Cristo Marciano

(Texto publicado originalmente a fines del 2017)

Catalina J. García
Dec 31, 2018 · 13 min read

A los 13 años era una pequeña antisocial. Una niña ratísima. Me pasaba la mayor parte del tiempo jugando a Los Sims, dibujando y leyendo artículos en Wikipedia. Esa era la afición que más me enorgullecía y en la que más tiempo invertía: leer artículos en Wikipedia, lo que en mi mente era una actividad sumamente intelectual y elogiable.

Mis artículos favoritos eran de temas que para entonces consideraba cultos, de alta complejidad y exclusivos, es decir, leía puras cuestiones raras: métodos para identificar a las brujas en la edad media, biografías de astronautas famosos y de todo tipo de sectas y religiones que rompieran con la rutina del aburrido catolicismo.

Creo que mi interés por lo raro a tan temprana edad era parcialmente justificado, había crecido con una abuela muy excéntrica que venía de Europa del este.

Un día, mientras compartía mis descubrimientos en internet con mi familia durante la hora del almuerzo, saltó mi abuela. Recuerdo que me increpó en su precario español mientras hablaba de la cientología: ¿oye pero tu no crees en Jesús?

Yo era chica pero ya para entonces me gustaba jactarme de ser muy crítica y racional. Obvio que no, había contestado. O sea, que existió como personaje histórico no lo dudo, pero no creo que haya sido el hijo de ningún Dios como dice la Biblia.

Ah no, eso no pues, había contestado mi abuela. ¡Ese Dios del antiguo testamento yo creo que era el diablo! Matando a tanta gente. Yo estoy segura de que Jesús era un alienígena, imagínate, con todos esos poderes.

¿Qué poderes? pregunté yo.

¡Resucitar a los muertos, sanar a los enfermos! la gente de la época era tonta y lo único que se les ocurrió fue pensar que tenía que ser hijo de ese tal Yavé o como se llame, pero Jesús no debe haber sido humano, igual que la reina de Inglaterra y Obama.

¿Pero no que esos son malos? le había preguntado. Siempre nos estaba alertando al respecto.

Sí pues, pero Jesús era de los buenos.

Fue así como se me sembró en la cabeza que, si los relatos bíblicos eran veraces, existía la posibilidad de que Jesús hubiese sido un marciano. Mi abuela era una mujer rara pero muy letrada. Venía de un país comunista y yo sabía que los comunistas recibían muy buena educación y nunca bromeaban. Quizá con los antiguos judíos de Israel había pasado lo mismo que, tal y como había leído en alguna parte de internet, había pasado con los mayas: habían conocido a seres extraterrestres con poderes increíbles y los habían retratado con los medios que la época les había proporcionado. Los mayas habían tallado jeroglifos de óvalos voladores, los judíos de Israel habían escrito la Biblia.

Un día, volviendo a mi casa del colegio, decidí tomar un camino distinto. Era una calle amplia y bonita, con árboles que daban sombra. De pronto me encontré con una iglesia. Supe que era una iglesia porque era grande, blanca y solemne. Pensé en entrar. Me gustaban las iglesias. Pero no se podía. La iglesia estaba rodeada con una reja y la reja estaba con llave. En la entrada había un cartel que parecía tallado en piedra de mentira. Decía: Iglesia de los Santos de Jesucristo de los últimos días. Qué nombre más largo, pensé. La iglesia evangélica que estaba en la esquina de mi calle tenía un nombre más corto: iglesia de Cristo nuestro jefe. Mire hacia arriba y me di cuenta de que en la punta no tenía una cruz sino una especie de punta blanca. Me pareció curiosa. Iba a quedarme un rato más mirando cuando de pronto vi que un señor muy rubio y muy elegante salía de su interior. Parecía tener intenciones de acercárseme, así que me fui.

Ese fin de semana escogí a la iglesia con el nombre muy largo como tema a investigar en Wikipedia y descubrí que ese era el nombre oficial de los mormones. En el colegio tenía una compañera mormona y se eximía de las clases de religión Católica conmigo y otros compañeros. Yo me eximía porque le había dicho a mi mamá que me caía mal el Míster Manuel y además encontraba que el cristianismo se preocupaba de puras tonteras. Además, en ese rato libre podía dibujar. Mi mamá había accedido sin escandalizarse, nadie en mi familia era religioso, excepto mi abuela, que se consideraba cristiana porque creía en Cristo el marciano.

Ese mismo fin de semana me enteré de que los mormones creían que Jesús había venido a la tierra desde otro planeta a crear a los humanos, que creían en la vida en otros planetas y que las personas que mejor se portaran, se transformarían en Diosas y Dioses y podrían crear sus propios planetas con gente. Esta información me pareció reveladora y pensé en lo muy bien que coincidía con la teoría de mi abuela. Al fin y al cabo, estaba muy claro que según los mormones Dios había enviado a Jesús desde el espacio exterior y ahí era que hoy estaba después de haber “resucitado”.

