Guerras, luchas y escaramuzas

Que no se lea mucho y que, lo poco que se lee, tenga una calidad — lingüística y literaria — tan cuestionable hace más daño del que parece. Si a esto se suma la detestable corriente de «positivismo forzado» o «buenrollismo porque sí» que nos tiraniza a todos… el resultado puede dejar esto como un erial.

Y no quiero que se me malinterprete. Ser positivo no sólo no es malo, sino que es enormemente aconsejable: la ciencia comienza a obtener datos, cada vez más concluyentes, de que un enfoque positivo, cierta disposición ante la adversidad y un espíritu «amable» predispone y modifica, en ocasiones, nuestra química cerebral. Los más resilientes suelen ser los más potencialmente felices. Además, que un espíritu de «perpetuo cenizo» no es lo mejor para cultivar una frondosa vida social. Pero un exceso de esta actitud de todo-va-bien-soy-feliz-dale-al-like no es bueno — creo yo — y logra muchas veces el efecto contrario.

¿Qué tiene que ver esto con la ausencia de lectura? Verán. De leer poco se obtiene, invariablemente, un empobrecimiento progresivo del lenguaje, una mala utilización de sus herramientas y una escuálida manera de expresarse. Y, lo mismo que el exceso de falso positivismo, tiene un efecto pernicioso en nuestro cerebro aunque no lo veamos.

Uno de los profesores de mi época universitaria, con los que mantuve una relación más tensa y espinosa me dejó, no obstante, una enseñanza que perdurará mientras viva. A un compañero, a quien había suspendido por cometer demasiadas faltas de ortografía en un examen, pasable en lo conceptual y teórico, ante la lógica indignación del pupilo le espetó: «te he suspendido porque, quien no se expresa correctamente… ni reflexiona, ni piensa correctamente». Fui testigo presencial de la andanada y, a pesar de que el corporativismo estudiantil me impidió aplaudir, es una sentencia que procuro tener presente desde entonces a diario, porque coincido plenamente con aquel rancio profesor.

Negar la realidad, a través de la banalización del lenguaje

Es aquí donde viene lo mollar. Creo firmemente que, si nos expresamos con ligereza sistemáticamente, terminamos por banalizar aquellos términos, conceptos y situaciones a los que nos referimos. Y también a las personas implicadas. Esto me resulta especialmente enervante cuando leo frases, campañas y hashtags, o cuando escucho conversaciones donde se habla de personas que se enfrentan a enfermedades graves o poco frecuentes. Si son niños… cuesta sujetarme para que no reparta mandobles.

Un niño enfermo de cáncer no es un luchador. No tiene por qué serlo. Es sólo un niño. Una persona que apenas ha avanzado unos pocos pasos en el camino de su vida y al que le han dado malas cartas en la partida. Que lo encaje, afronte y acepte — a costa de mucho sufrimiento y un tiempo del que no siempre dispone — no lo convierte en héroe automáticamente. Sencillamente lo prepara para un proceso que lo sitúa al borde de sus propios límites. Y que no siempre acaba bien, aceptémoslo.

Si nos referimos invariablemente a los enfermos graves como «héroes» o «luchadores», no sólo estamos trivializando ambos conceptos, restándoles todo el significado, gastando su fuerza. También les faltamos el respeto a ellos y a quienes les rodean, familiares, amigos, parejas…

Un niño enfermo de cáncer no es un luchador. No tiene por qué serlo. Es sólo un niño

Un cáncer — por poner un ejemplo paradigmático — no es ninguna «lucha», no se trata de ninguna «guerra». Es una enfermedad muy grave. Punto. Tener una actitud positiva, resignada, resiliente o combativa ante la adversidad no expende automáticamente carnés de «héroe» o «heroína». Tampoco garantiza un final feliz. Créanme, he pasado muchas semanas hospitalizado en una planta de oncología infantil, he sostenido la mano y compartido horas de charla y juegos con amigos «pela’os» que ya no están. Sé de lo que hablo.

Al soltar a la ligera expresiones como «Ánimo, que eres un luchador/a, vas a ganar esta batalla» estamos banalizando extremadamente uno de los procesos vitales más duros que puede afrontar una persona. Estamos despachando con un eslógan facilón una realidad muy jodida, apartándonos del camino, porque ya hemos cumplido con el cliché. Porque no queremos ver, no queremos enfrentar la realidad.

No queremos aceptar que los «héroes» son de carne y hueso, que sufren — mucho — dolor, que vomitan con un tratamiento químico y radiológico devastador, que se retuercen de angustia y miedo, que se apagan… demasiadas veces. Todo eso mientras nosotros repartimos alegremente nuestro siguiente retweet y revisamos la cuenta de Instagram, en busca de otra causa noble.

Sí, muchos enfermos son ejemplos de vida y coraje. Pero no son héroes, son seres humanos colocados ante pruebas injustas que no se superan sólo con actitud. Porque un cáncer — como otras tantas enfermedades graves — no es ninguna «lucha», no se trata de ninguna «guerra» o «batalla». Es una putada inimaginable para cualquiera. Por muy luchador que seas… no dejas de tirar una moneda al aire y no siempre sale la cara que queremos. Contra el cáncer… muchas, muchas veces se pierde. Y con otras enfermedades… igual.

Aceptemos la realidad. Dejemos de comportarnos como infantiles niños mimados. Si les interesa el cáncer o cualquier otra enfermedad y su posible cura… dejen de poner lacitos en el perfil de sus redes sociales o participar en cadenas de mensajes virales. Háganse donantes de médula, de órganos, rasquen en sus cuentas bancarias e inviertan dinero de verdad en entidades reales, que investiguen para lograr esa cura. Implíquense, pero háganlo a pecho descubierto. No aparten la mirada por miedo. No les falten al respeto, ni a los enfermos ni a sus familias.

La próxima vez que se vean en la situación, no se refieran a alguien como «héroe», o «luchador». Eso búsquenlo en los cómics y en las películas. Les propongo una alternativa, descarnada pero realista:

«Oye, sé que estás muy enfermo. No sé qué pasará, pero sé que no va a ser fácil, ni cómodo. Aquí me tienes para lo que necesites, no te voy a fallar, no saldré huyendo, aunque yo también tengo miedo. Si tienes que llorar… lloramos juntos, si tienes que reír… juntos, también. Espero que seas más fuerte que la enfermedad. Si lo eres… genial. Si no… también. No te pido nada, sólo que seas humano y que cuentes conmigo».

Pero que es sólo una idea. No quiero amargarles, tampoco.

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