“El amor es el que nos va a salvar a todos”

Intentas escuchar alguna canción. Sobre todo, porque siempre te anima. No genera el efecto que “Midnight in Paris”, pero algo es algo. Obviamente, no resulta después de haber escuchado el nuevo disco de The Last Shadow Puppets ya 13 veces y dejarte ese empalagamiento musical en el cerebro. Algo así como el de un dulce ácido. Aburrido, bloqueas el celular y lo guardas en tu bolsillo, donde intentas acomodarlo de tal forma que no dañe los únicos dos cigarros que te quedan. Esos cigarros que le robaste a tu hermano, al dejar su saco en el sillón mientras incrementaba su narcisismo en el baño.

Tu hermano, el genio en todos los ámbitos. El que iba a fiestas los fines de semana, mientras tú te veías un tanto obligado a permanecer en tu casa. Que, más que por compromisos, obligado en el sentido de que no tienes amigos y nadie con quién salir. Tu hermano, el que habla. Y habla. Que, cuando no lo hace, aún sientes su pulsante voz en tu mente. Tu hermano, el que no tiembla, ni debe recorrer las manos sobre sus muslos para intentar calmarse cada vez que alguien le dirige la palabra o lo voltea a ver fijamente. Tu hermano, el que no es una miseria.

Sin embargo, tú hermano no es preocupación en este momento. Sobre todo, porque estás en el parque. Ese parque un tanto raro, pero que a ti te encanta tanto. El que refleja su fuerza con la calidad del pasto y la grandeza de los pocos y lindos árboles y que, además, tiene la belleza de las jacarandas que dejan caer sus hojas sobre pasto y lo hacen lucir tan sensual. Repito, un parque un tanto raro. Este, que no es tan convencional y que le faltan bancas, pero que te hace sentir que estás llegando al cielo y tocando las nubes apenas te recuestas en su pasto. Una comodidad que solamente tú notas, como si el parque la brindara solamente para ti.

Obviamente, el parque es solamente una forma de llamar metafóricamente a tu acompañante de vida, a Lucía. Ella, que te hace perder el interés por el poco cariño que recibiste en la vida por parte de tus padres o en la bestia que tú jamás te pudiste convertir. Ella, que te ha hecho dejar de recorrer tus muslos con tus manos tan solo para calmarte y que lo ha sustituido con el simple hecho de hablarte, haciéndote sentir cómo el aire de sus palabras entra en ti y esparce tu cuerpo llenándolo de oxígeno. Ella, que con su cabello castaño ondulado y, sobre todo, con sus pulsantes ojos debajo de esas imponentes pestañas.

Recuerdas el día después de conocerla. Sobre todo, cómo te impactó con esa idea un tanto rara, la que decía que -al final- el amor iba a ser el que nos iba a salvar a cada uno de nosotros. No el dinero, y mucho menos Dios. Recuerdas cómo dejaste de ser ese “hermano” molesto antes mencionado metafóricamente, ya que eres hijo único. Aun así, sigues teniendo esa dañina adicción al tabaco. La primera vez que te negaste a ir a esas comidas, llenas de gente pedante y que solamente califica. Califica y califica.

4 años después de dejar de asistir a las comidas domingueras por tus padres, antes de escuchar la cortada voz de tu madre al teléfono, después de que publicaras la impresionante noticia de Panama Papers, donde se reflejaban las escorias que hacen los ricos, como tu padre.

Tu mamá se niega a dirigirte la palabra después del arresto domiciliario de tu padre, obvio. Sabes que te tienes que ir y lo haces.

Ves los ojos de Lucía, que te aumentan el desinterés por preocuparte por tus padres y te orientan a seguir adelante. Buscas un lugar lejano y terminas huyendo con Lucía hacia Israel; te duele el estómago. Pero ya te acostumbraste a eso, a los nervios, a la incertidumbre. Al miedo. Lucía, obviamente, lo nota. Te ve a los ojos, te acaricia el rostro con la mano izquierda y el alivio de tu mejilla se transmite a todo el cuerpo. Toma tu mano y, finalmente, vuelas libre. Con ella. Dejas atrás todo, y aclaras el futuro dándote cuenta que el amor es el que va a salvar a todos.

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