El monito sordo

La tarde previa a la destitución de Pedro García Cuartango como director de El Mundo aterricé en su despacho después de la reunión de portada con el informe “La revolución de las redes sociales: implicaciones políticas y de seguridad”, elaborado por la Asamblea Parlamentaria de la OTAN. Este trabajo analiza y documenta el fenómeno de las redes, desde sus expresiones más útiles para una democracia, como el diálogo directo entre ciudadanos y gobernantes, hasta los usos más maliciosos, pasando por algunas de las técnicas usadas por Rusia, maestra en el manejo de las plataformas sociales como arma en la denominada “guerra de la desinformación.”

Los acontecimientos del día posterior me impidieron comentar el informe con el director, si bien ya sabía que el tema le interesaba y le preocupaba por anteriores conversaciones que habíamos mantenido sobre herramientas de verificación en redes sociales, episodios de la guerra sucia contra el entonces candidato francés Macron o el último gran “hackeo” masivo de mediados de mayo. García Cuartango, guardián de las esencias del periodismo más ortodoxo, me demostró en numerosas ocasiones que era perfectamente consciente de que, sin la observación de todo lo bueno y malo que se cuece en las redes sociales, es imposible entender qué ha pasado el mundo en la última década, que está pasando y qué pasará. Las redes sociales se han revelado como una de las herramientas más potentes del siglo XXI para la política, la diplomacia y la guerra ¿Cómo vamos a contar lo qué sucede en ellas si nos tapamos los oídos y no queremos escuchar? Sin poner en su vida un solo tuit, García Cuartango es uno de los periodistas que mejor ha comprendido la importante de la “escucha” para entender la comunicación hoy día. Se ha acercado al fenómeno con curiosidad intelectual y esa es toda la diferencia.

De entre los nuevos ídolos que han ido surgiendo para suplantar a las antiguas fes se encuentran las redes sociales, producto de las nuevas tecnologías. Twitter, por ejemplo, es una fe de vida. Quien no está en Twitter no existe, yo mismo sin ir más lejos. Tuiteo ergo sum. Quedó viejo y obsoleto aquello de pienso, luego existo. La mayor parte de las opiniones expresadas en Twitter son irrelevantes y vergonzosas. Uno ya no cabe en su asombro ante semejante asamblea de sabios. Y qué se puede decir de los 140 caracteres. Sí, sí, la historia de la literatura está repleta de memorables 140 caracteres, incluso de muchos menos: el comienzo de la Eneida o del Quijote… Pero aquí pocos Virgilios y Cervantes”

Este párrafo pertenece al artículo El liberticidio de internet, firmado en el diario El Mundo por el escritor César Antonio Molina. El intelectual enumera las, en su parecer, negativas consecuencias que la aparición de la web y las redes sociales están acarreando para la juventud, la enseñanza, el control de la privacidad o la libertad individual. El texto de César Antonio Molina contiene reflexiones acertadas e interesantes… y osadas para quien, como él mismo admite, no tiene experiencia de usuario: “Twitter, por ejemplo, es una fe de vida. Quien no está en Twitter no existe, yo mismo sin ir más lejos”. La curiosidad intelectual queda así sacrificada en beneficio de los prejuicios que alimentan una corriente de pensamiento, según la cual no puede salir nada bueno de una herramienta en la que cualquiera tiene derecho a intercambiar puntos de vista, conocimiento, información o emociones.

Y efectivamente: Internet y las redes sociales, al igual que otros escenarios de nuestras vidas, están habitados por elementos indeseables, nocivos, incluso delictivos, pero también de maravillosas historias e intercambios enriquecedores. No podemos combatir lo negativo ni disfrutar de lo bueno si nos obstinamos en hacer como el monito sordo y seguimos tapándonos los oídos.

La criminalización de las redes sociales y la falta de escucha nos alejan de todo un sector de la población que ha hecho de ellas su ecosistema vital. Vivimos en medio de una crisis profunda y generalizada a la que no le estamos dando respuestas, y los jóvenes en su soledad se confían a la compañía de las redes sociales. Sus cerebros ya son parte de estos otros electrónicos porque no son capaces de formular un pensamiento por cuenta propia. Internet es la pereza frente al esfuerzo, internet es, en muchos sentidos, una forma de liberticidio”, escribe César Antonio Molina.

¿Apagamos Internet?¿Cerramos las redes sociales? ¿Y por qué no explorar sus recursos y buscar la síntesis entre el conocimiento y la viralidad, entre el debate y la interacción, entre la jerarquización y el formato móvil, entre el presente y el futuro?

¿Por qué no escuchamos?