Espacio educativo como algo más que organización

Práctica Generativa: “Analizar la enseñanza con el propósito de mejorarla (PG18)”


El espacio educativo según las Bases Curriculares de la Educación Parvularia (MINEDUC, 2001) es que es un conjunto de elementos de carácter físico que considera aspectos de organización que son característicos de los ambientes de aprendizajes, entre los elementos que menciona MINEDUC (2001), se encuentran la materialidad, el diseño, las dimensiones, los materiales y su disposición, entre otros.

Sin embargo, MINEDUC (2001) explica que no es sólo el aspecto físico, sino que hay un propósito mayor y profundo, es en esta relación que se concibe el espacio educativo, que también es llamado ambiente de aprendizaje. Es a partir de esta concepción profunda e intencionada del espacio, considerando los recursos y distribución, donde este aspecto surge como un elemento fundamental en el desarrollo de aprendizajes.

El espacio educativo, es más que solo el lugar que se irá a utilizar para realizar experiencias, sino que el espacio surge como oportunidad para crear vínculos y conexiones. Estar hablando de ambientes de aprendizajes es considerarlo como un “espacio de construcción, de intercambio, estimulador y reflexivo, tanto para los alumnos como para el profesorado (Duarte, 2003).” (Riera, Ferrer & Ribas, 2014, p.24). Por lo tanto, para crear espacios que sean un aporte para el aprendizaje y desarrollo de los niños/as, es necesario entender que este espacio debe promover que los niños/as sean autónomos en su aprendizaje, entregar oportunidades para que ellos tomen decisiones en cuanto a la exploración, el descubrimiento, el pensamiento, entre otros; ser un espacio que permita las interacciones entre los niños/as de forma que se produzca un aprendizaje colaborativo y que atienda a la diversidad presente en estos grupos de aprendizaje (Riera, Ferrer & Ribas, 2014, p.24).

Para lograr constituir el espacio como un ambiente de aprendizaje significativo, Riera, Ferrer & Ribas (2014) se ciñen a lo que señala Otárola (2010), que para que sea logrado es necesario “explicitar y operacionalizar” 5 criterios donde el espacio actúe en una situación:

1) Estructurada, alrededor de objetivos centrales y metas específicas;
2) Intensiva, que exija la resolución de problemas relacionados con metas de la cultura;
3) Extensiva, que permita manipular la complejidad de las metas en el tiempo;
4) Que favorezca contextos complejos de interacción y,
5) Generativa, que exija el uso de variadas competencias.
(Riera, Ferrer & Ribas, 2014, p. 25).

Es entendiendo lo anterior, que los espacios educativos son ambientes que buscan favorecer el aprendizaje de diversos contenidos, no solo enfocado en lo conceptual sino promoviendo y fortaleciendo “competencias afectivas, sociales y cognitivas necesarias para enfrentar de manera creativa las demandas crecientes del entorno durante los primeros años de vida” (Otálora, 2010, p. 80, citado en Riera, Ferrer & Ribas, 2014, p.25)”. Por lo tanto, la concepción del espacio como un factor educativo permite que los niños/as sean protagonistas de su propio aprendizaje y que se den ambientes activos, comunicativos y significativos donde el niño/a pueda construir, pensar, experimentar, crear, entre otros.

Zabalza (2006) también señala, que para lograr contextos enriquecidos que favorezcan el aprendizaje es necesario desarrollar espacios que inviten a participar, considerando que este no solo es un elemento que aporta en el aprendizaje, sino que permite que los niños/as adquieran aspectos sociales que influirán en su aprendizaje personal. Para este autor, la actitud del docente es fundamental, ya que es este quien debe apropiarse del espacio para que lo convierta en un recurso didáctico que aporte al aprendizaje, entregando oportunidades de participación y que sea un estímulo para las experiencias (Zabalza, 2006).

Para Lavanchy & Susuki (1994), los espacios físicos bien organizados y equipados permiten el aprendizaje activo en los niños/as, por ende es necesario que el adulto ofrezca un espacio donde los niños/as puedan escoger, manipular, explorar y solucionar problemas a partir de los materiales propuestos, sugieren que este ambiente debe ser “cálido, estimulante y ordenado, debe permitir al niño sentirse cómodo y acogido, elegir y tomar decisiones, favorecer su actuación y pensamiento autónomo” (Lavanchy & Susuki, 1994, p. 57). Por lo tanto, las autoras mencionan que los espacios deben estar delimitados y definidos, para que los niños/as comprendan cual es la zona que van a usar.

Finalmente, es necesario destacar lo que señalan López y Gutiérrez (2002), en cuanto a la importancia de la planificación de estos espacios y el rol del adulto en ello, ya que el buen uso y organización del espacio invita y condiciona la forma de interactuar de los niños/as por ende, el espacio se convierte en un agente educativo y como señalan los autores, en un “factor didáctico puesto que nos ayuda a definir la situación de enseñanza-aprendizaje y nos permite crear un ambiente estimulante para el desarrollo de todas las capacidades de nuestro alumnado, así como favorecer la autonomía y motivación del equipo de profesores”. (p. 134).

