidad. Toda esa estructura ocupaba un metro cuadrado alrededor y a la amable sombra de un jazmín. Todo estaba perfectamente planificado por la Reina Dolores, hormiga muy hábil para negociar con los esfuerzos de las demás, pero muy poco predispuesta a dar de sí lo mejor para el bienestar general de la colonia.
La rutina cotidiana tenía una dinámica sólo comparable a la exactitud de los mejores relojes Suizos y, no precisamente gracias a la Reina Dolores, sino al esfuerzo, el tesón, la honestidad, el temple, la dedicación al trabajo, la educación y la fortaleza de la enorme mayoría de las hormigas trabajadoras. Al cabo de cuatro años la población creció tanto que triplicaron la superficie y la cantidad de hormigueros, pero seguían teniendo sólo el servicio de un hospital, un club, una escuela, un colegio y una universidad. El secretario de planificación social distribuyó los hormigueros al norte, al sur, al este, al oeste y en el centro, en relación al jazmín. Prácticamente cada grupo funcionaba de manera independiente y así, las hormigas del norte poco se relacionaban con el resto de las hormigas de los otros grupos. El Palacio Real estaba ubicado y protegido al pie del tronco del jazmín, así como lo estaban el hospital, el club, la escuela, el colegio y la universidad.
Y la colonia seguía creciendo…
Un joven hormiga del norte decidió seguir la carrera de hormitólogo. El hormitólogo es aquel profesional que se dedica al cuidado y rehabilitación de las bocas de las hormigas, profesión que por ese entonces era muy valorada por las familias de termitas. Su nombre era Lug. Durante el segundo año de sus estudios universitarios conoció a una hormiga del centro llamada Samay y, como esas cosas que sólo pasan una vez en la vida, rápidamente se dieron cuenta que eran el uno para el otro y formaron así una familia. Samay ya era mamá de una hormiga bebé llamado Narsés, a quien Lug cobijó como si fuera su propio hijo. Ya en el cuarto año de sus estudios nació la segunda hormiguita de esa unión a quien llamaron Ciro. Luego vinieron años en los que Lug pudo lograr el título y, ya definitivamente instalados en el centro de la colonia, empezó a dar sus primeros pasos profesionales. Los padres de Lug (artífices de esa esencia noble y tesonera de Lug y compañeros de cada decisión que él tomase) también formaban parte de las hormigas profesionales: el papá al servicio del cuidado de la salud de las hormigas y, la mamá contabilizando las provisiones que acumulaba cada hormiguero y vigilando de cerca los ingresos y egresos de esa mercadería.
Paralelamente a estos acontecimientos la colonia seguía creciendo de la misma manera desordenada, profundizando cada vez más la distancia entre quienes tenían la posibilidad de progresar y, aquellas hormigas que carecían de esas “oportunidades”. Este caos fue atravesando la cultura de la colonia que ya a esta altura había perdido la formación sólida en valores que tenían aquellas hormigas mayores, a quienes ya prácticamente nadie escuchaba. Podría decirse que los jóvenes de la colonia no tenían rumbo, salvo que estuvieran contenidos en un núcleo familiar que conservara esa formación rica en valores que supieron tener años atrás. La escuela, el colegio, la universidad, el club y el hospital no escapaban a esa realidad. Conforme avanzaba la densidad poblacional de la colonia, aparecían escuelas, colegios, universidades, clubes y clínicas médicas privadas a las que accedían sólo aquellas hormigas que pudieran pagarlas. La Reina y su gabinete tenían una sola preocupación: su “bienestar personal”. Exigían esfuerzos cotidianos muy grandes a las familias de hormigas recolectoras ya que, al aumentar la cantidad de hormigas de la colonia, aumentaba proporcionalmente la demanda de provisiones. Si bien la naturaleza del jardín era muy generosa, llegó un momento en el que la demanda comenzó a superar la oferta de alimentos. Sobre todo en invierno.
Cuando Lug ya llevaba un par de años de profesión, nació la buscada hormiguita Izaro. Iza (así la llamaban cariñosamente en la familia) tuvo algunas dificultades al momento de nacer. Primero se enfrentó a una cesárea que interrumpió su gestación a los siete meses y, a pesar de su prematurez, nació con un buen gramaje. Esos primeros días en la sala de nehormitología (sala de cuidados intensivos para hormigas prematuras) no fueron sencillos. Pasados los veinte días y con unos pocos gramos ganados, Iza recibía el alta y llegaba al hormiguero donde vivía su familia y dónde la esperaban ansiosos Narsés y Ciro. Luego de unos quince días de recibir amor y cariño por parte de los hermanos, padres, tíos y abuelos, una nueva situación ponía en riesgo la vida de Iza: una hormibronquiolitis. Otra vez a la sala de nehormitología para que la pudieran ayudar a salir adelante y, tras unas semanas de resistir con una fortaleza admirable ese sufrimiento respiratorio, Iza estaba lista para volver a casa. Hablando de Samay y Lug, sólo aquellos padres que atraviesan situaciones como esa saben lo que son los horarios de visitas restringidos, el tiempo que parece no transcurrir entre turnos pero que desaparece velozmente durante la visita, los anuncios de los médicos y la incertidumbre sobre “lo que nos dirán”; en fin, el día a día o el minuto a minuto.
