Por qué me gusta tanto BTS

Este no es un texto para discutir la calidad musical de BTS. En este texto no voy a presentar argumentos para defender ninguna causa. Mi objetivo no es convencer a nadie de que BTS es un grupo bacán. Lo que hace mucho tiempo tengo ganas de hacer es contar la historia de por qué me gusta tanto BTS y por qué me descubrí, sorpresivamente, tan involucrada a mis 26 años en este fandom.

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Escuché a BTS por primera vez en abril del 2019, hace exactamente un año. Recuerdo la fecha más o menos con precisión porque fue cuando entré a mi trabajo actual. Sólo los conocía de nombre. Una de mis mejores amigas los escuchaba hace muchos años y había intentando enseñarme a distinguirlos, sin demasiado éxito. En mi mente eran “el que sabe inglés”, “el que se ríe igual que yo”, “el que le gusta a la Jac”, “el que creció”, “el feo” (perdóname Hoseok) y los demás. Como muchos, observaba el fenómeno de BTS con una distancia un poco arrogante. ¿Qué gracia podía encontrarle a un grupo pre-fabricado por terceros que no escribía todas sus canciones y que además era parte de una industria medio turbia como es la de los idols? La Jac, mi amiga, me daba buenos argumentos, pero la verdad es que nunca la pesqué mucho. Perdóname amiga.

Mis tareas en el trabajo empezaron siendo bastante mecánicas, por lo que podía escuchar música gran parte del día mientras trabajaba. Partí con lo de siempre, que es principalmente rock de todos los tipos, pero al rato las agotadoras jornadas empezaron a pedirme algo que me diera un poco más de energía. Mientras esto pasaba, mi relación de pareja se desarmaba de a poco, pero por el momento no imaginaba que la música que escuchaba tendría algo que ver con ello en algún punto. Fue así como un día, después de picotear un poco de pop gringo por aquí y por allá dije: ya, voy a darle una oportunidad a estos loquitos de los que la Jac siempre transmite. Puse la primera canción que salía en su perfil de Spotify, la más popular: Boy With Luv (con Halsey).

Un flashback: cuando era más chica, mi papá me contó varias veces sobre la primera vez que escuchó a Los Beatles. Siempre lo describía como una experiencia trascendental, una especie de inspiración, casi una experiencia religiosa. A veces me acuerdo de esto cuando pienso en la primera vez que escuché a BTS. No fue tanto como una experiencia religiosa, no le pongamos color, pero sí recuerdo haber pensado con mucha emoción e intensidad: oye, qué buena esta canción hueón. Después sonaron Mikrokosmos, Make It Right, y volví a colocar Boy With Luv. Estuve entre esas tres todo el resto del día, pensando que las voces eran bacanes y preguntándome a cuál de los loquitos que me mostraba la Jac correspondería cada una. Camino a mi casa, en la micro, vi el video. “Oye, cuánto estilo el que le gusta a la Jac, rapea súper bien”, pensaba. Suga era el único que podía identificar a la primera. “Oye y ese, que bacán su voz, tiene cara de cabro chico pero su voz es súper grave”, “oye qué bailan bien”.

En mi vida hay un antes y un después de ver este video.

Después de esa primera vez ya no hubo vuelta atrás. Sus canciones me gustaron muchísimo y había demasiado material en Youtube. Me vi todas las presentaciones en vivo de Boy With Luv y los videos donde practicaban la coreografía. Con las coreografías entré en otra fase. Siempre me ha fascinado el baile y siempre he admirado muchísimo a las personas que pueden bailar. Años atrás, había enganchado con Justin Bieber después de ver el video de Sorry unas cuatrocientas mil veces por la encandilante coreografía de la Parris Goebel. Las coreografías de BTS parecían difíciles y entretenidas. Los cabros se coordinan magistralmente. Entremedio, mientras reproducía el video una y otra vez para concentrarme en los pasos de cada uno de los siete miembros, empecé a identificar a los otros que recordaba: el que habla inglés, el que se ríe como yo, el feo. Me fijé en uno que bailaba especialmente hermoso. ¿Quién es ese? Le pregunté a la Jac. Baila demasiado bien, qué huea, es demasiado sensual. Adivinen quién era: su fiel servidor Jimincito. Así, de a poco, empecé también a aprenderme los nombres y las caras. La información llegaba sola, de un video a otro video, de un link a otro link: simplemente el internet haciendo lo suyo. En poco tiempo ya manejaba suficientes datos de cada uno para poder entender los memes y reirme a gritos con la millonada de videos que hay de BTS haciendo tonteras.