El miércoles siguiente, mientras volvía a mi casa del colegio, me di cuenta de que la iglesia evangélica Cristo nuestro jefe se había quemado. Sólo la fachada de madera junto al precario cartel con el nombre escrito a mano y el dibujo de un ángel con una espada sobrevivían. Un día habían ido a mi casa, mi abuela los había echado argumentando que qué tenían que andar explicándole cosas a ella chiquillos más jóvenes, y ese fin de semana habían sido los protagonistas de mi investigación en internet. Nunca más habían vuelto a pasar y tiempo después nuestro vecino nos contaría que habían marcado nuestra casa como una casa de lucifer. De todas formas, a mí me gustaba mirarlos cada tarde después del colegio. Siempre hablaban fuerte y a veces se ponían a llorar.

Ese día me di cuenta de que en la parte de atrás del pedazo de tierra, hoy carbonizado, había una antena muy grande. Era primera vez que la veía porque antes la fachada la había ocultado de forma muy precisa. ¿O quizá de forma muy hábil? Me detuve unos minutos frente a la pequeña iglesia quemada. La antena era muy gruesa y de todas partes le salían pirinolas distintas.

De pronto pensé en la punta que había visto en la iglesia mormona en lugar de la cruz. Después pensé en las cruces que todas las iglesias tenían en la parte más alta de sus construcciones. ¿Por qué todas tenían algo hacia el cielo? ¿Significaría algo? ¿Y si eran realmente antenas? ¿Y si los mormones no tenían una cruz porque habían logrado establecer contacto con Jesús el marciano y se habían dado cuenta de que una antena en punta era más efectiva que una cruz? ¿Y si habían diseñado su religión sabiendo parte de la verdad sobre la naturaleza alienígena de Jesús? ¿Y si todas las personas con poder político y religioso eran también alienígenas, como decía mi abuela? ¿Y si eran reptilianos?

Si Jesús realmente había sido un alienígena significaba que probablemente existía toda una raza como él, y como el cristianismo era una de las religiones con el mayor porcentaje de creyentes en el planeta tierra — un 33% para ser exactos, tal y como había leído en Wikipedia — si un día decidía regresar a la tierra tendría a una importante parte de la población a su merced. Un pequeño escalofrío me recorrió la espalda: quizá todo era un plan muy antiguo para esclavizar a la humanidad.

Dos días después, durante la clase de no-religión del viernes, me acerqué a la Camila, mi compañera mormona. Oye Camila, le dije. ¿Qué? me contestó, estaba haciendo un dibujo. ¿Jesús es un alienígena, verdad? La Camila me miró con los ojos muy abiertos. No supe si estaba sorprendida porque había descubierto la verdad o porque no entendía lo que le estaba preguntando. ¿Qué? dijo. Que Jesús es un marciano po, ya me enteré de todo. Estuve leyendo sobre tu religión y deben ser a los que mejor les ha ido tratando de comunicarse con él y su gente. ¿Tu sabís algo de eso, te han contado algo, se están organizando? demás lo tienen escondido.

La Camila pareció aún más sobresaltada y después ofendida. ¿De qué estai hablando? Respondió. Jesús no es un extraterrestre, de dónde sacaste esa tontera.

Entonces le expliqué las investigaciones que había estado haciendo. De la conexión entre la antena de la iglesia evangélica que estaba en la esquina de mi calle y la punta en la iglesia mormona. Estaba muy orgullosa de haber recopilado tanta información por mi cuenta. Le dije que probablemente habría muchas antenas más por todo Santiago, por todo el país, por todo el mundo. Todas las ramas del cristianismo peleándose por hacer contacto antes que la otra. Quizá por eso se llevaban tan mal entre ellas, a pesar de que creían en el mismo extraterrestre.

La Camila hizo una mueca, entre que quería reírse y entre que parecía darle vergüenza estar conversando conmigo. A ver, dijo. Nosotros no nos llevamos mal con nadie, a mí la Silvana del séptimo B me cae súper bien y ella es Testigo de Jehová. Después, los mormones no usamos cruces porque la cruz es el lugar donde murió Jesús y a nosotros nos gusta poner más énfasis en su vida y sus obras ¿cachai? Por eso no usamos cruces, no sé de dónde sacaste que era una antena. Y Jesús no es un marciano. Fue un ser humano igual que tú y yo, pero hijo de Dios y ahora está con él, en el reino celestial.

¿Y cómo explicas sus poderes para sanar a los enfermos o resucitar a los muertos? y si no ocupan la cruz ¿pa qué tienen esa punta encima de sus iglesias? podrían no usar nada. Para mi está claro que es una antena Camila. Quizá no te han querido contar la verdad. La Camila puso cara de estar perdiendo la paciencia y empezando a enojarse.