Así la familia empezó de nuevo. Se reconstruyeron alrededor del cariño de una hormiguita que les había demostrado que estaba dispuesta a dar todo de sí para salir adelante. Lo que ninguno de los integrantes del hormiguero imaginaba era lo que iba a venir. La pequeña Iza lentamente y a su ritmo avanzaba en la mejoría nutricional (aunque siempre con dificultades para ganar gramos de peso). Llegó al primer año con dificultades para sostenerse sentada, logrando pararse sólo de la mano de otra hormiga de la familia o sujetándose de los muebles que alcanzaba gateando.
Y pasaron los meses… En la familia comenzaron a preocuparse por la demora de Iza en adquirir ciertas conductas habituales esperables en comparación con otras hormiguitas de su misma edad. Hasta que finalmente, el equipo de hormigas estimuladoras que acompañaban el desarrollo de Iza desde el comienzo, tuvieron el acierto de hablar con Samay y Lug para anunciarles que algo no andaba bien con el desarrollo neurológico de Iza. Estudios van, estudios vienen, los médicos llegaron al diagnóstico de una parálisis cerebral en la forma de diplejía espástica, situación que justificaba la dificultad de Iza para movilizar correctamente sus patitas traseras. Los padres por lo general están preparados para recibir hijos fuertes, sanos y saludables. ¿Qué sucede cuanto les cambian el plan? Veremos aquí el ejemplo de uno de los tantos caminos que pueden seguir los padres ante la “noticia” de que uno de sus hijos no goza de todas las “capacidades” esperables. Lug entendió desde un comienzo que no eran momentos de reproches, de sentir culpas, ni mucho menos de caerse anímicamente ya que Iza iba a necesitar mucho apoyo. Lug decidió entonces que debía poner toda su energía al servicio de las necesidades de Iza y ocuparse porque ella lograra el máximo de su potencialidad. Por su parte Samay tuvo una reacción algo distinta, necesitó atravesar una primera etapa en la que enfrentó sus propios temores, su inevitable sentimiento de culpa materna, muchas lágrimas derramó hasta que entendió que todo eso no favorecía la situación, ni la altísima demanda que generaba Iza. Además Samay y Lug debían recuperar el vínculo con Narsés y Ciro a quienes habían descuidado un poco obviamente, sin intención.
De esta forma la familia entera decidió avanzar por el camino de la unión, el amor y la búsqueda permanente de las mejores técnicas que ayudaran a Iza a progresar. En esa incertidumbre fueron encontrando hormigas que profesionalmente dieron todo de sí y aportaron luz desde cada lugar a esa sombra que muchas veces paraliza a los padres. Antes de los dos años Iza dejó los pañales, a la edad de tres dejó de gatear y empezó a caminar! Logró una marcha algo inestable y complicada en terrenos pedregosos, pero independiente al fin. Simultáneamente Iza tuvo importantes avances en comunicación, comprensión y aprendizajes que forzaron un nuevo desafío para esta familia de hormigas: la preparación para la escuela, que ahora estaba ahí a la vuelta del jazmín. Después de mucho peregrinar Samay logró que la escuela de la colonia a la que asistían Narsés y Ciro aceptara matricular a Iza y le abriera las puertas a una nueva oportunidad.
Junto a estos años de aprendizajes compartidos, la colonia siguió creciendo (cada vez más desprolijamente), siempre al pie del Jazmín. Jazmín que en los meses de otoño e invierno pierde sistemáticamente la belleza y el aroma de sus blancas flores, dejando sus ramas al desnudo y sin defensa ante la crueldad del frío. Pero que también cada primavera se renueva floreciendo año a año con la misma fuerza.
En otros cuentos podremos hablar y describir las innumerables dificultades que en lo cotidiano enfrenta Iza y que puede superar, gracias a la defensa inagotable de sus derechos que impulsa toda su familia. Es cierto que a veces dejan cicatrices difíciles de borrar y que la resiliencia les permite transformar en aprendizajes positivos. Pero… Lo más importante de esta amable historia es que: “Sólo quien ha caído en la vida, sabe lo que es levantarse. Como sólo sabe a qué huele el Jazmín, quién cultiva un Jazmín en su Jardín”.
Y colorín colorado… este cuento NO ha terminado!

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