Necesitamos hablar de sexo, ciencia y sociedad

Por Helena Cronin

El poeta Philip Larkin proclamó que el sexo comenzó en 1963. Se equivocó en 800 millones de años. Además, lo que comenzó en los años 1960 fue, en su lugar, una campaña para expulsar el sexo — especialmente las diferencias sexuales — a favor del género.

¿Por qué? Porque se creía que las diferencias biológicas significaban determinismo genético, inmutabilidad, anti-feminismo y, lo más grave, opresión de las mujeres. El género, sin embargo, estaba en el ámbito de las fuerzas sociales: “masculino” y “femenino” eran construcciones sociales, materia de luchas políticas; de esta manera el género era el sexo seguro.

Esta campaña ha tenido éxito. Ahora el sexo lucha por ser escuchado en medio de un clamor de conceptos erróneos, invenciones y denuncias. Y el género es omnipresente, dominando el pensamiento mucho más allá de la cultura popular y extendiéndose hasta la ciencia, de tal manera que recientemente una respetada publicación de neurociencias se ha visto en la necesidad de dedicar toda una edición a instar a que el sexo sea tratado como una variable biológica.

Y, lo más profundo de todo, el género ha distorsionado las políticas sociales. Esto se debe a que la campaña ha sufrido un desagradable error en su misión. Su objetivo se ha transformado de la eliminación de la discriminación contra las mujeres a una búsqueda profundamente equivocada de la igualdad de resultados para hombres y mujeres en todos los campos, sobre todo el 50:50 en todo el lugar de trabajo. Esto tiene su origen en un error fundamental: la confusión entre igualdad y uniformidad. Y es un error demasiado fácil de cometer si su punto de partida es que los sexos son “realmente” lo mismo y que las diferencias aparentes son meros artefactos de la socialización sexista.

Considere ese 50:50 de igualdad de género en el lugar de trabajo. Una llamada agitada. Pero ¿cómo sería? (Estas cifras son del Reino Unido, pero las proporciones son casi idénticas en todas las economías avanzadas). Enfermería, por ejemplo, está compuesta actualmente por un 90% de mujeres. Entonces 256.000 enfermeras tendrían que cambiar de área. Afortunadamente, gracias a un éxodo masculino concomitante, 570.000 más mujeres serían necesarias en las carreras de construcción civil. Quince mil mujeres serán necesarias como limpiadoras de ventanas. Ciento setenta mil mujeres electricistas. Ciento treinta y un mil mujeres mecánicas y maquinistas. Y 32.000 mujeres ingenieras de telecomunicaciones.

Por lo demás, actualmente las profesiones más peligrosas y sucias están compuestas por hombres en casi el 100%, al menos medio millón de empleos. Esto requeriría un éxodo masivo de un cuarto de millón de mujeres de otras ocupaciones “desequilibradas”. ¿Tal vez las profesoras se convertirán mañana en igualitarias recolectoras de basura, obreras de las canteras, techadoras, operadoras de depuradoras y aguas residuales, montadoras de andamios, operadoras de montacargas y grúas?

¿Y tal vez les crezca el pelo a las ranas igualitarias? Llegando a este punto, la cuestión es: si esta es la solución, ¿cuál era el problema al final? Los defensores del género parecen claramente inconscientes de que, gracias a su confusión entre igualdad y uniformidad, están ahora respondiendo a un conjunto enteramente diferente de preocupaciones — tales como “diversidad”, “representatividad”, “desequilibrio” — , sin preguntarse qué diablos tiene esto que ver con el problema original: la discriminación.

Y las confusiones se ramifican. Tenga en cuenta que igualdad no es uniformidad. La igualdad se refiere al trato justo, no a que las personas o los resultados sean idénticos; entonces la justicia no requiere ni debe demandar uniformidad. Sin embargo, cuando la uniformidad se confunde con la igualdad — y la igualdad tiene que ver, por supuesto, con la justicia — la consecuencia es que la uniformidad acaba por compartir con la igualdad su alto nivel moral, sin merecimiento. Y las discrepancias sobre lo masculino y lo femenino se convierten en una cruzada moral. ¿Por qué hay tan pocas mujeres que son CEO o ingenieras? Se vuelve socialmente sospechoso explicarlo como un resultado no de la discriminación, sino de las diferencias de elección.

