Para siempre juntos

María se consiguió un amante del que no pensaba enamorarse. Se lo habían prometido pero sobre todo se lo había jurado a ella misma.

Cuando miró a Valentín le agradó su sonrisa y esa seguridad en su mirada que la observó como si fuera lo mejor que le había pasado ese día.

María sonrió para sus adentros sintiéndose como la primera vez que la miraron de esa manera. Haciendo que se ubicara por vez primera como una mujer en la tierra capaz de poder ocupar mismo tiempo y espacio con un hombre.

Pero María ya tenía otra promesa hecha desde hace varios años, con el que estaba convencida era el amor de su vida, por lo que Vaelntín sería, en todo caso, el amante que le trajera a la memoria de la piel lo que hacía mucho le había dejado de arder.

Cuando Valentín le quitó la ropa y trajo a María sensaciones tan nuevas como si fuera una adolescente en pleno descubrimiento de su propio cuerpo, apenas pudo recordar cómo había llegado exactamente a estar entre esas paredes y menos razonar qué hacía entre aquellos brazos fuertes y llenos de calor.

Sería cuestión de una noche, quizás dos o tres como un máximo que pensaba podría soportar su conciencia. Sin embargo, tras el encuentro número tres, exactamente aquel con el que ella pensaba ponerle fin, Valentín, como símbolo de despedida, besó su hombro antes de levantarse sobre de ella; y fue precisamente en ese gesto, entre el calor de sus labios y el frío húmedo que inmediatamente dejó su ausencia, que ella notó que había perdido. Una realidad que confirmó cuando aquella espalda desnuda y fuerte avanzaba hacía el cuarto de baño y los ojos de ella simplemente no dejaban de seguirlo.

Valentín no dio media vuelta, así como ella se resistía a hacer cada vez que era ella quien se levantaba primero de la cama y mostraba su desnudez como el último acto sensual de la noche.

María se había enamorado.

Valentín siempre lo había estado, inclusive tras escuchar que estaba prohibido, no le importaba, aunque sí le dolía. Pero no quería perderla, por lo menos no antes de tiempo. Él sabía que no se quedaría, pero también era consciente de que la quería y de que romances como aquel rara vez suceden como para no darse la oportunidad de amarse aun en silencios.

María y Valentín se enamoraron, aunque nunca se lo dijeron. Siempre hubo mucho romance entre sus gestos, sus miradas y hasta en sus actos, pero nunca una palabra de amor. Eran demasiado románticos como para atreverse a convertirlo en algo real.

Tres encuentros y no más, era lo establecido, lo mejor. Ambos estaban convencidos que, de volverlo cotidiano, terminaría en un desencuentro, uno que se negaban a tener. Preferían seguir en el anhelo de un momento más juntos, aunque nunca fuera a realizarse, porque así, aunque fuera solo en sueños, el deseo los seguía manteniendo de nuevo y para siempre juntos.