A pesar de todo, por el momento BTS era una anécdota. Una buena anécdota, pero una anécdota al fin y al cabo. Me hacían reír. Podía conversar de ellos con la Jac. Guardé sus stickers en Whatsapp. Los escuchaba mientras trabajaba y me sabía algunos de sus nombres reales, pero no mucho más. Tampoco esperaba que fuera de otra forma porque, en el fondo, aún me esmeraba en esa arrogancia de no caer en un fandom. Ya no estaba para esos trotes, pensaba. Ya fue suficiente con My Chemical Romance a los 15. Qué es eso de gastarse tanta plata en una linternita rara sólo porque es de un grupo de música. Qué es eso de ir a ver a estos loquitos a otro país. Cómo tanto.

Hasta que en julio me rompí.

No sé cómo describir este momento sin caer en clichés. Básicamente no lidié muy bien con el fin de mi relación de pareja. Mi ansiedad se disparó y empecé a tener crisis de pánico con regularidad. Desarrollé una especie de fobia a la noche. Mi cuerpo reaccionaba de una forma muy violenta a la oscuridad. Me costaba tranquilizarme para quedarme dormida y tenía muchas pesadillas. Entonces empecé a ver los videos de BTS para parar el diálogo autodestructivo de mi mente y disminuir la angustia. Cuando sentía que se me venía encima el pánico, se me apretaba la guata, se me aceleraba el corazón, sacaba el teléfono y los audífonos y ponía el primer video de ellos que me recomendaba Youtube (el algoritmo ya me tenía cachá). Y funcionaba. Empecé a ver los videos de BTS antes de quedarme dormida y en la micro de ida y vuelta de mi trabajo. Era invierno y las mañanas y las tardes siempre estaban oscuras. Durante esta época me vi casi todos los compilados que hay de “Try not to laugh BTS challenge”, “BTS moments that I think about a lot”, “BTS moments that butter my croissant”, etc. o los de “Btshilenos”. Los terrores y la angustia seguían estando ahí, pero BTS era como un Clotiazepam.

Cuando no estaba oscuro escuchaba su música. Aprendí que los miembros de BTS tienen mucha más participación en la composición de sus canciones que el resto de grupos K-pop. Caleta de participación, de hecho. Ese debe ser uno de los motivos por los que tienen tanto éxito. Sus canciones son personales y tocan una amplia gama de temas, insistiendo en sonidos más bien optimistas, sin embargo, discutiendo y visibilizando mucho los demonios internos. En esta época me acompañaron mucho canciones como Trivia 轉 : Seesaw (una canción con un sonido más bien alegre pero una letra oscurisima) y Lights, que además está en japonés. Tokyo, del mixtape de RM (el que habla inglés), me abrazaba con la nostalgia del que posiblemente fue uno de los momentos más felices de mi vida, durante mi viaje a Japón. Euphoria, la canción solista de Jungkook, me devolvía las ganas de vivir en un momento en el que sinceramente me quería puro morir.

Pero no termina ahí.

