#NoMatarás

“La sangre es licor precioso y derramarla el último argumento”, fueron las palabras que nos enseñó Fernando González. Y es que ese fluido natural que nos mantiene en pie, la savia que atraviesa el pensamiento y llena de vida los rincones de este organismo tan complejo, no debería derramarse y todo esfuerzo es poco para que logremos evitarlo.

¿Cuántas veces nuestra propia sangre ha sido derramada? Ya perdimos la cuenta.

En 1991 Medellín alcanzó el número de homicidios más alto en toda su historia: 267 por cada cien mil habitantes. En ese momento el mundo nos conocía como la ciudad más
violenta del planeta. Han pasado muchos años desde entonces, y en los últimos tiempos alcanzamos el más bajo índice de homicidios desde hace 40 años: 19 asesinatos por cada cien mil habitantes en el 2015, y 21,5 en el 2016.

Nosotros venimos hablando de estas cifras como grandes logros. Lo reconocemos y así lo hemos expresado. Y sí por todas las vidas que han sido salvadas. Y no por lo que se comenta en secreto: que los asesinatos han bajado por las alianzas entre la institucionalidad y la ilegalidad. Y no por lo no se ha dicho: que la baja en las muertes violentas no viene de una reflexión como ciudad sobre el valor de la vida, de cada vida humana que es un mundo en sí misma, tan sagrada que nada hay en el universo que logre reemplazarla.

Vale la pena que nos preguntemos: ¿hemos avanzado en nuestro camino desde 1975? ¿O estamos en el mismo punto? Nosotros tendemos a pensar que hemos caminado hacia atrás: hace 40 años tener este número de muertes violentas era un escándalo; hoy es normal.

Ahora los homicidios no son más que cifras sin rostro; muertes ‘justificadas’ por un robo, por diferencias en el pensar o por un ajuste de cuentas: nuestra miseria en números y maquillada con retórica. ¿Cuándo fue que permitimos que los asesinatos de
nuestros coterráneos se volvieran cotidianos? ¿Cuándo nos dimos la licencia de decidir quién vive y quién muere?

Hoy, en un momento en el que los homicidios en nuestra Medellín parecen no dar tregua y tras haber tenido el día más violento del año con 6 asesinatos que nos hieren profundamente, decidimos derramar anilina vegetal roja en algunas fuentes de agua de la ciudad; porque tal vez, y sólo tal vez re-descubriendo el color de la sangre en esos elementos ordinarios que también representan el movimiento de la vida, nos obliguemos a pensar otra vez en lo que significa derramar la sangre de un hermano, y cómo esta sangre no se reduce a una cifra, como nada calma el llanto de una familia o la esperanza que ha sido truncada.

Y hoy le decimos a cada uno de ustedes, con quienes habitamos esta ciudad que amamos y que constituye lo que somos: ¡NO MATARÁS! Porque nada justifica derramar la sangre de quien vale lo mismo que nosotros.
Porque con cada asesinato es nuestra sangre la que se derrama como sociedad.

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