A partir de lo revisado en cuanto al espacio educativo y lo vivido durante las prácticas en mi formación como futura educadora de párvulos, considero que es un aspecto en el cual aún me queda bastante por aprender, no es sólo la organización y la elección de este espacio, sino entender y reflexionar en cuanto a lo que proyecta, ¿cómo se visualiza al niño dentro de este ambiente en el cual va a participar?, ¿qué tipo de aprendizajes fomenta esta forma de organizar el espacio? ¿Cómo se darán las interacciones entre los niños/as? ¿Cómo es mi rol con futura educadora al visualizar estos espacios? ¿Qué estrategias se pueden abordar a través de esta propuesta? Por ende, considero fundamental tomar los aspectos mencionados anteriormente porque no solo se trata del aprendizaje, sino que la socialización entre pares, las vivencias y porque no, la construcción del sentido de pertenencia de los niños/as en el aula donde habitan gran parte de su tiempo.

Es en cuanto a la reflexión sobre el espacio educativo, que se proponen tres orientaciones que permitirán que durante mi práctica educativa pueda hacer las conexiones sobre algunos aspectos a considerar de la organización de este espacio durante las experiencias de aprendizaje.

La primera es el uso de tarjetas durante la planificación con preguntas referidas al espacio que permitan entender como se está visualizando el espacio y que es lo que se espera lograr con él, entre estas:

· ¿Qué espacio se va a usar?

· ¿Cómo se dispondrá el mobiliario?

· ¿Por qué se usará ese espacio?

· ¿Qué oportunidades de participación de os niños/as permite esa organización?

· ¿Cómo se visualiza el niño/a a través de este espacio?

· ¿Qué interacciones promueve el espacio niño a niño / niño a adulto?

La segunda orientación, es el uso de una pulsera morada que permita recordar la importancia de mantener los espacios que han sido planificados para la experiencia, que no se hagan cambios de escenario, es decir de cambiar una experiencia de la sala al patio sin antes considerar los aspectos que influyen en ese cambio y que efectos conlleva. Por tanto, la pulsera morada es un recordatorio para reflexionar sobre las decisiones diarias en cuanto al uso de otros espacios que no han sido planificados con anterioridad.

Una tercera orientación, refiere en cuanto a los materiales que se usarán en las experiencias y en su relación con el espacio, en el sentido de si es favorable usar cierto material en el espacio planificado, y como es la organización de este material para las experiencias.

Análisis de las aplicaciones de las orientaciones propuestas:

En cuanto a las tres orientaciones propuestas anteriormente, cabe mencionar que dos de ellas se pudieron llevar acabo, siendo estás la segunda y la tercera, la no aplicación de la primera corresponde a que las experiencias a aplicar ya se encontraban planificadas, por ende, no se podía utilizar las tarjetas que guiará la reflexión y consideración en referencia al espacio.

Para la segunda orientación, se usó una pulsera morada durante aproximadamente dos semanas, esto sirvió como recordatorio constante para organizar el espacio delimitando las zonas donde los niños/as iban a participar. Esto tiene mucha relación con la tercera sugerencia en cuanto al espacio y los materiales, esto debido a que para la organización del espacio hay que determinar si está permite la utilización de los materiales y si los niños/as pueden accionar en ese espacio determinado.

Por ende, el uso de la pulsera permitió darme un tiempo y pensar en si el uso de las mesas permitía la manipulación del material por parte de los niños/as y si está promovía las interacciones entre los niños/as. Además, está pulsera actuó como un freno frente a las decisiones de cambio de espacio que surgen en el momento, puesto de que si este se encuentra planificado así es porque no solo considera las oportunidades que se brinda a través de él, sino que las características del grupo con el que se va a trabajar.


Referencias Bibliográficas

López, C. P., & Gutiérrez, C. L. (2002). El espacio como elemento facilitador del aprendizaje: una experiencia en la formación inicial del profesorado. Pulso: revista de educación, (25), 133–146.

Lavanchy, S. & Susuki, M. (1996). Organización y estructuración de espacio. El curriculum cognitivo y su aporte al niño chileno.

MINEDUC (2001). Bases Curriculares de la Educación Parvularia. Santiago, Chile: [s.n].

Riera, M. A., Ferrer, M., & Ribas, C. (2014). La organización del espacio por ambientes de aprendizaje en la Educación Infantil: significados, antecedentes y reflexiones. RELAdEI. Revista Latinoamericana de Educación Infantil, 3(2), 19–39.

Zabalza, A. (2006). Organización de la sala de clases. Didáctica de la educación infantil. Narcea: España, Madrid.

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