En septiembre nos dijeron que el cáncer de mi papá era terminal. En octubre estalló Chile. Durante un tiempo dejé de escucharlos porque la alegría que me producían contrastaba demasiado con lo que estaba pasando en el país. Los supuestos agentes de seguridad del estado mataban y torturaban personas, dejaron a muchos sin uno o ambos ojos. Tuve miedo de los militares en las calles. Aún le tengo miedo a los pacos. Me ahogué con lacrimógenas. Detuvieron a personas que conozco. Llegó un punto en que era demasiado y necesitaba una vía de escape porque el exceso de información nos estaba volviendo a todos locos. La angustia se agudizó. Entonces volví a BTS. En noviembre mi postulación al magister de literatura en la que había estado trabajando casi todo el año fue rechazada. Y en diciembre murió mi papá.

Fue mucho.

Fue tanto, que hubo un punto en el que ni siquiera podía concentrarme lo suficiente para leer, mucho menos disfrutar de la lectura. Esto era grave porque la lectura siempre ha sido mi vía de escape durante la adversidad. Jungkook dice que BTS le enseñó a sentir. Que era un niño un poco indiferente y que después de conocer a los otros 6 aprendió a vivir emocionalmente. No es como que BTS me enseñara a sentir, ya siento demasiado desde que nací, pero hubo un punto el año pasado en el que me sentía tan mal que de pronto sentí muy poco. Recuerdo haberle escrito a algunos amigos que era como si se me hubiesen agotado las emociones. Que me sentía vacía y desesperanzada. Que no me importaba mucho si un camión me pasaba por encima o no. Lo hablé con mi psicóloga y mi psiquiatra. Ambas me preguntaron si tenía identificado algo que me sirviera para lidiar un poco con esos momentos. Lo pensé un rato y, con un poco de pudor, respondí que lo único que me proveía un poco de alegría en ese momento era BTS. Después tuve que explicarles qué y quiénes eran BTS. “Se te ilumina la cara cuando hablas de tus chinos”, me dijo una amiga en otra oportunidad.

Les agarré un gusto y un cariño impensado, y de pronto entendí mucho mejor a esas personas que antes había juzgado por quererlos tanto. Los cabros son encantadores. Me gustan sus principios. Me gusta su sinceridad. Me encanta su música: sus melodías, sus letras. Y si no lo hacen todo ellos no me importa. BTS siempre ha reconocido y demostrado su gratitud a las personas con quienes trabajan y la verdad es que yo también les estoy agradecida. Quien sea que colabore en concebir esas canciones: gracias, funciona, son buenísimas. Quizá alguien pueda decir que todo es de mentira en la industria del K-pop, que todo es una actuación, que cuando se echan a llorar al final de sus presentaciones es forzado. Pero yo he visto esas presentaciones, he visto los programas donde viajan juntos, he visto sus videos haciendo tonteras, y de verdad creo que si hay algo que caracteriza a BTS es su sinceridad. De verdad creo en su sencillez, en su esfuerzo, en su amistad y compañerismo, en su cariño por las personas que los siguen. De verdad creo que no se dan ni una gota de color, a pesar de ser quizá el grupo más famoso del mundo en este momento. Y seguramente son imperfectos. Son hombres criados en una sociedad que todavía es especialmente machista y conservadora. Me asusta quererlos tanto porque tener ídolos es peligroso, duele mucho cuando se te derrumban. Hay que tener cuidado, así que intento que no sean ídolos sino simplemente personas que aprecio. No sería raro que tarde o temprano algo pasara, que se vieran involucrados en algo intransable. Pero de verdad que no quiero pensar en eso mientras no ocurra. Quiero disfrutarlos mientras duren, mientras existan como los conocí y como me han acompañado durante los momentos más difíciles que me ha tocado vivir. BTS me produce alegría, me hacen sentir menos sola, me hacen sentir que sí existen cosas bonitas en esta vida culiá donde pasan tantas cosas terribles. BTS le hace bien a mi corazón y a mi salud mental. Por eso me gustan tanto.

Me gusta la literatura tanto como la pizza.

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