Bueno, eso no debería ser sospechoso. Porque los sexos son de hecho diferentes — de manera que, en promedio, hacen una diferencia notable en su distribución en los actuales lugares de trabajo.

Entonces necesitamos hablar de sexo.

He aquí por qué los sexos difieren. Un organismo sexual necesita dividir su inversión reproductiva en dos asuntos: competir por parejas sexuales y cuidados a la prole. Casi desde el origen de la reproducción sexual, un sexo se especializó un poco más en competir por parejas y el otro un poco más en cuidar de la prole. Esto ocurrió porque solo un sexo podía heredar las mitocondrias (las plantas de energía de las células), de modo que un sexo comenzó con células sexuales más grandes y más ricas en nutrientes que el otro sexo. Y así comenzó la gran división entre grandes ovocitos llenos de nutrientes, ya invirtiendo en “cuidados” — proveyendo para la prole — y los pequeños espermatozoides, reducidos y simplificados, ya compitiendo por esa inversión vital. Durante eras evolutivas, esa divergencia se extendió, proliferando y amplificándose, en todas las especies sexuadas que ya existían. De modo que las diferencias van mucho más allá del aparato reproductivo. Son adaptaciones distintas para estrategias de vida diferentes de competidores y cuidadores. Dondequiera que los ancestros masculinos y femeninos se hayan encontrado con problemas adaptativos diferentes, debemos esperar diferencias sexuales, englobando cuerpos, cerebros y comportamientos. Y debemos esperar que, reflejando esas diferencias, los competidores y los cuidadores tendrán prioridades vitales diferentes. Es por esta razón que, a partir de una asimetría inicial, las mismas diferencias características entre machos y hembras evolucionaron a través de todos los animales sexuados, diferencias que impregnan lo que constituye ser macho o hembra.

Y en lo que se refiere a resultados diferentes en el lugar de trabajo, las causas son sobre todo los diferentes intereses y temperamentos (y no que las mujeres sean “menos inteligentes” que los hombres). Las mujeres tienen en promedio una fuerte preferencia por trabajar con personas — por eso las enfermeras y profesoras — ; y, comparadas a los hombres, ellas se interesan más en la familia y las relaciones y tienen prioridades e intereses más amplios — por eso el poco atractivo a convertirse en CEO. Los hombres tienen mucho más interés en “cosas” — por eso los ingenieros — ; y son mucho más competitivos: toman más riesgos, son más ambiciosos, buscan más estatus, son más obstinados y oportunistas — por eso los CEO. Hombres y mujeres tienen, en promedio, concepciones diferentes de lo que constituye el éxito (a pesar de la insistencia de género en imponer la misma concepción — masculina — de éxito a todo el mundo).

Y he aquí algunas evidencias intrigantes. El “género” predice que cuanto más disminuya la discriminación, más convergirán hombres y mujeres. Pero un estudio con 55 naciones descubrió que es en los países más progresistas, democráticos e igualitarios donde la divergencia era mayor. Cuanto menos sexismo, más diferencias sexuales. Esto sugiere que la diferencia es evidencia no de opresión, sino de elección: no la socialización, ni el patriarcado, ni la falsa conciencia, ni siquiera las camisas color de rosa o los pronombres personales… sino la elección femenina.

Un entendimiento evolutivo muestra que no se puede haber sexo sin diferencias sexuales. Es solo en este poderoso marco científico — en el cual las preguntas ideológicas se vuelven respuestas empíricas —donde el género puede ser propiamente entendido. Y mientras la fluidez de las “sexualidades” entra en la conciencia pública, el sexo es cada vez más crucial para la discusión informada y esclarecida.

Por el amor a la ciencia, a la sociedad y al juicio, traigamos el sexo de vuelta.


Helena Cronin es filósofa y co-directora del Centro de Filosofía de la Ciencia Natural y Social de la London School of Economics.