Sanaba a los enfermos porque es el hijo de Dios po, genia. ¿De adónde sacaste que los marcianos sanan gente? Y te digo que la punta de las iglesias no son antenas. Además ¿de dónde sacaste que todas las iglesias cristianas tienen antenas? Yo he ido a ver la iglesia de la Silvana y no tienen ni puntas ni cruces ni antenas, las iglesias de los Testigos son como casas comunes y corrientes.

Ah, veo que estás informada. Le contesté. Quizá tienen las antenas escondidas po, quizá son más astutos que todos los demás.

La Camila suspiró exasperada. Ah que erís ridícula, ya chao. Y siguió dibujando sin volver a mirarme.

Esa tarde fui a ver a mi abuela. Estaba segura de que estaría de acuerdo con mis averiguaciones y se preocuparía igual que yo por una potencial invasión extraterrestre. El problema era que ella había dicho que Jesús era un marciano bueno. Pero quizá podía convencerla de que sus compañeros podían no serlo, igual que la reina de Inglaterra y Obama.

La encontré jugando Candy Crush en el computador. Me pidió que la esperara un poco a que terminara la partida. Habiendo terminado, me sirvió un pedazo de queque con un té y le expuse mis ideas. Nana, hay una antena en la iglesia evangélica de la esquina y más allá hay una iglesia mormona y también tienen una punta que estoy segura que también es una antena, te lo juro. Es muy raro, no tiene sentido que tengan esa punta ahí si no es para comunicarse con Jesús que está en el espacio exterior, le expuse. Además, creen en la vida en otros planetas ¡lo leí!

Pero niñita ¿tu estás loca? contestó. La antena esa de los evangélicos es para los celulares pues, cómo va a ser para contactar con extraterrestres, serás tontita. Piensa en las antenas que tienen en la Nasa ¡esas sí son para contactar con alienígenas! qué van a estar contactándose esos pobres de los evangélicos, si con suerte saben leer y escribir. Y esos mormonos, no sé ni quiénes son. Los conocen en su casa nomás. Además ¿qué te preocupas tanto? ¡Si vinieran extraterrestres sería espectacular!

Ya me había preparado para ese argumento: pero Nana, imagínate que los compañeros de Jesús fueran malos como la reina de Inglaterra y Obama y no tuvieran las mismas buenas intenciones que él. Piensa en los humanos: si llegaran a otro planeta puro se pondrían a hacer experimentos y raptar criaturas y otras cuestiones truculentas. Y acá siempre nos andamos estafando los unos a los otros. Si son una raza inteligente deben ser muy parecidos a nosotros.

Oye tú has estado viendo muchas películas raras, voy a hablar con tu mamá. Los extraterrestres en general son de una raza superior pues, más inteligentes y sensatos ¡nos salvarían! Pero Nana ¿y los reptilianos? Esos son otros, viven en el centro de la tierra, no son el mismo tipo de extraterrestre.

Me quedé sin argumentos. Me había cansado de conversar y quizá efectivamente estaba exagerando, quizá efectivamente estaba conectando cosas que no tenían nada que ver una con la otra. Me comí mi pedazo de queque y me tomé el té. Mi abuela me preguntó cómo me había ido en el colegio y le contesté que bien, un poco desanimada. Después de tomar once me fui a mi casa y me puse a jugar a Los Sims. Me sentía derrotada. Mi abuela sabía mucho más al respecto, estaba claro. Y era cierto que las antenas de la Nasa eran mucho más grandes, que a veces las empresas de los teléfonos ponían antenas en terrenos ajenos y les pagaban a los dueños. Quizá así sobrevivía la iglesia de Cristo nuestro jefe y su ángel con la espada. Quizá la punta encima de la iglesia mormona era solo un pararrayos, como ese que está en la punta de la torre más alta de Tokio.

Esa noche me acosté tarde y cansada. Como al día siguiente era sábado pude pasarme toda la tarde jugando en el computador. Cuando puse la cabeza en la almohada me quedé dormida casi al tiro, pero en lo que se sintió como segundos volví a despertar.

Debe haber sido de madrugada porque toda mi casa estaba en completo silencio. Podía oír a mi mamá roncar y el reloj de mi velador hacer tick tock tick tock. Estaba a punto de volver a quedarme dormida cuando mire por la ventana y me di cuenta de que un tenue brillo verde se colaba por el vidrio. Estiré la cabeza desde la cama, intentando ver lo que lo estaba produciendo, cuando me quedé sin respiración. Me puse de pie a tropezones, abrí la ventana y mire hacia afuera, desde mi segundo piso: la ciudad estaba repleta de delgados chorros de luz verdes que zumbaban y caían del cielo, entre las nubes.

