Andando descalzos

Los zapatos no siempre han sido tan populares como lo son actualmente. Me sorprende la variedad de sus diseños y materiales y pienso que durante muchos años la humanidad anduvo descalza. Bueno: en realidad, unos pueblos más que otros, entre ellos algunos grupos nativos de América, usaban calzado, un tipo de sandalias en el sur del continente, mientras que en el norte unas bellas botas. En el Amazonas, por ejemplo, Víctor Manuel Patiño reseña que cuando el tirano Aguirre llegó a la boca del Amazonas en 1561, halló indios desnudos, con sandalias de suela de cuero (Simón, 1963, II, 372 y notas, y 1981–1982, II, 212; Almesto, 1986, 155).

Mi abuela, en cambio, descendía de un pueblo que no usaba zapatos. Ella que hace poco cumplió 95 años, caminó descalza, hasta tener casi veinte años, en Capellanía, zona cundiboyacense donde nació. Allí las alpargatas, me contó, solo se usaban para ir al pueblo, generalmente los fines de semana.

El investigador Orlando Fals Borda describió así esta costumbre:

Pero la población campesina fue lenta en adoptar las alpargatas. Historiadores y viajeros de los siglos subsiguientes a la conquista, todos concuerdan en decir que los indios y campesinos iban descalzos en sus oficios, menesteres y viajes. Aún hoy los campesinos hacen descalzos muchos de sus quehaceres. (1953 pp.144–145)

Fotografía de Hermann Friedrich Birkigt, Fotógrafo alemán que vivió en Bogotá.

Las alpargatas son originarias de España y se introdujeron en Colombia durante la colonización. Fueron uno de los productos que les generaron importantes ganancias a los artesanos en la época colonial (Álvarez, 2006).

Este tipo de calzado ha tenido distintos nombres, como “cotizas” o “guaireñas”, en un principio por la diferencia de sus materiales, ya que unas eran de fique y otras de hilo.

Atlas lingüístico-etnográfico de Colombia (Alec)

Siguiendo la conversación con mi “abue”, me intrigó saber cómo hacía para no untarse los pies de los excrementos de las ovejas que cuidaba y de los demás animales del campo.

-Pues fácil -me dijo

-: fijándose, mirando y teniendo cuidado de no pisarlos.

Claro que fueron muy conocidos los casos de personas que por andar descalzos eran presa fácil de unos parásitos, las niguas, un tipo de pulga que se criaba al interior de la piel, haciendo incluso en los casos más graves, que se perdieran algunos dedos.

Mi abuela empezó a usar zapatos cuando su hermana la convenció de venir a la ciudad a trabajar. Aquí conoció a mi abuelo, quien -preciso- venía de la misma zona que ella. Él también llevaba mucho tiempo andando descalzo y se negó a usar zapatos durante sus primeros años en la ciudad; mi abuelo Otoniel fue siempre todo un personaje, a quien algunas conductas que relacionaba con la etiqueta y la diplomacia le parecían absurdas.

Bogotá, año 1898, Calle 63, Iglesia de Chapinero.

Ya en Bogotá, andar descalzo era sinónimo de pobreza y se usaban bastante las alpargatas, pero con interés en seguir el modelo europeo. En 1936, durante su año como alcalde de Bogotá, Jorge Eliecer Gaitán prohibió el uso de alpargatas para promover el calzado de cuero (Guzmán 2015). Existían además fabricas nacionales recientemente creadas como Calzado La Corona que se fundó en 1913 con tecnología importada.

Los zapatos que usaron mis abuelos en la ciudad eran de un estilo muy básico: botas y algunos tacones, unos zapatos en cuero que duraban varios años; las marcas de zapatos a que se tenía fácil acceso no eran tan variadas como las de hoy y los mismos zapatos se usaban por largo tiempo, incluso se heredaban. Claro que no habían pasado por la apertura comercial, ni la invasión de productos chinos.

Cuando nací, mi abuelo ya usaba zapatos diariamente y no lo vi nunca salir descalzo de la casa; poco tiempo tuvimos para hablar de su historia, y con mis abuelos paternos menos tiempo aún. Mi abuela no recuerda más detalles sobre su vida a “pata pelá”, y ahora siempre se pone zapatos o medias en la casa, pues “¡el frío es terrible!”.

Bueno, la curiosidad sobre las medias la dejaré pendiente para otro momento.

En la actualidad, para la gran mayoría, es casi impensable andar en la ciudad a pie limpio. Sin embargo, todavía en algunos lugares de Colombia se anda descalzo gran parte del día, y la piel de los pies es tan gruesa y resistente que no hay necesidad de otro “cuero”: se navega, se escalan rocas y montañas sin zapatos.

A mí me gusta andar descalza cuando estoy en la casa, en la playa o de vacaciones, pero mis pies no resistirían una larga caminata sin calzado, ni tampoco lo permitirían mis actuales conceptos sobre salubridad.

Referencias:

Altahona, T. de J. & Santisteban, D. F. (2008) Análisis de las empresas y comercializadoras de calzado en Santander. Bucaramanga: Universitaria de Investigación y Desarrollo

Álvarez Orozco, René. Textiles crudos, alpargates y sombreros — artesanías, centros de producción y espacio económico en la provincia del Socorro s. XVI -XIX, Bucaramanga, 2006.

Atlas lingüístico-etnográfico, Bogotá, de Colombia. Instituto Caro y Cuervo.

Fals Borda, Orlando, “Notas sobre la evolución del vestido campesino en la Colombia central”. Revista Colombiana de Folklore, segunda época, Bogotá, Instituto Colombiano de Antropología, jun. 1953, P1339–147. documento en línea:

http://www.bibliotecanacional.gov.co/recursos_user/digitalizados/rc_folclor2_2aepoca.pdf

Guzmán, Daniela. Las leyes más absurdas en la historia de Colombia . Revista Don Juan. Septiembre -2015. Artículo en línea: http://www.revistadonjuan.com/historias/leyes-absurdas-de-colombia-los-decretos-y-normas-mas-irracionales-del-pais+articulo+16375705

Patiño, Víctor Manuel. Historia de la Cultura Material en la América Equinoccial (Tomo 4)
 Vestidos, adornos y vida social. Bogotá, Instituto Caro y Cuervo. 1990–1993. Documento en línea:

http://www.banrepcultural.org/blaavirtual/historia/equinoccial_4_vestidoysociedad/cap6.htm

Birkigt, Hermann Friedrich. Colección en línea de la Biblioteca Nacional de Colombia. ​

http://bibliotecanacional.gov.co/es-co/colecciones/audiovisual/Publicacion?nombre=Hermann%20Friedrich%20Birkigt%20(s.f.)

One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.