Los marcianos, los marcianos, los marcianos, pensé. Chucha, chucha chucha. Yo tenía razón, nadie me creyó, pero ahí están, viene Jesús el extraterrestre. Quise gritar y despertar a toda mi familia, a todos los vecinos, a todo el mundo. Pero de pronto no podía moverme ni gritar ni hacerme pipí. Distinguí como el chorro de luz caía en el lugar donde deberían estar los restos carbonizados de la iglesia evangélica y también donde debía estar la iglesia mormona. Yo tenía razón, siempre había tenido la razón, nos van a invadir, pero vamos a luchar de vuelta, alguien tiene que avisarle a la presidenta.

De pronto parpadeé, era de día y estaba en mi cama. Me levanté corriendo. Eran las diez. Mi mamá estaba dándole comida a los gatos en pijama. ¡Mamá, nos están invadiendo! ¿Viste lo de anoche? ¿Qué cosa? respondió. ¡Los chorros de luz mamá! Yo lo predije, nos están invadiendo los extraterrestres de Jesús, tiene que estar en las noticias ahora. ¿De qué estás hablando? me estás preocupando. Mamá, te juro que es verdad. Anoche me desperté y vi unas luces que caían del cielo, deben estar dándolo en las noticias.

Pero no lo estaban dando en las noticias ni tampoco estaban hablando del fenómeno de anoche en absolutamente ningún canal. Le pregunté a mi abuela, a mi abuelo, hasta al vecino, pero nadie había visto nada y todos creían que estaba loca o que mi mamá me estaba criando mal.

Fui a ver la iglesia Cristo nuestro jefe de la esquina y todo estaba exactamente igual que el día anterior, aunque ese sábado estaba lleno de personas, todos muy alegres y ayudando a reconstruir lo que se había quemado con música de fondo. ¡Salve nuestro señor Jesucristo! Gritaban con emoción. Me preguntaron si quería ayudar, que me regalaban el almuerzo, pero les dije que no gracias, que ya tenía que irme.

Pasé todo el fin de semana profundamente frustrada y confundida. Estaba segura de que no había imaginado esos chorros de luz, pero nada parecía haber cambiado y nadie parecía haber visto las luces que yo había visto esa noche. Al final llegó el lunes y el regreso a la rutina de siempre. Ya no le contaría a nadie más ni de mis teorías de invasión extraterrestre ni de las luces. Tendría que hablar al respecto y compartir las conclusiones a las que había llegado el día en que la amenaza de invasión fuese oficial e inminente.

Entré a la sala y me senté a dibujar. Al rato llegó la Miss Doris a preguntarnos cómo había estado nuestro fin de semana y a pasar la lista. Había asistencia completa salvo por una sola persona. Ese día la Camila llegó tarde a clases y parecía enferma o extremadamente agotada. La mire mucho porque quería estudiarla y ella me miró con odio. En el recreo le pregunté qué le pasaba y me gritó que qué me tenía que meter yo en sus cosas. Varios compañeros se dieron vuelta porque la Camila nunca gritaba.

Semanas después, cuando ya se me estaba empezando a olvidar el asunto de Jesús el marciano, los chorros de luz y estaba dedicando mis sábados y domingos a investigar en Wikipedia sobre animales marinos, me enteré de que la Silvana del paralelo había dejado de ir al y colegio y que no se sabía de ella hacía mucho tiempo. También habían desaparecido el Francisco del quinto A y la Pilar del tercero B, sus hermanos.

Un día en consejo de curso el Antonio levantó la mano y preguntó dónde se habían ido. Todos le hicieron uuuu porque se sabía que le gustaba la Silvana, pero la Miss Doris dijo que no manejaba esa información. Un compañero susurró desde la parte de atrás de la sala que quizá eran mafiosos además de Testigos de Jehová. Varios se rieron. Pero la Miss Doris se molestó y se apresuró a decir que parece que se habían ido a otra región. Yo abrí mucho los ojos, me di vuelta hacia la Camila, que se sentaba dos asientos atrás mío, y le gesticulé sin emitir sonido “te lo dije”.

La Camila rodó los ojos y me ignoró con rabia. Yo sabía que estaba enojada porque al final, tal y como había predicho, los Testigos de Jehová habían sido los más astutos y habían logrado hacer contacto antes que los mormones con el famoso Cristo marciano. Quizá los evangélicos de la iglesia en la esquina de mi casa también lo habían logrado y por eso el sábado después de las luces habían estado tan contentos.

Catalina J. García

Written by

Me gusta la literatura tanto como la pizza.

Welcome to a place where words matter. On Medium, smart voices and original ideas take center stage - with no ads in sight. Watch
Follow all the topics you care about, and we’ll deliver the best stories for you to your homepage and inbox. Explore
Get unlimited access to the best stories on Medium — and support writers while you’re at it. Just $5/month. Upgrade